El miedo en la TV

José Adán [email protected] Ser vago tiene sus ventajas. Caminando por ahí, de aquí para allá, de allá para acá, uno escucha y ve de todo. Así, hoy se es testigo del choque de dos buses, mañana de una fenomenal faena de pesca de cangrejos en cuevas ocultas entre árboles húmedos y pasado mañana de un […]

José Adán [email protected]

Ser vago tiene sus ventajas. Caminando por ahí, de aquí para allá, de allá para acá, uno escucha y ve de todo. Así, hoy se es testigo del choque de dos buses, mañana de una fenomenal faena de pesca de cangrejos en cuevas ocultas entre árboles húmedos y pasado mañana de un improvisado baile nudista de una mujer sin juicio en plena calle, bajo el sol de injusticia que casi siempre nos calcina en esta Managua de calles infernales.

La vagancia también tiene sus riesgos, y más allá del perro que nos sigue ladrando o el borrachín que pide el peso para quitarse la terrible goma diaria, están los que no piden y por el contrario, con violencia, armas en mano y brutales golpes, quitan lo ajeno. A esos hay que temerles en las calles.

Pero ya no es necesario andar de vago para conocer la espantosa experiencia de ser asaltado. El Canal 8 de televisión, con sus cámaras que increíblemente están por todas partes para filmar la peor violencia imaginada, cambió un día de éstos su diaria dosis de sangre y pleitos de cuartería para trasladarnos al escenario del terror: los semáforos.

La cámara grabó varios asaltos a plena luz del día. Y se vio con nitidez cómo una mujer aterrorizada, luchaba desesperada por retener su cartera que desde afuera era jalada con violencia por un par de malandrines que sin ninguna piedad daban bofetadas y golpes en los brazos de la mujer, mientras el taxista, impávido del miedo, no reaccionaba.

En otro vídeo aparecen tres tipos que se apostaron a ambos lados del taxi: dos al lado de la ventana del pasajero para arrebatarle el reloj, y uno que se acercó al conductor para darle una andanada de golpes al rostro. Era de día y todos en la calle veían. Nadie se metió.

Por varios minutos se vieron los asaltos, la violencia de los malditos amantes de lo ajeno, y el terror de los inocentes que no saben cómo reaccionar ante el repentino asalto. Luego ellos se van con su botín, nosotros perdemos lo nuestro, y tras el período de miedo viene la implacable ola de impotencia y rabia que da el saberse agredido, el no haber podido reaccionar a tiempo, la cobardía que imperó.

En estos casos la violencia en el vídeo fue pareja: para el pasajero, el taxista y el televidente. Ver lo que la televisión presentó no pudo menos que recordar las desagradables experiencias que muchos, más que los de las estadísticas del país “más seguro de Centroamérica” indican, hemos vivido en esta capital.

Carteristas en los buses, asaltos en las calles, robos violentos en los taxis (a pasajeros y conductores), secuestros “express”, pandillas agresivas, huelepegas, limpia vidrios agresivos y los que piden un córdoba a todo el mundo so pena de castigo si no hay, son parte de las diarias experiencias que las estadísticas no reflejan, pero que la gente sabe que existen y que están ahí, en los semáforos, en las calles de tierra del barrio pobre, en los mercados, paradas de buses, en las rotondas y, lo que es peor, en nuestras propias casas, frente al plato de comida, junto a nuestra familia: en la televisión.

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