Paulino Martinica
Cuando asumió la Presidencia de la República, el ingeniero Enrique Bolaños Geyer definió su administración como el inicio de una Nueva Era para Nicaragua. En esencia eso significaba una transformación del país mediante la erradicación de todos los vicios políticos que han afectado el desarrollo socio-económico y ético-moral de la nación. El primer paso de esta proclamada Nueva Era debía darse inevitablemente en el combate a la corrupción generadora de todas las vicisitudes padecidas por la población y de manera más dramática en los estratos más vulnerables de nuestra sociedad.
Consciente de que su propósito requería la participación de todos los sectores, el Presidente se dispuso a dialogar sin exclusiones ni discriminaciones. De su disposición de dialogar con los nicaragüenses, el presidente Bolaños dejó constancia pública en su carta al pueblo, suscrita con su firma el 31 de marzo del 2003.
“Nicaragua, escribió el mandatario, necesita metas ambiciosas que requieren acciones ambiciosas. Mi visión es cambiar Nicaragua para bien, cambiar la cultura del asistencialismo por la cultura de la participación, y la cultura de la impostura por una cultura de la consulta. En la raíz de estos cambios está el establecimiento de una auténtica Democracia. Nuestros grandes males políticos derivan de un mal tradicional del cual todavía quedan tenebrosos resabios: el caudillismo que impone desde arriba lo que sólo es posible apalancar desde abajo… Nicaragüenses todos: quiero invitarlos a participar en la construcción de una agenda nacional, sin ningún tipo de distingos ni discriminaciones, dando puntos de vista para potenciar nuestro desarrollo. Quiero consultarles mis planes. Como dice el Libro de los Proverbios en las Sagradas Escrituras: “Donde no hay consultas, los planes fracasan”. Este patriótico llamamiento fue desoído y rechazado por algunos políticos cuya manera de pensar y de actuar se ha quedado rezagada en el pasado. Consecuentemente también han mantenido una sistemática oposición desde los poderes del Estado que controlan y se distribuyen a partes iguales. Desde la Asamblea Nacional hasta el Consejo Supremos Electoral, pasando por el Poder Judicial.
Mientras estos políticos, dependientes y practicantes del viejo estilo caudillesco han mantenido una cerrada oposición a la necesaria transformación del país, gobernantes del exterior y organismos donantes cuyo apoyo ha sido altamente beneficioso para el país, la han aplaudido y reconocido. La prueba más convincente de este reconocimiento es la condonación de más de seis mil millones de dólares de la deuda externa; que como una lápida de plomo ha venido pesando sobre la débil economía nacional. Deuda externa contraída por administraciones anteriores a la de don Enrique.
Los logros que bajo la política de la Nueva Era se han obtenido son evidentes, excepto para quienes no quieren verlos. La presentación de un Proyecto Nacional de Desarrollo es uno de esos logros y su ejecución ha sido confiada por el Presidente a funcionarios de reconocido prestigio profesional, técnicos alejados, alejados de la contaminante politiquería. Igualmente importante es el Plan de Desarrollo y Presupuesto aplicándose en departamentos y municipios del país.
La real existencia de un Estado de Derecho solamente es posible despolitizando la aplicación de la justicia. A este objetivo tiende el proyecto de carrera judicial enviado a la Asamblea. Nada justifica la alharaca con que han reaccionado algunos diputados. Lo mismo puede decirse de otros proyectos de ley que han sido prácticamente engavetados.
Antes de concluir quiero dejar claro que el ingeniero Enrique Bolaños, como Presidente de la República no necesita que lo defiendan, pues sus acciones de un legítimo estadista hablan por sí solas. Sólo invito a los analistas políticos a que aclaren a la opinión pública las realidades que se están viviendo en el país.
El autor es Viceministro del Trabajo.