- Hace seis años, el paso del huracán por las tierras segovianas dejó un panorama sombrío, pero entre la desolación de cientos de damnificados, cundió la esperanza de vida y ahora edifican su futuro con trabajo, sacrificio, amor y solidaridad
Alina Lorío L.CORRESPONSAL / OCOTAL
Martha Angelina Gómez Ruiz, vivía hace un año en la comunidad de Aguanda, donde el huracán Mitch la dejó junto a sus 9 hijos a la intemperie. Otras mujeres como María Antonia Florián López y Carmen Lorena Florián Rosales, representan el testimonio vivo del desconsuelo que un día como hoy, hace seis años, ocasionó el devastador huracán, pero se aferraron a la vida y construir el futuro.
Con los damnificados del Mitch nació un nuevo asentamiento: San Pablo, en el municipio de Mosonte.
Mosonte, uno de los municipios más pobres del departamento de Nueva Segovia, está localizado a cinco kilómetros de la cabecera departamental, Ocotal y fue el testimonio fiel de la tragedia.
El 31 de octubre de 1998, miles de familias que han vivido en la pobreza extrema y sin las mínimas oportunidades de desarrollarse, quedaron tal como llegaron al mundo después del tormentoso paso del huracán Mitch.
¿Qué hacer?, fue la gran pregunta de líderes, autoridades municipales, organismos no gubernamentales e instituciones del Estado que, impotentes, miraban cómo miles de personas habían quedado en el desamparo y necesitaban al menos de una vivienda en un lugar seguro.
Inmediatamente después del huracán Mitch, el pueblo indígena de Mosonte empezó a suplicar ayuda a algunos organismos donantes.
Y en busca de levantarse de la nada, el paisaje semi árido de San Pablo cambió. El nuevo asentamiento se erigió exactamente en la meseta de San Pablo, cerca del poblado de Mosonte y a orillas de la carretera pavimentada que va de Ocotal a Jalapa.
Donde antes hubo monte y uno que otro animal silvestre, la comunidad edificó sus viviendas, 21 en total. Cada una de las familias beneficiarias, desde su comunidad “a veces sin comer un solo bocado”, recuerda la señora Martha Angelina Gómez Ruiz, viajaban diario para batir lodo, fabricar bloques de adobe, trasladar materiales, levantar paredes, limpiar el terreno, cercarlos, colocar el techo y las puertas… en fin todo.
Poco a poco el milagro del agua —traída desde los cerros por gravedad— y la luz llegó a cada una de las casas. La vegetación empezó a cambiar, del color amarillo seco de un sitio desértico al color verde de las abundantes plantas ornamentales y frutales.
El enfoque de género no se quedó en teoría, las mujeres son dueñas de la propiedad, ahora tienen sus ingresos que les genera la economía de patio y con eso ellas deciden cómo mejorar las condiciones de vida de su familia.
“AHORA VIVEN COMO LA GENTE”
Ellas coinciden en que “ahora viven como la gente” en una casa digna, dentro de un asentamiento con sus calles claramente trazadas, con andenes y encunetado, pero además todas tienen la posibilidad de producir sin salir del patio de su casa.
En el asentamiento, hasta 15 cultivos se acomodan en una parcela individual de unos 30 metros cuadrados que comprende el patio de las viviendas. Es impresionante encontrar los cultivos de chayotes, ayote, pipianes, caña, granadillas, maracuyá, papayas, aguacate, mangos, cítricos, coco, frijoles, maíz, zanahoria y hasta maní y uva. Pero además poseen crianza de gallinas y cerdos, donde los residuos, en algunos casos, son utilizados para un biodigestor que les proporciona gas permanente para cocinas de mesa.
Las emprendedoras mujeres son capacitadas constantemente y tiene al pie “Marcialito”, el técnico contratado por Ayuda en Acción, el principal organismo cooperante, que las asesora en producción de patio, uso de abono orgánico y manejo de suelo; así como a las promotoras de Ayuda en Acción que se han encargado de la capacitación en procesamiento de mermeladas, cajetas, jaleas y encurtidos.
La familias de San Pablo, ahora sueñan y tienen metas como la reforestación de la cuenca del río Quisulí, el sistema de riego con agua distribuida por fuerza de gravedad, construir una iglesia católica, un puesto policial, un mercado comunal donde comercializar sus productos, instalar una escuela de sastrería y continuar capacitándose para fomentar con mayor fuerza la economía de patio y la industria de salsa de tomate, encurtidos y mermeladas.
Doña Consuelo Rivera, presidenta de la Comunidad Indígena de Mosonte, acepta que para llegar a lo que hoy ha logrado, las familias de San Pablo tuvieron que pasar por “un proceso bastante difícil, que el Gobierno municipal solo o el Gobierno nacional no hubiese resuelto nunca”.
CÓMO NACIÓ SAN PABLO
Tras el desastre ocasionado por el huracán Mitch nace el proyecto de viviendas de San Pablo, en Mosonte, gracias a un asocio de organismos internacionales que juntaron fondos de la cooperación española y de las Nacionales Unidas.
Pero además “el asocio lindo con las potencialidades de la comunidad: es decir el Pueblo Indígena donando el terreno, la Alcaldía municipal como agente de desarrollo y el punto de partida vital que era la gente”, recuerda Haydée Castillo, directora de Ayuda en Acción.
