- Los plantíos de café en Carazo y Masatepe están con poca oferta, augurio de una cosecha menor
Gustavo Ortega Campos
Cuando en Nicaragua se habla de café, la primera idea que surge son los plantíos apostados allá en Jinotega, departamento donde se produce al menos el 50 por ciento del grano, o Matagalpa, donde se produce un 35 por ciento. Sin embargo, hay cafetales en el Pacífico muy ricos en historia, aunque ahora un tanto triste y sombría.
Documentos históricos señalan que el encargado de Negocios americano en Guatemala, con jurisdicción en todo Centroamérica, Mr. Ephraim George Squier, aseguró que la llegada del café a Nicaragua, se remonta entre 1844 y 1848, siendo el último país en Centroamérica en iniciarse en esta actividad.
Otros escritos, que coinciden con Squier, agregan que el cultivo del café se inicia en Nicaragua en 1848 en la hacienda La Ceiba, de Jinotepe, Carazo, propiedad de don Manuel Matus, quien introdujo el café de Guatemala y se constituyó en la primera plantación con motivos comerciales.
Otros sostienen que la primera planta de café fue sembrada en la hacienda El Tizate, propiedad de Leandro Zelaya, siempre en Carazo.
En Managua, el cultivo lo inició José Dolores Gámez, pero al final todos coinciden que la caficultura nicaragüense arrancó en el Pacífico.
Ya han pasado 160 años y la producción ha persistido con épocas de gloria y otras menos optimistas, como la que les tocará enfrentar a los cafetaleros del Pacífico en la cosecha que oficialmente inicia en noviembre; esta vez los productores pronostican menos recolección por motivos varios.
Fener Chávez, dirigente gremial y pequeño productor de la zona de Jinotepe, Carazo, dice que la necesidad les ha obligado a diversificar sus fincas, agregando producción de cítricos, árboles maderables e incluso vegetales y tubérculos para el autoconsumo.
CORTE TARDÍO
Cifras estimadas señalan que en el Pacífico se producen unos 100 mil quintales, pero este año los resultados se verán mermados por un tímido invierno y el comportamiento natural de las plantas, pues el año pasado la recolección fue bondadosa.
“Este año ya deberíamos estar iniciando el corte, pero la falta de lluvias afectó la maduración y quizás en diciembre es que arrancará la cosecha”, asegura Alfredo Mendieta, un mediano cafetalero de Diriamba que carga con el orgullo de que a sus 87 años aún se dedica a producir café.
Esta situación contrasta con lo que sucede en el norte del país, donde la maduración fue prematura y empieza a sentirse la escasez de mano de obra, cosa que no ocurre en el Pacífico.
Pero además de los problemas coyunturales, las políticas gubernamentales de las tres últimas decadas, según los productores, han provocado la reducción de la actividad cafetalera en la zona.
“Antes existían unos 13 beneficios y ahora apenas sobreviven tres”, señala Chávez, directivo de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos.
Él trabaja cuatro manzanas de café de la variedad catuai y se está metiendo de lleno a la producción orgánica (sin agroquímicos) con la idea de reducir sus costos, estimados en unos 75 dólares por quintal.
“En la cosecha anterior no vendimos nada, pues nos está resultando más barato procesarlo artesanalmente y venderlo localmente”, indica, “pues el trillado, tostado, molido y mano de obra nos cuestan más de 20 dólares”, agrega.
Pero es optimista al estimar una cosecha “normal” este año, aunque aclara que es un caso aislado pues no tiene deudas y trabaja con capital propio.
CASI EN EL OLVIDO
Menos satisfechos se muestran un grupo de campesinos de la Cooperativa Pikín Guerrero, de la zona de Masatepe, Masaya. Ellos viven en la finca San Luis de la comarca San José, ubicada a unos siete kilómetros del casco urbano, sin embargo esta cercanía con la “civilización” parece nula al estar en la localidad.
Pésimos caminos, sin luz eléctrica, sin acceso a líneas telefónicas. Aquí cuatro familias se dedican a varias actividades, siendo la caficultura una de las principales. El resto de socios están regados en otras parcelas aledañas.
“Va a ser rala”, afirma Alberto Mercado, uno de los socios, al referirse a la cosecha de este año e igual que la referencia anterior indica que los precios del café no compensan lo invertido.
Con una expresividad que destaca frente al resto de sus compañeros reunidos, Mercado dice que los comercializadores del grano “no valoran el esfuerzo del productor y las ganancias no son compartidas”.
Pero deben caer en sus manos porque no cuentan con los medios para procesarlo. Tampoco tienen deudas y muy seriamente dicen que harán todo lo posible para que se logre una cosecha aceptable en las nueve manzanas que producen.
EN BUSCA DE LA PRODUCCIÓN ORGÁNICA
“Estamos acostumbrados, como campesinos, a sobrevivir en las buenas y en las malas”, añade. Ellos están en el proceso de hacer su producción 100 por ciento orgánica, incluyendo el resto de rubros a que se dedican: granos básicos y cítricos.
Mercado resiente el alto costo de los insumos, necesarios para el control de las plagas.
En ese colectivo también se dedican a la crianza familiar de ganado menor, pues por ser una cooperativa, buscan incrementar sus ingresos, que son colectivos.
Dicen sentirse abandonados por las autoridades de gobierno, pues aseguran que tienen las pruebas a mano: su precaria realidad económica.
Juan Sebastián Chamorro, coordinador de inversiones de la Secretaría de Coordinación y Estrategias de la Presidencia de la República, dijo que analizarán la situación de la zona.
“La verdad es que la atención al café se ha concentrado en la zona norte, eso no significa que se les esté abandonando, tendríamos que revisar qué tipo de apoyo se les brindará en el presupuesto del año próximo…”, respondió vía telefónica.
En tanto, los cafetaleros, pese a su problemática seguirán destacando, en la menor oportunidad, la buena calidad del café de esa zona.
TRABAJAR EN VEZ DE ESTUDIAR
Jairo Velásquez es un jóven campesino de 17 años que es la mano derecha de su padre Luis Velásquez, en las labores del campo.
Con vivaz brillo en los ojos participó con otros parientes de un momento de plática con LA PRENSA, acerca de las expectativas de la próxima cosecha cafetalera.
Al finalizar la conversación, Jairo mostraba la sensación de que quería decir algo, pero al final no habló hasta no ser por una pregunta directa.
¿Estás estudiando?, fue la pregunta para iniciar la plática. “No, me salí de primer año de secundaria hace tres años, porque no podían mantenerme los estudios”, aclaró con rostro apesarado. “Quizás más después podría seguir”, añade sin dejar de empuñar el machete que le fue asignado para sus labores.
La realidad de Jairo es la de la mayoría de jóvenes de la comarca San José, ubicada a siete kilómetros del casco urbano del municipio de Masatepe, en el departamento de Masaya, vecino de Managua.
Su padre asegura que no tiene capacidad de mantenerle los estudios secundarios, “la gente campesina ya no puede darse ese lujo”, dice con un tono de reproche.
Ambos se dedican a múltiples tareas en la cooperativa a la que pertenece el jefe de la familia, “aquí no hay descanso, siempre hay que podar, limpiar, cosechar, abonar”, explica cuando es consultado acerca de la faena diaria.
Los Velásquez forman parte de la Cooperativa Pikín Guerrero, propietaria, desde 1979, de 33 manzanas de tierras distribuidas entre los socios en la zona rural del municipio de Masatepe, en Masaya.