Lucha contra la corrupción

José Medina Cuadra

Por una de esas inspiraciones que nadie sabe lo que pueden desencadenar, el ingeniero Enrique Bolaños Geyer desplegó su campaña electoral bajo el signo de una renovación moral en Nicaragua.

El cuatro de noviembre del dos mil uno, después de votar recorrí algunos pueblos y muchos cantones electorales y vi a miles de personas mayores y viejos que acompañados de sus familias y armados de esperanza y decisión, venciendo las enfermedades y el cansancio, habían salido a defender lo que el entonces candidato a la Presidencia les había ofrecido y a decir “trato hecho”.

Estamos llegando al tercer año de ejercicio de ese mandato y la lucha contra la corrupción, como punto de partida hacia una renovación moral comenzó, no sin una oposición feroz de políticos ubicados en los tendidos partidarios de todas las ideologías, de sindicatos manejados por enriquecidos dirigentes y por todo un aquelarre de elementos que con habilidad se mueven a la izquierda y la derecha de la afligida nave nacional, buscando su parte en esa pesca fructífera de la corrupción.

En la lucha planteada por el presidente Bolaños en contra de la corrupción, el pueblo ya comenzó la diferencia entre un simple ladrón que ocupa un puesto público y que al ser descubierto puede ser separado y procesado, y la institucionalización de la simulación y el desdoblamiento, que hacen aparecer la corrupción moderna, que no es una flaqueza personal sino una complicidad colectiva encabezada por los caudillos y por su coro de epígonos estratégicamente colocados en todos los poderes del Estado, que vienen con sus hechos a confirmar que si toda corrupción necesita ocultar los actos que no corresponden a lo que se supone, la corrupción moderna eleva la doblez a la Constitución misma del Estado. La mentira oficial no es consecuencia de la corrupción (para ocultarla) es su condición de origen. Si esto no es así, ¿por qué se pretende ocultamente transformar al Estado nicaragüense presidencialista en un estado parlamentario?

La condición necesaria para que la corrupción sea posible es que una persona represente los intereses de otra. La corrupción consiste en apoderarse de un poder prestado y en usarlo como propio.

La situación es tan humillante que quizás por eso se inventó la noción de que el verdadero soberano es el pueblo y que el pueblo hace la ley y tiene las armas y la riqueza colectiva, aunque en la práctica todo esté en manos de políticos profesionales, militares profesionales, administradores profesionales, cuando no de bandidos y asesinos profesionales. Se supone que los profesionales del Estado son los mandatarios (diputados, magistrados, jueces, ministros) servidores del verdadero soberano que es el pueblo.

Esta falacia ya es conocida por la ciudadanía y no sólo por la que es preparada y estudiada, si no también por el pueblo, pueblo que parece decir: “No nos hagan reír porque somos ñajos”.

En mi ya larga vida he aprendido que los triunfos se consiguen después de dificultades y los grandes triunfos sólo después de grandes dificultades. Esto que es válido en el campo personal es más cierto en el ámbito social y el pueblo nicaragüense, que ha padecido en forma consecutiva las más aberrantes y corruptas dictaduras de su historia, sabrá encontrar su posición en la lucha planteada contra la corrupción.

En esta lucha hay por supuesto derrotistas. Hay quienes creen que la corrupción no tiene remedio, porque a la corrupción sólo con corrupción se le puede combatir.

Hay otros derrotistas que piensan que la corrupción no tiene remedio porque así están hechos los nicaragüenses y que la renovación moral exige un hombre nuevo.

Decir que nada puede cambiar mientras todo no cambie, no es más que fórmulas derrotistas que sirven para distraer de lo que sí es posible: ir ganando terreno para la luz pública, para el ejercicio moderno, civil, de llamar civilizadamente a cuentas.

La claridad en el manejo del poder político y la transparencia en los gastos y adquisición de deudas de la República no son exigencias que van a quedar eternamente sin respuesta.

El pueblo nicaragüense ve y oye lo que pasa en el mundo y más en el que está más cercano. Costa Rica es un ejemplo que nuestra ciudadanía envidia, tanto más, cuanto que en ese hermano país viven centenares de miles de nicaragüenses.

El autor es Abogado y Notario.

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