Preocupación por las instituciones

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Preocupación por las instituciones





En la declaración sobre Nicaragua que dio a conocer la Unión Europea, el lunes de esta semana, se destaca una gran preocupación por las precarias instituciones de la democracia nicaragüense que son embestidas por acciones irreflexivas y aventureras de los partidos políticos mayoritarios, los que más deberían cuidarlas.

La democracia nicaragüense, como hemos dicho en otras ocasiones, es en gran medida resultado de acuerdos de la comunidad internacional y por lo tanto es lógico que ésta se preocupe por lo malo que le pueda ocurrir. Y sobre todo cuando los peligros de esta incipiente democracia no devienen de problemas estructurales, sino de la irresponsabilidad y, peor aún, de maquinaciones aventureras de políticos que son atrasados pero tienen mucho poder.

Por eso es que, después de elogiar los logros gubernamentales y de animar al Gobierno a perseverar en el esfuerzo por “fortalecer la democracia, incrementar la transparencia y reducir la pobreza”, la declaración de los representantes de la Unión Europea subraya su preocupación por “la falta de un nivel adecuado de independencia de las principales instituciones del Estado —concretamente la Corte Suprema de Justicia, el Consejo Supremo Electoral y la Contraloría—, respecto de la influencia de los partidos políticos”. Y advierten que esta situación pone en riesgo las posibilidades de seguir ayudando a Nicaragua.

En realidad, lo que más preocupa de esta situación no es que haya conflictos políticos, porque éstos son inevitables y además indispensables para el desarrollo de la sociedad y la democracia. Lo verdaderamente preocupante es que las instituciones sean subordinadas a los intereses de políticos autoritarios y corruptos.

El gran filósofo europeo de la libertad, Karl Popper (1902-1992), expresaba su preocupación por aquellos países que, como Nicaragua, salieron del oscurantismo totalitario y en el desconocido camino de la democracia se toparon con las costumbres autoritarias y corruptas. Y se preguntaba Popper: ¿cómo organizar las instituciones políticas de tal manera que se impida a los gobernantes malos o incompetentes hacer demasiado daño? Pero las instituciones no funcionan por sí solas, sino mediante la acción y la conducta de las personas, particularmente de los operadores políticos.

En Nicaragua, la justificación que dan los políticos —específicamente los liberales del PLC y los sandinistas del FSLN—, a la partidarización de las instituciones, es la de que así tiene que ser porque ellas son políticas por naturaleza. Y por lo tanto, dicen, las personas escogidas para los cargos estatales tienen que ser políticos militantes y personas fieles a los caudillos y cúpulas partidistas.

Pero los partidos políticos no son los soberanos de la sociedad, sólo entidades de intermediación entre los ciudadanos y el poder para la formación de la autoridad que emana de la voluntad ciudadana manifestada en elecciones libres, frecuentes y competitivas. Los partidos no pueden seguir siendo instrumentos para la conquista del poder como un botín en beneficio del enriquecimiento y la arrogancia de los políticos convertidos en altos funcionarios públicos.

La verdad es que los políticos tradicionales, autoritarios y corruptos como Arnoldo Alemán y Daniel Ortega, representan el pasado y son un obstáculo a la modernización de Nicaragua. Ellos frenan e impiden la solución de los problemas institucionales del país, así como su desarrollo económico, social, cultural moral.

Es indispensable y urgente hacer reformas institucionales que garanticen, por ejemplo, la formación de un Poder Judicial independiente, con magistrados y jueces imparciales, capacitados e íntegros, y por lo tanto socialmente respetados.

Si así es que funcionan las instituciones en los países de la Unión Europea y en todas las democracias del mundo, ¿por qué no podrían funcionar igual en Nicaragua? Los nicaragüenses no somos seres inferiores a los europeos. Lo que pasa es que pesa sobre el país el lastre de una clase política autoritaria y corrupta, y mientras los ciudadanos no se la quiten de encima el país tendrá que seguir soportando esas perversiones institucionales que tanto preocupan a la comunidad democrática internacional.

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