Ronald Hill Alvarez
El Editorial de LA PRENSA del sábado 16 de octubre resalta la celebración de la Semana del Comercio organizada por la Cámara de Comercio de Nicaragua (Caconic) y los esfuerzos que los comerciantes realizan por “dinamizar los negocios y procuran de esa manera el bien para todos los nicaragüenses, mientras otros individuos (contralores, diputados y magistrados arnoldistas y orteguistas) sabotean el desarrollo del país con sus políticas aventureras”. También se plantea que el nivel de desarrollo del comercio es un indicativo del nivel de pobreza o prosperidad de la gente y se dice claramente que las naciones más desarrolladas y ricas del mundo son las que tienen sólidas economías capitalistas, mercado libre, una dinámica actividad comercial e intenso consumismo de la población. Todo lo señalado en el Editorial de referencia es verdad, pero a medias.
En primer lugar es necesario aclarar que el consumo ha sido objeto de escasa atención en las diversas teorías del desarrollo, independientemente si ésta es socialista, liberal, conservadora, etc., debido que se limitan a considerarlo como una variable dependiente que sirve como indicador del desarrollo. Se plantea que al incrementarse el consumo se eleva el nivel de vida de las personas y de la sociedad, asumiendo que todo ello es un efecto del desarrollo económico y, por esa razón, se procede a comparar el nivel de desarrollo alcanzado por distintas sociedades conforme el acceso de su población al consumo de un determinado conjunto de bienes y servicios. El consumo se puede medir por la proporción de los ingresos que se gastan en bienes y servicios y en muchos casos se considera contrapuesto al desarrollo debido a que un mayor gasto en consumo implica un menor ahorro, inversión y acumulación, o bien se lo valora positivamente ya que el incremento del consumo incentiva la producción e impulsa el desarrollo. Estos dos aspectos son las dos caras de una misma moneda. Este planteamiento hace referencia principalmente al gasto debido a que el consumo no consiste en la adquisición de los bienes y servicios sino más bien en la utilización de ellos, es decir lo que se entiende como satisfacción de las necesidades mediante los productos generados por la economía.
El desarrollo económico es el despliegue y perfeccionamiento de toda la economía, incluyendo los procesos de producción, distribución y consumo, y es este último el más importante porque no tiene sentido producir y distribuir si no es para las personas y diferentes grupos humanos. Si se enfatiza solamente en la producción y la distribución descuidando el consumo no se puede hablar de desarrollo porque la producción y distribución son medios, instrumentos de la economía. Debido a esto las teorías del desarrollo llegan a privilegiar el objeto sobre el sujeto, a apreciar más las cosas que a las personas, a valorar los volúmenes de producción por encima de la satisfacción de las necesidades a que se destina lo que se produce y de allí surgen las reiteradas y cada vez más fuertes críticas al “consumismo” que significa consumo excesivo o demasiado refinado o sofisticado. La crítica al consumismo da una sensación de que el consumo se encuentra distorsionado, en algunas sociedades y por parte de algunos sectores sociales, y debido a eso no conduce a una adecuada satisfacción de las necesidades humanas, individuales, comunitarias y sociales. En otras palabras hay una situación de subdesarrollo del consumo, ya que ese proceso de consumo no cumple bien a nivel social sus objetivos racionales y que no está avanzando en la dirección de su perfeccionamiento y desarrollo.
Veamos las diferentes realidades que confirman una distorsión en el consumo. El Instituto Worldwatch de Estados Unidos de Norteamérica afirma que “el mundo consume productos y servicios a un ritmo insostenible, con resultados graves para el bienestar de los pueblos y el planeta”. La organización señala que, mientras que casi tres mil millones de personas sobreviven con menos de dos dólares diarios, más de mil 700 millones, o sea más del 25 por ciento de la población mundial, han adoptado un estilo de vida que en el pasado era exclusivo de los ricos. Sin embargo, este apetito consumidor no sólo está afectando a los más pobres, sino también a los sectores de mayores recursos, según los autores de El estado del mundo en 2004. “Los mayores índices de obesidad y deuda personal, la escasez crónica de tiempo y la degradación ambiental son síntomas de un consumo excesivo que reduce la calidad de vida de muchas personas”, advierten.
De continuar ese gran consumismo, ese apetito depredador, se destruirán los sistemas naturales de los que todos en este planeta dependemos y será mucho más difícil que los pueblos como el nuestro puedan satisfacer sus necesidades y alcanzar una vida digna. Es necesario y urgente considerar el consumo como parte de una estrategia de desarrollo y es allí donde los funcionarios públicos, del Ejecutivo y la Asamblea Nacional, deben focalizar su trabajo.
El autor es zootecnista/ Nueva Guinea, RAAS.