Christopher Neal
Con los comicios municipales que están por celebrarse el 7 de noviembre, es menester hacer una reflexión sobre las elecciones de hace 20 años, el 4 de noviembre de 1984. Pese el desencanto por los pugnas que han marcado la contienda electoral actual, una perspectiva que toma en cuenta las primeras elecciones de la era sandinista nos demuestra cuanto la democracia se ha desarrollado en Nicaragua.
Las elecciones de 1984 no llegaron a ser noticia de verdad hasta un día de julio de ese año, cuando Arturo Cruz Porras llegó al Aeropuerto Internacional Augusto C. Sandino, en un vuelo desde Washington.
Su candidatura fue improbable desde sus inicios. Parecía fuera de lugar, sobre todo en el ambiente turbulento de aquel entonces, con la revolución bajo ataque de adentro y de afuera. Ex presidente del Banco Central de Nicaragua, ex miembro de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, ex embajador de Nicaragua en los Estados Unidos, y entonces funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo, Cruz fue recibido de manera modesta por un pequeño grupo de sus partidarios.
En su mayoría, sus militantes eran hombres vestidos de guayaberas blancas y pantalones negros, miembros de lo que los sandinistas llamaban, de manera despectiva, “la burguesía”. En la terminal, Pedro Joaquín Chamorro Barrios se pegó al lado de “Don Arturo” (como le bautizaron en la prensa sandinista, con un sentido de ironía porque aquellos tratos honoríficos eran obsoletos y absurdos en la Nicaragua revolucionaria). En aquel entonces, Pedro Joaquín era codirector de LA PRENSA, periódico que encabezaba, junto al Cosep, la oposición a los sandinistas. Él dirigió a Cruz a un auto que les llevó a una reunión en la sede del partido Social Demócrata, a la orilla de Ciudad Jardín.
Algunos comentaron, antes de la llegada de Cruz, que era posible que algunos jóvenes podrían sentirse molestos por su gesto antipatriótico de desafiar a los sandinistas, juntándose así a los mercenarios de la contra. Una turba podría aparecer de manera inesperada y no se podía descartar la posibilidad de que su repudio se tornara violento, empezando con gritos de consignas como “Dirección Nacional, ordene” o “Un sólo Ejército” y terminando tirando piedras y volteando vehículos.
Al final no ocurrió nada, por lo menos ese día. De todas maneras, la llegada de Cruz a Managua fue acogida con indiferencia por todos, menos LA PRENSA. Allí, su aterrizaje fue tratado como noticia trascendental en la primera página, como para hacer creer, incluso a los mismos de la oposición, que su llegada significaba que la hora de la verdad para los sandinistas estaba por llegar.
Aun con su carácter improvisado, la campaña de Cruz despertó interés en lo que, hasta ese momento, se estaba desarrollando como un plebiscito sobre la revolución sandinista. Su resultado no estaba en duda, el poder no estaba en juego, y por lo tanto, nadie prestaba atención. Nadie creía que los candidatos de la supuesta oposición iban a disminuir de la manera más mínima el respaldo popular evidente de que gozaban los sandinistas, ni tampoco reducir su control absoluto del aparato del Estado. Los mismos candidatos que se prestaban al juego, por vanidad, por engaño, o por sentido de obligación, ni siquiera dudaban del eventual resultado: una marcha a otra victoria sandinista, la revolución ratificada. Por ese motivo se retiró Virgilio Godoy, candidato del Partido Liberal Independiente, dándose cuenta de la farsa en la cual se había metido.
La presencia sandinista fue, según un diplomático extranjero, “casi sofocante”. En dicho caso sorprendía que los sandinistas tomaran muy en serio la candidatura de Cruz y la llamada Coordinadora Democrática que él encabezó. Les preocupaba el apoyo que él podría lograr tener y no querían dejarle lugar para sembrar dudas y hacerlo crecer.
Una amiga periodista de El Nuevo Diario me enseñó un memo de la dirección de ese periódico (pro-sandinista) dirigido a sus reporteros. En los reportajes decía que habría que repetir que Cruz era el candidato de la CIA. Asimismo intentar seleccionar fotos que tendieran a ridiculizarlo.
