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El partido derrotado
La dirigencia del Partido Liberal Constitucionalista (PLC) anunció que el sábado próximo sostendrá una “encerrona” para evaluar las causas y consecuencias de la derrota electoral que sufrió en las elecciones municipales del domingo recién pasado. Sin embargo, a juzgar por declaraciones de algunos de sus líderes, después de su descalabro electoral del 7 de noviembre, no es seguro que quieran y puedan analizar la derrota con franqueza, ni que quieran hacer los cambios que necesita con urgencia ese partido para recuperarse, o al menos para no seguir deteriorándose.
En realidad, el reconocimiento de los errores propios, la admisión de las culpas que corresponden a cada uno y la voluntad de rectificación, no forman parte de la cultura política nicaragüense. Los partidos, sus cúpulas y caudillos, prefieren hundirse antes que hacer a un lado su arrogancia y reconocer sus errores, hasta que se derrumban. Por eso fue que el Partido Liberal y su caudillo de entonces, Anastasio Somoza Debayle, colapsaron de manera estrepitosa en julio de 1979. Por igual motivo el FSLN y su máximo líder, Daniel Ortega, fueron humillados electoralmente el 25 de febrero de 1990.
De su infortunio electoral del 7 de noviembre los dirigentes del PLC están culpando a cualquiera —al Apre, al presidente Bolaños, al “ratón loco”, al fin de semana largo, a la falta de dinero, a los medios de comunicación, etc.—, menos a ellos mismos. Pero lo cierto es que la masiva abstención de los ciudadanos democráticos, inclusive de muchos simpatizantes liberales, fue un castigo a la mala actuación del PLC, a la corrupción y el caudillismo pactista de Arnoldo Alemán. Y mientras no reconozca esa realidad ni haga lo necesario para cambiarla, el PLC no podrá salir de la profunda crisis en que se encuentra, lo cual sería lamentable porque a pesar de su debacle electoral del domingo pasado sigue siendo el principal partido del sector democrático de Nicaragua.
La Alianza por la República (Apre) no llenó el vacío que la bancarrota política y moral del liberalismo arnoldista ha creado en el ala democrática de la ciudadanía . El Apre sólo tuvo una votación digna de sus pretensiones en los lugares de influencia conservadora, y por eso algunos analistas aseguran que el Partido Conservador habría conseguido más votos si hubiese participado en las elecciones de manera independiente. En todo caso, al parecer a lo más que podría aspirar el Apre es a constituirse en la tercera fuerza política, a ser una bisagra parlamentaria entre el FSLN y el PLC, pero no a sustituir al liberalismo como oponente principal al sandinismo con capacidad de vencerlo electoralmente.
De manera que la interrogante fundamental es si el PLC podrá reconvertirse en una fuerza democrática confiable, o terminará de hundirse con Arnoldo Alemán a la cabeza, igual que se hundió el PLN con Somoza Debayle. En todo caso, la respuesta se podrá comenzar a ver a partir de la “encerrona” del sábado próximo.
El gran reto del PLC es demostrar que tiene agallas para emprender el camino de la renovación política y la recuperación moral, para lo cual ante todo tiene que “desarnoldizarse”, promover un nuevo liderazgo, ofrecer a sus bases y a toda la ciudadanía democrática —que sigue siendo la mayoría no obstante la victoria electoral sandinista del domingo pasado— una imagen de modernidad, transparencia y responsabilidad. El PLC debe dejar de ser un partido prebendario, sacudirse a la cúpula corrupta incondicional del arnoldismo, darle a su actuación política un contenido verdaderamente democrático, establecer incompatibilidades entre el ejercicio de cargos partidarios con funciones de Estado, transparentar las decisiones internas y ofrecer a la ciudadanía -no sólo a los afiliados- un pleno acceso a toda información de interés público: presupuesto, destino de los recursos obtenidos de fuentes particulares y de financiamiento del Estado para las campañas electorales, y la declaración jurada patrimonial integral de sus autoridades y candidatos.
¿Será capaz el PLC de convertir la derrota del domingo pasado en una nueva victoria en las elecciones del 2006? O, ¿habrá que aplicarle la sentencia de Séneca, de que “no hay remedio contra el mal cuando los vicios se han convertido en costumbre?”