Adolfo Bonilla
Hay quienes —ante las próximas elecciones municipales— están repitiendo la consigna de 1974 de “no hay por quién votar”, que es uno de los extremos de la situación, pero hay otros que aunque se postule a un caballo de candidato todos los seguidores del partido que el equino representa votan disciplinadamente por él, que es el otro extremo.
Por otra parte, los que están en el medio de los extremos —a la hora de la verdad— votan por miedo o votan sin un conocimiento objetivo de la realidad de un frágil proceso de transición hacia una auténtica democracia, porque está tan arraigado el caudillismo que se tilda de débil al Presidente que no gobierna con puño de hierro y al que no se salta las trancas legales o no compra a sus adversarios políticos.
En un Estado realmente democrático no sólo debe estar representado un sector de la población, sino la gama más amplia posible de los habitantes de la nación. Aquí se presenta ahora la gran oportunidad de dar el primer paso hacia el resquebrajamiento del enorme muro de contención de las más caras aspiraciones del pueblo, de liquidar el pacto bicéfalo, de entrar por fin a experimentar lo que es en verdad el ejercicio de un Estado realmente democrático.
Cuando los votantes acudan sin miedo a las urnas y emitan su voto racionalmente se estará por fin desquebrajando el esquema político actual montado por dos partidos y será mucho más fácil en la siguiente votación por la Presidencia de la República y las diputaciones (que deben realizarse uninominalmente) derribar la muralla que detiene el desarrollo de la democracia y la honestidad. La democracia funciona mejor cuando participan los ciudadanos con una representación más amplia y no cuando es una vanguardia “lúcida” o algún supuesto líder iluminado o predestinado que decide por sí y ante sí qué es lo que les conviene a todos los habitantes del país.
Definitivamente hay que terminar con el miedo, el cual lo promueven y lo disfrutan los que detentan el poder en beneficio de sí mismos y sus allegados. No importa que el voto quede repartido, lo que importa es votar con absoluta libertad conforme lo que dicte la conciencia y la inteligencia de cada quien. No hay que votar por el menos peor, sino por lo que cada uno cree que es lo mejor. No hay dónde perderse: votar de la misma manera que se ha hecho en veces anteriores es seguir alimentando los apetitos voraces de los caudillos y cúpulas de los “grandes partidos” desfasados en el tiempo.
Como dice “El Chele” Alberto Reyes (en otro contexto, pero válido también en éste): una definición de locura es seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. En otras palabras, unir votos alrededor de una sola opción es válido cuando ésta representara una solución verdaderamente esperanzadora, pero cuando ésta significa más de lo mismo se convierte en un acto de locura.
El autor fue sindicalista cristiano.