La bandida

Uriel Cuadra Argüello

Eran los años cincuenta, y en el DF de México existía la música por todos lados desde el Popocatepetl y el Istocihuctl, hasta los extremos de la ciudad, el clarín del mariachi con sus acordes notas y altos decibeles se escuchaba, devolviéndoles nuevas notas y rancheras los conjuntos del Tenampa, que en la plaza de Garibaldi brindan alegría y sana diversión. El Son de la negra era el impulso como la primera canción que deberían tocar cada conjunto de mariachis al empezar el deleite con sus alegres melodías. Así se rompían los aires musicales en aquel tiempo, creando esta bella y bulliciosa capital que tenía tres millones de habitantes.

Como una pila con el chorro abierto se fue llenando de habitantes, y en la actualidad, 2004, cuenta con más de 20 millones, no viviría.

Volviendo atrás en el tiempo, había cantidad de lugares donde el aire estaba impregnado de música, ya que ésta es la tarjeta de presentación del mexicano. No había tanto peligro en el salir de noche, y los lugares casi prohibidos a la partida del sol, eran la Lagunilla y Tepito. Ahí se la jugaba aquel valiente o imprudente que pretendía acudir a ver a las estrellas, si lo hacía era casi seguro que regresara pesando menos, o se quedara acostado en alguna acera, o la famosa cruz roja lo llevara sin atropellarlo, lleno de vendas y esparadrapos después estaba es su casa. Esto era un éxito, ya que aún respiraba.

Otro lugar de mariachis era Bajo el Cielo de Jalisco, clarines, trompetas, guitarras y tololoche hacían vibrar sus notas entonando Hay Jalisco no te rajes, luego de escuchar el grito ensordecedor de alguien entusiasmado que teniendo “buenos llantos de maguey” (tequila) entre pecho y espalda, se sentía curado del catarro.

Así transcurría el tiempo. Como un sol que deslumbraba estaba la famosa casa de la “Bandida”, lugar de citas con nenas amorosas siempre y cuando la cartera estuviera llena de papeles de banco. Bien pintarrajeadas, vestidos apretados mostrando la silueta que venía desde los tiempos del Edén, mostraban a sus clientes “las manzanas” para que acudieran al árbol prohibido. Su dueña; doña Graciela Olmos, se paseaba pavoneando por el salón, pelo gris de canas elegantes que seguramente recordaban una juventud tormentosa y cubierta por un mantón de manila, iba de mesa en mesa: “Buenas noches distinguido joven, cómo los están atendiendo, ¿Se sienten a gusto?” Pasando a la siguiente. Dicen que fue la autora de la canción la Enramada y el corrido Siete leguas.

Una de sus nenas le dijo un día; “Señora, voy a tener un hijo”, a lo que le contestó: “tanto tiempo de ser duquesa y no has aprendido a mover el abanico”. Tenía buen corazón, se quitó un brazalete de oro y se lo dio. Luego le dijo: “Tenlo, cuidado y no lo abandones”. Es posible que aquí haya influido algo de su pasado. Ella se refería al niño. Una hermosa mujer me dijo: “Yo fui amiga de la ‘Bandida’ y mi rápida suposición fue que a lo mejor había formado parte del batallón de fuerza corporal”.

Otra casa de competencia de igual reputación fue la “Casa de la Muñeca”, era otra fabrica de bellezas, siempre y cuando existiera juventud, pues ésta una vez que se va es como la pelota del beisbol, cuando se pega un palo de cuatro esquinas (homerun) se va, se va y se fue.

El autor es escritor granadino.

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