- Niños y adolescentes de La Chureca luchan para salir del vertedero de basura, debatiéndose entrela presión económica y el deseo de ir a la escuela. Uno de ellos es Pablo Chávez Blandón, quien sueña con ser jefe de una empresa. Un equipo de LA PRENSA lo acompañó por un día
Sarah Fasolin
9:30 a.m.Hace más de cuatro horas que Pablo Chávez Blandón, un chavalo de 15 años, está en el basurero y sigue trabajando como si estuviera empezando la jornada en La Chureca. Lleva una camisa azul, pantalón oscuro y una gorra morada para protegerse la cara del sol. Es viernes, el peor día de la semana, según el muchacho, los lunes son los mejores. “No tengo nada”, dice echando un vistazo en su bolsa flaca.
Busca botellas de vidrio, aluminio, papel, cable y botellas de champú, junto a su madre María del Carmen Larios Blandón y con su hermanito Moisés, en medio de cientos de personas que hacen lo mismo: hurgar en la basura con un azadón, agarrar los desechos que se pueden vender y ponerlos en la bolsa. Tienen ojos bien desarrollados para lo que vale la pena coleccionar o no.
10:15 a.m. Pablo va fuera de la zona de los recolectores para vaciar su bolsa en la carretilla. “Desde chiquito, como él”, dice y señala a su hermanito Moisés de 9 años, viene a trabajar a La Chureca y desde hace cinco años combina su trabajo con la escuela, a la que asiste por la tarde. “En el basurero no se aprende nada para el futuro”, dice con voz temblorosa.
Le resulta difícil hablar de su situación y cuando manifiesta “estoy grande y estoy en cuatro grado” se muestra avergonzado. No obstante, Pablo sueña con una vida diferente: “Quiero ser administrador de una empresa” dice y añade de manera razonable, “si logro seguir estudiando”. Su primera meta es ayudar a su familia, a los ocho hermanos que tiene y a su madre. Su padre se marchó hace dos años.
Regresa a la zona de los recolectores a donde han llegado tres camiones de basura que a los lados tienen inscrito: “Limpiemos Managua”. Tres niños se pelean por un plástico aparentemente valioso, mientras Pablo se mete a trabajar. “Lo más duro es que las personas que andan churequeando se pegan naranjazos por la basura”, comenta el jovencito, mientras se tomaba diez minutos de descanso.
LO INSOPORTABLE
Aparte de la sed, el sol y muchos hedores que debe “soportar para ayudar a mi mamá”, Pablo menciona otras cosas que le cuesta aguantar: “A veces se encuentran partes de gentes que han sido tratadas en el hospital, y los recolectores de basura se pelean porque piensan que es carne de animal”.
El Caterpillar empuja la basura hacia el lugar donde un grupo de personas acaba de trabajar en un sector del basurero. Personas, vacas y perros corren para no ser atropellados. El peligro es omnipresente. Más tarde Pablo narra cómo uno de sus compañeros que intentaba recoger un aluminio detrás de un camión de los que llegan a depositar la basura a La Chureca, murió aplastado, pues al momento de meterse, el camión retrocedió y lo mató.
11:15 a.m. Pablo contempla lo que ha recolectado en la última hora: 5 botellas de vidrio, 4 latas, 1 cobre. El total de las seis horas de trabajo es material reciclable con un valor aproximado de 15 córdobas.
Luego succiona una bolsa con refresco mientras su madre le explica donde está su ropa para ir al colegio. En el camino a su casa, Pablo cuenta que: “Mi papa era celoso, no le gustaba que mi mama saludara a otros hombres, y se pelearon mucho”.
MALTRATO DEL PADRE
¿Pablo, a ti te pegó también? Se queda en silencio por un momento y luego, con voz débil, responde que sufrió mucho. “Siempre me dijo que era boludo (perezoso) y que no quiero trabajar. Le dije que sí, que quiero trabajar pero no en La Chureca. Entonces me pegaba con una tajona”. Su rostro tiene una expresión distante cuando habla sobre lo que sufrió.
No se nota amargura, pero tampoco alegría cuando su mamá le dio un reloj de pulsera que encontró entre la basura.
12:00 m.La casa es de cartón y laminas. Las pocas cosas que hay están ordenadas, el suelo fregado y no se encuentra ningún trozo de basura. Elisa, la hermana de 12 años de Pablo, le da de comer medio plato de arroz y un vaso de refresco.
En el centro de la casa, situada a cinco minutos de La Chureca, hay una ducha, hecha de chapas de metal. Pablo se baña y sale vestido con su ropa para ir a la escuela. Se peina y alisa el pelo con brillantina. Se pone una gorra azul de manera invertida. Ahora es el adolescente que quiere ser.
Delante de la casa descansa un rato en una silla plástica y charla con su sobrino José y su hermano José Isaías, quien se mece en una hamaca con Adolfo, el hermano más pequeño. Cuentan cómo pasan su tiempo libre. A todos les gusta jugar beisbol y escuchar música, sobre todo canciones de Carlos Mejía Godoy. Con orgullo muestran sus tatuajes, mientras las hermanas y sobrinas juegan con un perrito. Se ríen y gritan de alegría cuando el perro recién nacido trata de morder. Ahora Pablo ríe también, la primera y la última vez de este largo día.