La tragedia conllevó a pensar en proyectos integrales con seres humanos en condiciones de extrema pobreza que no se resolvían con construir cuatro paredes y que lo ideal era invertir en proyectos de desarrollo humano integral”, señala Castillo.
Según Castillo, debían contemplar lo que la gente necesitaba: “Un proceso de acompañamiento eficiente porque se trataba de personas que en la vida no habían tenido oportunidades para desarrollarse. Era necesario pensar como reconstruir una comunidad en el aspecto humano, emocional, económico y social”, manifiesta.
Ante cienes de personas que pedían vivienda, Ayuda en Acción realizó un diagnóstico. Se trataba de la necesidad de reasentarse en otro lugar, que no era el que les había dado el pueblo indígena, ni donde ellos originalmente vivían antes del huracán Mitch, sino a un nuevo lugar con condiciones no vulnerables a los desastres naturales.
Castillo refiere que tuvieron que enfrentar desde interrogantes como “pero díganos una cosa, nosotros vivimos de la carga de leña que sacamos al día; ahí no hay leña, ¿de qué vamos a vivir?, preguntaban los campesinos.
Además que pesaba, la duda de cómo iban a sobrevivir, los hombres refutaban que las viviendas estarían a nombre de las mujeres, ese era otro problema; luego los organismos donantes querían que el proyecto no fuese un regalo.
“Nuestro planteamiento es que hay que recuperar la dignidad y la dignidad no se recupera fomentando la cultura de la mendicidad, pero el dilema era cómo en medio de la sobrevivencia, ellos pudieran dedicar tiempo para trabajar en el proyecto”, sostuvo Castillo.
“No creían que podían tener derecho a una casita digna como la que tienen ahora, y que podían desarrollar otra actividad económica que no fuera depredar las montañas de Mosonte, era gente que había perdido la esperanza en el futuro”, reflexiona Castillo.
Al fin, esas situaciones fueron superadas. Las mujeres no podían trabajar en la construcción y finalmente batieron mezcla, hicieron bloques, aprendieron a manejar la máquina que desde México les llevó Naciones Unidas para fabricar los bloques.
LECCIONES APRENDIDAS DESPUÉS DEL MITCH
31 de octubre del 2004. Seis años después del Mitch, proyectos como San Pablo revelan que no hay nada imposible para los seres humanos y que por muy indigente que viva alguien, puede cambiar sus condiciones de vida siempre y cuando una entidad sirva de “pie de amigo” brindando oportunidades o condiciones mínimas para conducirlos al cambio.
Así lo manifestó la licenciada Castillo, coordinadora de un eficiente equipo de promotores y técnicos que fueron capaces de facilitarles el cambio a las familias de San Pablo.
Otra de las lecciones aprendidas es que nada se puede lograr solo, nadie puede ni debe andar por su lado y apoderarse del protagonismo, que realmente le corresponde a la comunidad, los sujetos del proyecto.
Ayuda en Acción por mucho que hubiese querido, de no ser por la complementación de capacidades con la Alcaldía, con el pueblo indígena que donó el terreno, por el apoyo de las Naciones Unidas y por Agencia Adventista para el Desarrollo (ADRA) que garantizó el proyecto de agua, no se hubiesen logrado los frutos que ahora disfrutan los pobladores de San Pablo.
Queda comprobado de que la gente no es pobre porque quiere y que no se trata de seguir haciendo proyectos: comida por trabajo “porque lo que hacemos es empobrecerlos mucho más y luego no hay tal, que los culpables de la pobreza son los fenómenos naturales”, reflexionó Castillo.
Consideró que los culpables de la pobreza son los que ostentan el poder; que los culpables de los niveles de vulnerabilidad que vive la gente son los modelos económicos que se implementan cuando no distribuyen la riqueza equitativamente.
Está comprobado que el huracán Mitch no hizo estragos donde la gente vivía en condiciones seguras, el Mitch se llevó viviendas y gente que vivía a orilla de las laderas y los ríos, hizo estragos donde la gente tenía casas vulnerables hechas de plástico y palos.
La lección es que los gobiernos deberían de preocuparse por darle más seguridad humana a la población, donde vivir en condiciones dignas y tener con qué generar los ingresos para vivir dignamente, es entonces que cuando vienen los fenómenos naturales los pobladores de cualquier sitio podrán estar capacitados para enfrentarlos.
Esta es una alerta para quienes definen las políticas económicas y sociales del país a ser más equitativos en la distribución de las riquezas. Estar claros que la gente es vulnerable porque las políticas económicas las hace vulnerable no porque la gente quiere. “Esa gente vivía ahí porque las zonas más productivas están en manos de unos cuantos”, opinó Castillo.
El planteamiento de la gestión de riesgo es que no hay que andar repartiendo comida y curas para paliar por un rato un sufrimiento, lo mejor es invertir en la gente para que sean independientes y autónomas que generen sus propios alimentos y construirse con sus propios esfuerzos, mejores condiciones de vida.
“AHORA PENSAMOS EN EL MAÑANA”
“Los procesos hay que desarrollarlos integralmente, crear elementos para el desarrollo humano, como esta gente que hoy tiene más autoestima, más poder, ahora podemos hablar, podemos expresarnos, ahora nos organizamos y ahora pensamos en mañana”, reflexionó a sus 54 años, la señora Martha Angelina Gómez Ruiz.