Eduardo Enríquez
No sé si es porque tuve el “honor”, esta vez, de ser blanco de sus críticas, y en eso soy primerizo, pero en la conferencia de prensa del jueves noté más soberbio que de costumbre a don Daniel Ortega, el secretario perpetuo del Frente Sandinista.
Más que ser una subjetividad mía, creo que se trata de los efectos que en él tienen los resultados electorales.
Todos sabemos que no hay nada que haga perder la compostura del secretario perpetuo, como una plaza llena de gente coreando consignas. Entonces me imagino, como recomienda el doctor León Núñez imaginarse, que él cree que los 600 mil y pico de votos que logró su partido en las elecciones municipales, se van a traducir, para el 2006, en una plaza repleta de gente gritando: “Da-niel”, “Da-niel”, “Da-niel”.
Eso fue suficiente para que se desvaneciera el Daniel conciliador, de hablar pausado y de camisa blanca impecable al que nos acostumbra en las precampañas electorales, y lo viéramos de nuevo en su actitud dictatorial soberbia a la que nos acostumbró en los años ochenta.
Fue tanta la embriaguez del triunfalismo, que no sólo llamó “animales” a sus adversarios y dijo de ellos que “ladraban” insultos y epítetos, sino que tuvo tiempo hasta para recordar esta columna sabatina, la cual aparentemente le molesta mucho, pues ha hecho referencia a ella dos veces en menos de una semana.
A don Daniel le molestó que en esta columna se dijera que las votaciones del pasado domingo eran un referéndum contra el pacto. Y me imagino que le molestó más saber que los votantes habían decidido decirle “no” al pacto, quedándose en sus casas. Más de la mitad de la gente que podía votar no lo hizo. Para cualquiera queda claro que la victoria de los sandinistas es pírrica.
Pero bueno, a mí no me molesta que al secretario perpetuo no le guste lo que se dice aquí. Yo escribo las cosas como las veo, no para agradarle a él ni a su socio Arnoldo Alemán. Lo que sí me molestó es que diga que “Enríquez está en la planilla del gobierno”.
Para mí, esa calumnia es una prueba de la manera en que “las masas” embriagan a don Daniel. Se cree ya Presidente de Nicaragua y por eso con el derecho y el poder —sobre todo el poder— para denigrar y atacar a cualquiera cuando no opina como él. Igualito que lo hacía en los años ochenta. ¿Recuerdan?
¡Claro! Sabe que el ciudadano común está indefenso ante sus injurias y calumnias: los diputados del pacto no le van a quitar su inmunidad, y si así fuera, lo juzgaría un juez que él controla.
Pero no todo es negativo. El ciudadano común puede recordar, antes de que sea tarde, cómo es Ortega presidente. La intolerancia, la intransigencia y la soberbia afloran apenas siente el olor del poder.