José Adán [email protected]
El clamor de justicia se oye por doquier. Claman justicia los periodistas, claman justicia los políticos, claman justicia los criminales. Todos claman justicia por una u otra razón.
También Ramón Rodríguez pide justicia. A este taxista de 28 años no lo han asaltado ni multado. No ha sido chocado, tiene carro propio y no lo han embargado las microfinancieras.
Clama justicia por su mujer. “Ya no la aguanto hermano”, se queja atribulado. Salía de la Fiscalía rumbo a la Carretera Norte, cuando conocí su historia. Una radio pachanguera sonaba Mujeres tan divinas, un popular corrido mexicano que exalta las bellezas femeninas entre copas y recuerdos de traiciones. No tenía ni unos segundos de sonar la canción, cuando él cambió la emisora.
— Ideay. ¿No te gustan las rancheras? Le pregunté.
“Me encantan, pero esa canción ya me aburre”…
Luego de un corto silencio me preguntó: ¿Vos sos casado bróder? No, le respondí.
“Hacés bien mano, las mujeres mucho j…”, dijo con aires de fastidio.
Le pregunté por qué decía eso y me contó el motivo de su desdicha. Se robó a su novia hace siete años. Estaba enamorado y le cantaba Mujeres tan divinas para conquistarla, hasta que ella respondió.
“Como novia era linda gente”, recuerda nostálgico. “Pero todo fue que me la llevara y saliera panzona de la niña, y comenzó a sacar las garras”, dice ahora rabioso mientras frena ruidosamente.
Llama a gritos al vendedor de agua helada, para comprar dos bolsitas. Me regala una y se toma la otra de un solo apretón. Tira la bolsa por la ventana y comenta: “El desvelo me da goma”.
De unos meses acá comenzó a trabajar toda la noche para llegar tarde a su casa y no verla despierta, pero la noche anterior estuvo mal el trabajo y regresó a las dos de la mañana. Ella lo estaba esperando mimosa y él respondió con cariño hasta las tres de la madrugada. A las seis ella lo estaba despertando a gritos para que llevara la niña a la escuela.
“Al principio se portaba cariñosa, me comprendía, me acompañaba a echarme unas cervecitas, le caían bien mis bróderes y hasta le gustaban mis bromas”, cuenta. —¿Y ahora?, le pregunto.
“Bueno, no le gusta que tome, me cela con todo el mundo y siempre anda como picada de alacrán. Le hace mala cara a los amigos porque dice que me meten queridas y me zampan guaro. Si me visto bien es porque voy a buscar mujeres, para todo grita”.
De las quejas pasa al halago: “En el fondo ‘la gorda’ no es mala gente, cuida bien a la niña y mantiene al día la casa”, dice ahora con rastros de cariño en la voz.
— ¿Y qué pensás hacer?, le pregunto. Guarda silencio un rato y contesta muy serio: “Estoy con ganas de llegar a la casa, agarrarla de las manos y hablarle fuerte para que sepa quién manda en la casa”. No terminaba de hablar cuando ella lo llamó al celular y él contestó con voz dulzona: “Sí amor, voy para allá”. Guardó silencio un rato y luego avergonzado por el tono de voz dulzona que se le había escapado al responderle a su mujer, se disculpó con cara de malo: “Ideay. ¡Para dónde agarro!”