Charles Ripley
Nadie puede negar que el comercio libre con Estados Unidos tenga beneficios para América Latina, especialmente para Nicaragua. El país tiene una cornucopia de productos, tales como pescados y mariscos, carne y productos lácteos, que se pueden exportar al mercado más grande del mundo. Otros países productores, como Brasil con hierro y Argentina con cereal, pueden salir ganando. ¿Cuál es el problema?
Aunque presidente tras presidente glorifica el comercio libre, detrás de las palabras se oculta un proteccionismo para favorecer a los negocios estadounidenses. Nicaragua, por ejemplo, sería un perfecto exportador de camarones, a través del CAFTA, para Estados Unidos. Sin embargo, cuando se quejó el grupo poderoso de productores estadounidenses de camarones (The Southern Shrimp Alliance) de la competencia de importaciones, la Administración Bush aplicó aranceles enormes, algunos de 68 por ciento, en contra de países como Ecuador y Brasil. ¿Qué tipo de mensaje es ése?
El acero tuvo el mismo destino. Cuando Brasil y otros países como Corea del Sur exportaban acero, su ventaja comparativa, la Administración de Bush puso un arancel para proteger la industria del acero estadounidense. Esta industria se ubica en Pennsylvania, un estado muy importante en esta elección presidencial. El destino para productos agrícolas es peor. El Gobierno de Estados Unidos sugiere que América Latina cultive productos no tradicionales. En el caso de Nicaragua, pueden ser fresas o uvas. Irónicamente, tales productos enfrentan, en lugar de bienvenidas, aranceles y subsidios titánicos, lo que obstaculiza la entrada de importaciones y mina el ímpetu del comercio libre. Aunque el Gobierno ha prometido reducir los subsidios, han alcanzado la enorme suma de $22 mil millones, ¡la más grande en la historia de Estados Unidos! (No traten de exportar a la Unión Europea tampoco; los subsidios son mayores, consumiendo 45 por ciento del presupuesto anual).
Además, Estados Unidos tiene una historia larga de subsidios para la industria ganadera. Inclusive durante el gobierno de Ronald Reagan, el gran aficionado del mercado libre, hubo la intervención gubernamental. Jeremy Rifkin, el autor de Beyond beef: The rise and fall of the cattle culture, señala que, aunque en 1986 el Gobierno estimó que el costo de mantener una vaca fue entre $6.40 y $9.50 mensual, un ranchero sólo pagaba menos de $1.92 al mes debido a la ayuda gubernamental. Para un país pobre y pequeño, sería casi imposible competir.
Lo paradójico es que Estados Unidos lucha ruidosamente en contra de países que apoyan subsidios. Recientemente, Robert Zoellick, el representante de Comercio de Estados Unidos, hizo una queja formal a la Organización Mundial del Comercio sobre los subsidios europeos para Airbus. Airbus, un negocio europeo de aeronaves, recibe subsidios de países como Francia y Gran Bretaña y compite directamente con Boeing, un negocio estadounidense. En este caso, los subsidios son ilegales. Aparentemente los intereses gobiernan el comercio internacional, no la ideología del mercado libre. Cuando Bolaños, Lula, u otros líderes latinoamericanos negocian acuerdos, tienen que preocuparse de los hechos económicos.
El autor es profesor de idioma