Diálogo con la sociedad y con los políticos que quieran

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Diálogo con la sociedad y con los políticos que quieran





El presidente Enrique Bolaños presentó públicamente, el lunes de esta semana en la ciudad de Granada, una propuesta de siete puntos para el diálogo nacional (no reelección, elección uninominal de diputados, ley de carrera judicial, problemas de la educación nacional, participación de la sociedad en la selección de magistrados y otros altos cargos de elección indirecta, distribución del presupuesto con criterios de interés social), en la que no incluyó, y ni siquiera mencionó, la lucha contra la corrupción.

Podría ser que el presidente Bolaños omitiera deliberadamente el punto de la lucha contra la corrupción, en la propuesta para el diálogo nacional, a fin de no seguir incomodando a Daniel Ortega y Arnoldo Alemán y no darles más pretextos para negarse a participar en el diálogo. Pero la verdad es que ya anteriormente el presidente Bolaños había declarado concluida su lucha contra la corrupción, por la cual ha tenido que pagar un alto costo político y se le ha criticado de que supuestamente puso demasiado énfasis en ese asunto y descuidó la atención a otros problemas de mucho interés social y nacional.

Como sea, de todas maneras Daniel Ortega ripostó a la propuesta presidencial con una violenta diatriba personal contra el presidente Enrique Bolaños, siendo secundado por líderes del PLC que descalificaron el auspicio de la OEA al diálogo nacional, coincidiendo ambos partidos en que debe ser coordinado o moderado por el cardenal Miguel Obando.

Pero la actitud negativa de los políticos libero-sandinistas no debe ser motivo para renunciar a la iniciativa surgida de la misión extraordinaria de la OEA, de promover el diálogo nacional. Por el contrario, el lenguaje belicoso de Daniel Ortega y los líderes del PLC más bien confirma la necesidad de un acuerdo nacional que sirva para impulsar la renovación de las instituciones que fueron corrompidas por el pacto libero-sandinista.

En realidad, toda la experiencia internacional, incluyendo la de Nicaragua, demuestra que el diálogo es el medio más apropiado y menos costoso para encontrar soluciones a los problemas políticos y sociales, por muy grandes, graves y difíciles que sean o parezcan. Por supuesto que en los países más civilizados, donde funcionan las instituciones y los operadores políticos cometen errores pero generalmente actúan de buena fe y con respeto a la ley y al derecho ajeno, el diálogo es permanente y para dialogar no se necesitan convocatorias especiales, ni padrinazgos religiosos o laicos, nacionales ni extranjeros. En esos países el diálogo es institucional, se lleva a cabo en el Congreso, la Asamblea Nacional o como se llame la entidad parlamentaria, y sólo en circunstancias excepcionales se convocan y realizan las negociaciones en un escenario extraparlamentario.

Pero en Nicaragua todo el tiempo es excepcional, debido al aventurerismo, el autoritarismo y la corrupción de la clase política tradicional, incluyendo a la nueva “paralela histórica” que es el Frente Sandinista. Por eso es que aquí los diálogos se tienen que hacer fuera del foro parlamentario y casi siempre deben ser auspiciados por agentes externos, ya que de otra manera los políticos no pueden ponerse de acuerdo a menos que sea para repartirse el botín del Estado, como hicieron Arnoldo Alemán y Daniel Ortega con el pacto libero-sandinista de 1999.

Sin embargo, la negatividad de los políticos libero-sandinistas no debe impedir la celebración de un diálogo nacional para discutir las mejores formas posibles de resolver los problemas del país, fortalecer la institucionalidad democrática, transformar la cultura política e impulsar el desarrollo. En todo caso, la condición primordial de un diálogo democrático es que participe la sociedad, que los ciudadanos se involucren en la deliberación de la toma de decisiones en los asuntos que son de su propio interés. Y entre más personas y grupos sociales participan en la solución de los problemas nacionales, más fácil es perfeccionar el sistema y mantener la gobernabilidad.

El diálogo nacional podría o debería comenzar con los gremios y sectores de la sociedad, trabajando en acuerdos sustantivos y manteniendo abierta la puerta para que se incorporen los políticos libero-sandinistas cuando hayan calmado sus pasiones y vean que la ciudadanía está buscando y encontrando soluciones a pesar de ellos.

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