El voto para escoger al mejor

Hugo Ramón García

Mañana se celebran las elecciones municipales y, como un ejercicio de conciencia, está de por medio la responsabilidad ciudadana para escoger con el voto a las personas más calificadas que pueden hacer lo mejor por el pueblo.

En este sentido, hay que hacer a un lado las banderas partidarias y ver con óptica personal quién conviene a las mayorías, de manera que el “progreso material” no quede reducido a una promesa o teoría, sino a una realidad; a un contexto positivo que sea el reflejo de las buenas intenciones. El derecho al voto es un instrumento de mucha valía que no puede estar ausente en el espíritu de los electores a quienes la Constitución, ley suprema de la República, le fija en uno de sus preceptos ese indelegable ejercicio que es fruto de la democracia.

No podemos en consecuencia volvernos ajenos a tal derecho. Con la emisión del voto se nos concede la oportunidad de imprimirle a la comunidad el destino más opcional de frente a las exigencias que demanda y entabla la sociedad moderna a la luz de la civilización a la cual no podemos mostrarnos apáticos, porque de hecho nos volveríamos cómplices de todo lo peor que pudiera ocurrir.

Pero al mejor pretendiente de una alcaldía lo hallamos en aquel hombre, o aquella mujer que no está comprometido del todo con intereses políticos de círculos determinados que nunca han hecho nada por el pueblo. No se puede, ni se debe escoger con el voto a los que abiertamente caminan de la mano con grupos politiqueros, quienes a más de ser impopulares usan la política para alimentar ambiciones económicas que respondan a sus comodidades particulares, mientras por otro lado la población agraria que sigue siendo víctima de atraso cultural, y a la que siempre usan de “quijote” los politiqueros tradicionales, muestra en sus lánguidos rostros la dura realidad de la miseria, consecuencia sustancial de las viciadas desigualdades que vienen operando en nuestra paupérrima República.

En las consultas eleccionarias de mañana siete de noviembre se debe tener preferencia por las personas que tienen disposición y entrega de trabajo. No hay que permanecer estático en el pasado siguiendo ciegas “enseñanzas” que no encajan en los tiempos presentes, y que la historia no puede ser benévola con ellas porque recogen una doctrina nada alentadora, proveedora de caudillos que muchos daños ideológicos le han dado a la nación de forma continuada, y por ello Nicaragua ha caído en una evidente frustración de la cual no ha podido levantarse, y para encontrar su verdadero cambio no le queda más alternativa que impregnarse de aquella sabia sentencia del maestro Antonio Machado: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar, se hace camino, y al volver la vista atrás, se ve la senda que no se ha de pisar jamás”.

Tenemos que ser caminantes en el sendero de la historia. Juntar esfuerzos y esperanzas que iluminen la conciencia para darle a la República el testimonio de nuestro objetivo y demostrarle con hechos lo que somos capaces de entregarle como una recompensa a sus maternales abnegaciones.

El autor es periodista de Somoto.

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