EN LA ESCUELA
12:30 p.m.Llega al colegio cristiano La Esperanza, donde estudia, pero la profesora no está. “Hoy no hay clases”, dicen otros compañeros y explican que el papá de la maestra se enfermó. Pablo se muestra desilusionado. A la sombra de un árbol en el jardín muestra sus cuadernos. Matemática, Español y Educación Cristiana son sus clases preferidas.
Tiene el rostro apenas apartado del suelo, mientras habla y dibuja con un guijarro figuras en la arena. Comenta que ha perdido un año de estudios. Salió de la escuela el año pasado, pero en la Fundación Pastoral Penitenciaria le dijeron que era importante seguir estudiando. Termina de hablar y sigue dibujando.
El fotógrafo le pide que escriba su meta de vida en la pizarra. Lentamente mueve la tiza sobre la pizarra y Pablo escribe: “Cuando llegue a un grado alto me gustaría ser jefe de una empresa, para salir de la pobreza y ayudar a mi familia. Casarme y tener hijos y educarlos y enseñarles a leer para cuando crezcan sean igual como yo”.
¿Que empresa te interesaría dirigir? — Espera un instante y contesta: “Tal vez una empresa de arroz”.
13:10 p.m. Como no hay clases, Pablo decide ir al Centro Dos Generaciones, a ver si hay alguna actividad que le guste. En el camino encontramos a un joven inhalante de pega, que aprieta una lata de pegamento contra su boca.
Una pregunta se impone sobre el tema y Pablo responde enfático: “De mis 15 años de mi vida no tengo vicios, ni yo ni mis hermanos huelen pega”. Mirando al huele pega que estira sus manos al cielo, Pablo continúa diciendo “sólo me pregunto qué tendrá la pega. A veces se mantiene elevado, alucinando y hablando solo”, comenta, para luego asegurar que la pega sería una perdición para su vida.
EL FUTURO
13:30 p.m.La actividad que hay es un taller sobre “Aproximaciones del concepto del derecho”. Pablo prefiere capacitaciones de arte. Aprender a tocar instrumentos le apasiona, y los cursos de pintura y dibujo nunca se le olvidan.
El Centro Dos Generaciones ofrece capacitaciones de diferente tipo para la gente de La Chureca. “Nuestro proceso de intervención está radicado en cómo logramos cambiarle un poco la mentalidad a la gente”, explica Eddy Pérez, miembro de la organización.
“Para que ellos vean otros espacios y logren visualizar otro horizonte donde ellos se pueden desarrollar”, agrega Pérez.
En el centro imparten cursos de costura, belleza, electricidad, carpintería y mecánica industrial, entre otros, capacitaciones que posibilitan a los adolescentes involucrarse en el mercado laboral.
Pero primero siempre hay que convencer a los padres: “La prioridad que ellos presentan generalmente es el ingreso económico”, explica Pérez. “La escuela no ha tenido mucha importancia para ellos y así, tampoco mandan a sus hijos a estudiar”.
Según Pérez, para convencer a los padres muchas veces ayuda la pregunta: “¿Cómo quieren que sean sus hijos cuando crezcan?” La respuesta siempre es igual: “Que tengan una vida mejor”.
Sobre Pablo, Eddy Pérez dice que el problema es que no ha logrado mantenerse en la escuela “y lamentablemente vive dentro de La Chureca, no tiene otro espacio dónde socializar. Todo se circunscribe a donde vive y trabaja”.
No obstante destaca que Pérez menciona diez casos agradables donde niños de La Chureca han logrado superar las condiciones en las cuales vivían y han terminado la universidad.
14:30 p.m.Pablo no quiere participar en el taller, el tema no le interesa tanto. “Hay otro curso en la Fundación Pastoral”, dice. “Voy a ir a ver”. Esa Fundación también se dedica a sacar a los niños trabajadores del vertedero de desechos. Pero esa tarde no hay programa y Pablo se queda junto a la valla de tela metálica, desilusionado, pero sin mostrar emociones. Se sienta en la vereda, reflexionando sobre qué hacer.
15:15 p.m.Un día de mala suerte para Pablo. Poca basura que pueda vender para reciclaje, un día sin clases y sin actividades extracurriculares. Regresa a su casa para descansar el resto del día. Cuando cae la noche se retira a acostarse temprano, porque mañana tiene que madrugar y acompañar a su mamá y a su hermanito a La Chureca.
LA CHURECA EN CIFRAS
En mayo del 2004 el Centro Nicaragüense de Promoción de la Juventud y la Infancia Dos Generaciones, instaló un censo comunitario en Acahualinca y La Chureca.
Cifras que maneja el centro comunitario revelan que unos 2,156 niños, niñas y adolescentes menores de 17 años viven en ese barrio.
El 71 por ciento de este total estudia regularmente en la escuela.
Un 29 por ciento de los niños, niñas y adolescentes del barrio está fuera del sistema escolar
El 25 por ciento trabaja solamente o combina el trabajo con el estudio (como es el caso de Pablo Chávez).
El tipo de trabajo se circunscribe en:
Recolectar materiales reciclables (19%)
Clasificar, lavar y limpiar material reciclable (36%)
Realizar trabajo doméstico (27%)
Vender productos (8%)
Realizar otras actividades (10%)
MUY POBRES
La población de Acahualinca vive en extrema pobreza, según una investigación realizada por el Centro Dos Generaciones. La misma refiere que hay un 55 por ciento de analfabetismo entre los habitantes del barrio, un 60 por ciento sobrevive de la recolección de basura y el 70 por ciento de los adolescentes mayores de 14 años no asiste a la escuela.