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Triunfo de los valores
La elección presidencial del martes de esta semana en Estados Unidos, en la que el presidente George W. Bush fue reelegido para un segundo período de cuatro años, es un acontecimiento de trascendencia histórica internacional.
En primer lugar, porque la afluencia de votantes en esta ocasión fue la mayor de los últimos 25 años: votaron unos 120 millones de personas, más o menos el 60 por ciento de todos los ciudadanos aptos para votar, y según el director del Comité para Estudios del Electorado Estadounidense, Curtis Gans, “éste fue el porcentaje más alto de participación electoral desde 1968”.
En segundo lugar, Kerry era el candidato presidencial estadounidense más izquierdista de todos los tiempos, por lo que se convirtió en el favorito de toda la izquierda mundial. Y en consecuencia el triunfo del presidente Bush fue una derrota de toda la izquierda internacional.
En tercer lugar, el presidente Bush triunfó sobre los medios de comunicación social de Estados Unidos y de todo el mundo, que en su gran mayoría se unieron en coro para denigrarlo y para crear la percepción de que la victoria del senador John Kerry era inevitable.
Finalmente, la victoria electoral del presidente Bush significó un triunfo de los principios y valores morales tradicionales de la sociedad estadounidense. Así lo demostró el rechazo contundente del electorado norteamericano a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, y otras propuestas de “ética light” proclamadas por el senador Kerry.
Los enemigos de los principios y valores en que se funda el modo de vida de Estados Unidos, con frecuencia acusan a este país de ser un prototipo de la decadencia y la corrupción. Sin embargo, la elección del recién pasado 2 de noviembre demostró lo contrario, o sea que la mayoría de los estadounidenses siguen siendo fieles a los valores y principios morales históricos que hicieron posible la grandeza y el liderazgo de esa gran nación.
Al respecto vale la pena subrayar el hecho de que la juventud estadounidense se reveló en esta elección presidencial como un bastión de esos principios y valores morales. Así lo demostró el hecho de que, de los 15 millones de nuevos votantes que hubo en esta elección presidencial, en relación con la del año 2000 —o sea personas jóvenes que alcanzaron en los últimos 4 años la edad con derecho a votar—, más del 60 por ciento respaldó al presidente George W. Bush. De modo que la juventud fue la que decidió el triunfo inobjetable del presidente Bush.
Por supuesto que en el resultado de la elección del recién pasado martes 2 de noviembre, influyeron también factores muy importantes de política doméstica e internacional de Estados Unidos, como la guerra en Irak, la lucha contra el terrorismo, el libre comercio internacional, la reducción de los impuestos, la creación de nuevos empleos, la reforma de los seguros sociales, etc. Pero lo fundamental y decisivo fue que esta decisión del electorado estadounidense fue tomada en base de los principios y valores éticos.
Por otro lado, el triunfo del presidente Bush favorece a la mayoría de los nicaragüenses, porque representa la continuación del apoyo de Estados Unidos al fortalecimiento de la democracia, de los esfuerzos por la recuperación de la institucionalidad democrática y el desarrollo de Nicaragua.
Las administraciones del Partido Demócrata de Estados Unidos, en los últimos 30 años, no han favorecido apropiadamente a la causa de la democracia y la libertad en Nicaragua. Es cierto que la política de derechos humanos del presidente Jimmy Carter, a partir de enero de 1977 cuando asumió la Presidencia, socavó a la dictadura somocista y facilitó su derrocamiento. Pero también favoreció el triunfo total del sandinismo en la revolución de 1979 y luego fue uno de los artífices de los acuerdos que le permitieron al FSLN conservar una desmesurada cuota de poder, después de su derrota electoral en febrero de 1990. Posteriormente, a partir de 1993 la administración demócrata del presidente Bill Clinton ayudó al partido sandinista a oxigenarse políticamente.
Y lo más probable es que una nueva administración demócrata en Estados Unidos hubiera fortalecido la posibilidad de la restauración del régimen sandinista, tal vez no en su antigua versión castrista pero sí en una modalidad chavista.