¿Habrá de verdad un ganador de esta elección?

El premio del vencedor será una nación muy dividida Robin TonerThe New York Times La larga y amarga campaña presidencial estadounidense terminará (o al menos muchos fervorosamente lo esperan) este martes. Un hombre ganará y los electores serán recompensados bien con la “sociedad de propietarios” de George W. Bush, que contempla arrolladores cambios en materia […]

  • El premio del vencedor será una nación muy dividida

Robin TonerThe New York Times

La larga y amarga campaña presidencial estadounidense terminará (o al menos muchos fervorosamente lo esperan) este martes. Un hombre ganará y los electores serán recompensados bien con la “sociedad de propietarios” de George W. Bush, que contempla arrolladores cambios en materia de seguridad social y una transformación del sistema fiscal, o con los “Estados Unidos más fuertes” de John Kerry, con un enorme programa de salud nuevo y otras ayudas para la desgastada clase media.

Teóricamente, podría funcionar de esa forma, con una amarga campaña redundando en sólido mandato, en control funcional del gobierno para un partido y una temporada de logros legislativos. Pero pocos en Washington anticipan que eso suceda esta vez.

Para empezar, cualquiera que gane el 2 de noviembre enfrentará una férrea resistencia en el Congreso estadounidense. Como lo expresó el republicano y ex presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich: “Ningún bando va a llevarse el carro completo como en 1964”.

En pocas palabras, si la campaña fue dura, el período de gobierno podría ser brutal. Y la lucha intensamente partidista sobre la agenda de política interior de cada candidato no terminará, sino que se trasladará simplemente a otro ruedo.

Esto no significa que el próximo Presidente no tendrá un poder inmenso, especialmente en materia de política exterior. Bush subrayó el alcance de ese poder presidencial estos últimos cuatro años, con su proyección de fuerza estadounidense en el extranjero. Pero “a nivel nacional, no puedes hacer nada solo”, indicó Morris P. Fiorina, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Stanford y becario de alto nivel de la conservadora Institución Hoover.

El triunfador también heredará un legado presupuestario —los proverbiales déficits hasta donde la vista alcanza— que volverán las grandilocuentes promesas de campaña muy difíciles de concretar. Y la situación en Irak será un continuo desgaste de recursos, capital político y energía presidencial.

Un Presidente puede hacer uso de órdenes y regulaciones administrativas para promover muchas políticas en muchos ámbitos sin un voto en el Congreso. Y el próximo Presidente podría tener la oportunidad de nominar hasta tres nuevos jueces en la Suprema Corte, dado que ocho de los nueve jueces actualmente en funciones son mayores de 65 años. Eso podría dar a la Corte la forma que tendrá en la próxima generación, y alterar potencialmente el equilibrio en cuestiones divisorias como los derechos al aborto.

En eso también, sin embargo, el próximo Presidente confrontará los límites de la actual brecha política. Si un Bush reelecto nomina a un juez que favorece la revocación del fallo Roe vs. Wade que establece el derecho al aborto, como lo esperan muchos de sus partidarios, muy probablemente desataría una guerra ideológica y política. Activistas liberales, entre ellos los grupos de defensa agresivos y bien financiados que desempeñaron un papel importante en la elección de este año, participarían en la lucha con pasión.

De hecho, Barney Frank, representante liberal demócrata de Massachusetts, afirmó que un lugar vacante en la Suprema Corte representaría menos una oportunidad que un “serio dilema” para un Bush reelecto y su partido.

El ganador de la elección intentará sin duda concretar al menos los aspectos más medulares de su agenda. La iniciativa emblemática de Kerry en materia de política interior es un ambicioso programa destinado a proporcionar un seguro médico a millones de niños y adultos más, mismo que será financiado por la supresión de los recortes fiscales para estadounidenses con ingresos de más de 200 mil dólares anuales instituidos por Bush. Pero existe duda de que semejante proyecto sobreviva en una Cámara de Representantes republicana.

Por su parte, Bush ha prometido una ambiciosa transformación del sistema de seguridad social con el fin de crear cuentas de inversión privada para trabajadores jóvenes. Esa propuesta constituye un anatema para los demócratas, que alegan que socavaría uno de los programas gubernamentales más populares y progresistas de la historia. Es difícil imaginar una problemática que pueda originar una oposición demócrata más fuerte.

Alcanzar un acuerdo respecto a estas propuestas relativas a la salud y al retiro parece muy difícil. Las divisiones ideológicas son mayúsculas en torno al papel del Gobierno, sobre qué tanto riesgo y responsabilidad debe recaer en el individuo, y sobre si los programas de Seguro Social, instituidos hace décadas, deberían ser reemplazados por un enfoque más orientado hacia el mercado.

Sea como sea, existe la posibilidad de que la parálisis y la guerra partidista no sean inevitables —que Bush o Kerry sean capaces de modificar el paisaje político gracias a la simple fuerza de su liderazgo. Ambos han prometido hacerlo.

La Senadora republicana moderada de Maine, Olympia J. Snowe, indicó que pensaba que era posible.

Thomas E. Mann, científico político de la conservadora Institución Brookings, dijo creer que se necesitaría “un acontecimiento exterior y liderazgo político” para romper la nefasta combinación de “paridad y divisiones ideológicas al 50-50”.

Pero Gingrich afirmó que las divisiones no concluirían hasta que triunfe un bando. “Es como en los años 1840 y 1850”, indicó, en referencia a los años antes y durante la Guerra Civil estadounidense. “Esto va a continuar. Se trata de un verdadero desacuerdo en torno al futuro del país”.

Gingrich, a menudo considerado el padre fundador de la actual política hipercombativa, agregó: “No se trata de un Gobierno dividido, se trata de un país dividido”.

CLIMA POLÍTICO ENVENENADO

Es más, ya sea un Presidente Kerry o un reelecto Presidente Bush tendría que lidiar con un venenoso clima político que tiene muy poca probabilidad de mejorar repentinamente cuando concluya la elección y que, de hecho, se ha deteriorado continuamente durante la última década. Existe una larga y feliz tradición de gobierno dividido en Estados Unidos, pero las amargas divisiones partidistas que reinan en Washington hoy en día son de otra índole.

“Hay más amargura ahora, más odio”, indicó Warren Rudman, ex Senador republicano de New Hampshire.

“Si Kerry gana estos comicios, tendrás a una multitud de republicanos absolutamente enfurecidos al respecto, y lo tratarán tan duramente como los demócratas lo hicieron con Bush”, agregó.

PROBABLES ESCENARIOS

Un Presidente Kerry probablemente enfrentaría, como mínimo, una Cámara de Representantes republicana. Un Presidente Bush podría afrontar en su segundo mandato a un Senado demócrata, pero aún y cuando los republicanos sigan controlándolo, se espera que su mayoría sea por mucho menor a los 60 votos requeridos para frustrar esfuerzos demócratas por bloquear proyectos de ley que no les gusten.

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