La “vanguardia” también estaba movilizada en las calles. Cuando la Coordinadora intentó organizar un mitin en León pocos días después de la llegada de Cruz a Nicaragua, fue objeto de un ataque por turbas sandinistas. La policía (sandinista) llegó con calma, y se limitó a sacar al candidato y su grupo de correligionarios de la situación que les amenazaba. No detuvieron a nadie. Había más intentos de mítines. Cada uno fue impedido por las turbas. Años después, un estratega militar que asesoró a su vez a los sandinistas y a la contra durante los años ochenta, me relató que había ofrecido a Arturo Cruz una especie de retaguardia de unos 250 hombres bien entrenados que podrían estar presentes en sus mítines para impedir que las turbas fueran capaces de sembrar el miedo y el desorden. “Cruz no quiso hacerlo”, me dijo.
Parecía extraño que los sandinistas recurrieran a semejantes extremos para deshacer la candidatura de la Coordinadora, sobre todo porque pretendieron hacer creer que tenían un respaldo masivo del pueblo nicaragüense. Dejar proceder sin trabas a la campaña de Cruz les hubiera ganado respeto delante el mundo por actuar de una manera verdaderamente democrática. Tal vez, detrás de su autodenominada imagen de “vanguardia del pueblo”, quedaba una inseguridad fugaz. O puede haber sido el caso de que el riesgo de perder el poder, por pequeño que pudiera haber sido, pesaba más en el balance que su deseo de pasar por democráticos.
Solamente 20 años nos separan de aquella elección. Tal vez otorgamos una importancia no merecida a esas elecciones de 1984 cuando sugerimos que ofrecieron a los nicaragüenses la posibilidad de una salida cívica a la guerra que siguió por cinco años más, costando miles de vidas.
La Unión Soviética todavía existía. Había artillería antiaérea instalada en un campo de monte al lado de lo que hoy es la Catedral de Managua. Desde la Casa Blanca, el entonces Presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, fustigaba “el imperio de la maldad” al cual, según él, pertenecían los sandinistas. Por su parte, el himno sandinista trataba a los norteamericanos de “enemigos de la humanidad”, una referencia frecuentemente citada por congresistas Republicanos, quienes buscaban más apoyo militar para los alzados en armas contrarrevolucionarias.
Las elecciones de 1984 y la candidatura de Cruz que pudieran haber dado la legitimidad necesaria para poner fin a la guerra, de hecho fue un fracaso por la falta de confianza mínima entre los dos rivales. Ninguno había optado, realmente, por un compromiso de respetar el proceso democrático. Ninguno se engañó cuando el otro aclamaba su fe en la democracia; sabían que los dos estaban mintiendo descaradamente. La democracia todavía no cabía dentro de la cultura política nicaragüense.
Arturo Cruz hoy revela que fue reclutado de la forma más cínica, a presentarse como candidato sólo para retirarse después, como parte de un plan financiado por la CIA, con objeto de desprestigiar a las elecciones sandinistas. Los sandinistas, en fin, tuvieron razón cuando caracterizaban a Cruz de esa manera. Pero ellos no eran menos cínicos. Se puede caracterizar las elecciones de 1984 como una oportunidad trágicamente perdida, porque si hubieran logrado tener alguna legitimidad, es posible que un conflicto medido en sangre derramada pudiera haberse convertido en los inicios de una democracia, con debates parlamentarios reemplazando disparos.
Esta oportunidad llegó de manera más tajante cuando el ex Canciller de Alemania Occidental, Willy Brandt, quien gozaba de gran respeto internacional y también de credibilidad en los círculos sandinistas por su papel de presidente de la Internacional Socialista, mediaba unas negociaciones entre Bayardo Arce, por la parte sandinista, y Arturo Cruz. Cruz ahora dice que estaba dispuesto a aceptar un acuerdo para postergar las elecciones mientras se daban las condiciones reivindicadas por la Coordinadora: levantar la censura de los medios de comunicación, y asegurar que las reuniones políticas podían hacerse sin trabas. Pero sus jefes, los que lo reclutaron, no estaban de acuerdo, y él no logró convencerlos. De igual manera los sandinistas optaron por la vía militar.
En las preparaciones a las elecciones del 2 de noviembre se puede detectar señales de semejante cinismo e hipocresía. Pero, afortunadamente, ya no hay guerra civil en Nicaragua, ni tampoco guerra fría para alimentarla. Y esto permite que la democracia nicaragüense, aunque no es perfecta, haga sus pasos hacia adelante. Esto no es una cosa de poca importancia. Es un cambio revolucionario desde 1984.
El autor es periodista y escritor canadiense, fue corresponsal en Nicaragua en los años ochenta.