David Pezzullo*
Roman, Times, serif»>
Don Enrique: anticorrupción e integridad
David Pezzullo*
El último capítulo en el drama político de Nicaragua que está amenazando a la continuidad democrática muestra el gran peligro de un mal enfoque de la lucha contra la corrupción. La temática anticorrupción que tiene tanta resonancia entre los ciudadanos que buscan un entorno político más honesto, creíble y eficaz, se está usando como una arma partidaria. Nada puede ser más lejano de lo que Nicaragua necesita y lo que el esfuerzo de disminuir la corrupción o crear mayor integridad pretende.
Anticorrupción tiene el lado de la persecución a base de investigaciones de hechos. Pero lo vital en la persecución es precisamente que se haga de una manera profesional, a base de hechos establecidos y que no influya posición ni partido. Pero lo que he visto últimamente parece ser acusaciones y escándalos inflados por razones partidarias. Esto sólo alimenta conflictos. Y conflicto alimentado y enfatizado más que alguna otra cosa es lo que ha dejado a Nicaragua en el último vagón del tren de desarrollo. Puesto de la manera más sencilla, Nicaragua está mal porque vive distraída y agotada por conflictos y la gran mayoría de ellos son evitables. Anticorrupción e integridad bien concebidos podrían ser la medicina principal a la enfermedad política de conflicto que sigue debilitando a Nicaragua.
Si la persecución profesional tiene su lugar en la lucha contra la corrupción es la prevención o construcción de integridad que es todavía más importante. Prevención o construir integridad es el proceso paso a paso de crear un gobierno más honesto y eficaz. En vez de ser un proceso de conflicto y destrucción alimentado por unos cuantos actores políticos es un proceso positivo, cooperativo y ampliamente participativo de construcción de un nuevo orden y dinámica nacional. Anticorrupción o integridad por lo tanto no es un fin en sí, sino un medio hacia el fin mayor de mejorar la política pública a través de nuevos acuerdos entre ciudadanos y gobierno.
Puede sonar muy abstracto pero no lo es. Es tan práctico como construir una visión de hacia qué quieren los nicaragüenses, cambiar e identificar pasos concretos en una secuencia implementable para realizar la visión. Todo cambio sustancial requiere tanto de una visión compartida por muchos como pasos para realizarlo. Va inevitablemente este proceso a tocar la herida enorme dejado por el conflicto de los ochenta. Sigue siendo el punto de referencia de la desconfianza social que sufre Nicaragua. Pero hay que pasar por ello en un esfuerzo para construir un acuerdo básico entre los nicaragüenses sobre cómo gobernarse para por los menos evitar nuevos conflictos como en los años ochenta.
Hay quienes sugieren que en Nicaragua se puede transformar el entorno político a través de cambiar leyes o procesos institucionales manejados por unos cuantos. Y hay quienes dicen que todo esto de modernizar las instituciones es provincia de los partidos y que sólo ellos tienen la autoridad y capacidad para hacerlo. Pero sin un cambio más profundo o fundamental antes las leyes no van a aplicarse correctamente y los nuevos procesos institucionales serán un nuevo envase para el mismo comportamiento negativo. La reforma de la Contraloría ofrece un caso instructivo de cómo reforma y modernización sin un contexto que lo sustente se distorsiona en función de los intereses de algunos pocos.
Hay herramientas para mover este proceso de creación de esta visión y hay herramientas para dar pasos como códigos de ética, procesos para abrir acceso a información, acuerdos ciudadanos para mejorar servicios, auditorías sociales, presupuestos participativos, consejos mixtos para crear listas de posibles contralores, procuradores, miembros de la Corte y Consejo Supremo Electoral, contactos ciudadanos-gobierno para asegurar la buena construcción y mantenimiento de carreteras, hospitales, centros turísticos, etc. Pero en la realidad nicaragüense hasta definir estas cosas son sólo más palabras. No hay bala de plata ni una nueva tecnología que por aplicarse cambia todo. Los nicaragüenses son los que tienen que adaptar las herramientas, procesos, leyes y hacerlas funcionar. Ésa es la oportunidad que ofrece la democracia y el voto y hay que tomar ventaja de ella o no va producir lo que promete. Y la democracia por lo tanto seguirá en peligro.
Nicaragua se ha hecho famosa por crear visión tanto poética como política. En la poesía las visiones han sido una gran labor de integración creativa de ideas, culturas, lenguajes y generaciones. Pero en la política han sido más que nada visiones contra algo: sea dictaduras de un tipo u otro, servidores públicos que operan y usan fondos públicos como si fueran dictadores. El paso clave será construir una visión pro algo, creadora de una Nicaragua íntegra, productiva, justa y unida. No será fácil dado la poca confianza entre un nicaragüense y otro. Pero es esencial que se haga.
Se sabe que don Enrique es fundamentalmente un hombre honesto. Es irónico que el modelo de honestidad personal, el que fue electo por honesto y el que dio voz a la noción de ganar-ganar, sea víctima de los que viven de un sistema opaco, disfuncional y sistemáticamente corrupto que tiene a Nicaragua en constante conflicto que termina en el perder de todos. El hombre que paró las tarjetas de crédito en el Poder Ejecutivo, quien no tomaba un refresco en el exterior sin rendir cuentas exactas, que puso las cuentas nacionales a luz de día y en orden, está acusado por los que han rehusado a rendir cuentas, los que intentan interrumpir el término presidencial. Esto dice mucho del estado de su integridad, y también del trabajo que todavía falta por hacer.
No estoy diciendo que don Enrique es perfecto. Su propio gobierno perdió el hilo con la anticorrupción. Por eventos obvios enfocó mucho en persecución y poco en crear un diálogo con el público para profundizar esa visión movilizadora, preventiva y democratizante de una nueva Nicaragua íntegra. Su integridad personal no se extendió en un movimiento nacional positivo. No hubo claridad administrativa para hacer lo que se quería hacer. Si el Gobierno de don Enrique no pudo democratizar su visión y clarificar los pasos en que ciudadano y Ejecutivo podrían caminar hacia ello, sí promocionó integridad como algo esencial para toda la agenda de cualquier gobernante que sigue, y eso es muy importante. Él dio una medida de liderazgo que ahora otros van a tener que tomar, extender, profundizar y aumentar.
La lección no debe ser entonces que anticorrupción y la construcción de la integridad son destructivos, sino que hay que usarlos más efectivamente para la renovación de Nicaragua. Hay que usarlos para alimentar esa visión compartida más allá de unos cuantos políticos. Hay que dar los pasos concretos para que en vez de un legalismo inquisitivo en manos de pocos se construya un sistema de integridad y rendimiento horizontal en que participen todos los sectores y que mejore todos los estándares. Ésa es la base de instituciones legítimas, gobierno honesto y efectivo y una sociedad productiva y justa. Los nicaragüenses merecen nada menos.
Una sugerencia: en vez de sólo sufrir amenazas al gobierno electo —y van a haber más de ellas— a lo mejor es la hora de que en vistas de la campaña de 2006 el poblado, con amplia participación, empiece a organizar su plataforma no partidaria sobre la visión de cambio y el cómo realizarlo en etapas implementables. Es decir crear la visión conjunta y el plan específico y concreto con su secuencia de implementación. Podría ser esto un paso en dirección a crear esa visión positiva nicaragüense. Y que los candidatos y partidos se definan en integridad de acuerdo a la demanda positiva y específica de los ciudadanos. De esta manera habrá un cimiento sólido para que el bien común pueda superar los intereses partidarios y el conflicto.
* El autor es Consultor Internacional sobre Integridad. Washington D.C.