Izquierda del color del dinero

Mauricio R. Peralta

En Europa los estados Bálticos de Estonia, Letonia y Lituania, junto a las naciones de Europa Central: República Checa, Eslovaquia, Hungría y Eslovenia, así como las islas mediterráneas de Malta y de Chipre, han optado por cambiar sus regímenes económicos caracterizados, en la mayoría de los casos, por políticas de corte marxista-leninista, a regímenes más liberales, en donde las reglas del libre mercado imperan en casi todos los sectores productivos, exceptuando aún casos, como las subvenciones al agro. Han cambiado el color rojo, por el color del Euro.

En China Continental no han tenido que saltar al mismo tiempo para poner a temblar al mundo entero, sencillamente se han puesto a trabajar al unísono, siguiendo y respetando las reglas del libre mercado, exceptuando, entre otros temas, el de la propiedad intelectual, motivo por el cual han sido en varias ocasiones amonestados por sus socios comerciales.

En el año 2000 su crecimiento económico bordeó el ocho por ciento, el desempleo se situó en un 3.1 por ciento, el número de trabajadores activos ascendió a 771.5 millones de habitantes, la inversión extranjera directa alcanzó los 40 mil 700 millones de dólares y su inflación fue del 0.4 por ciento. En el 2004, para el bienestar de algunos y para preocupación de otros, su demanda por petróleo ha crecido en un 47 por ciento, con respecto al año pasado y su aumento en la demanda de productos primarios han elevado los precios a nivel mundial de muchas materias primas. Han cambiado el color rojo por el color del Yuang.

La izquierda latinoamericana no escapa a este cambio de colores que de facto, se ha experimentado en otras latitudes. Son múltiples las críticas que el presidente Uribe de Colombia ha esgrimido en lo que él llama la narco-guerrilla, en ese país. Y es que “Tiro Fijo” ha tenido la mira fija, desde hace ya algún tiempo, no en el enemigo “imperialista del norte”, sino en su moneda, el dólar. Han cambiado el color rojo por el color del dólar

En Nicaragua es de todos conocidos que la clase revolucionaria dirigente de los movimientos sociales vividos por nuestro país en los años ochenta pasaron, en su gran mayoría, de empuñar el fusil a dirigir consorcios empresariales en casi todos los sectores económicos de nuestro país. No es difícil identificar el color rojo y negro del Frente Sandinista, tras el color verde, del dólar, norteamericano, en los sectores primario, secundario y terciario de Nicaragua. Es por esto que la izquierda rojinegra nicaragüense, no es ni blanca ni rosado chicha. Es verde, verde como el billete de los “enemigos de la humanidad”. Han cambiado el rojo y negro por el color del “Tío Sam”.

Humberto Ortega y su hermano Daniel han buscado en estos últimos 25 años el mismo bienestar económico y el mismo poder político. Cada uno con su peculiar estilo. Uno se conduce en carros de lujo, con chofer, el otro, maneja sus ya tradicionales jeep, de colores militares, dejando en su cochera, la camioneta Mercedes Benz, para los mandados de la casa. A uno se le puede ver en sitios frecuentados por la gente “nice” de Nicaragua, al otro, por los aún polvorientos barrios capitalinos, codo a codo, con las bases populares.

Uno se reúne con empresarios de derecha, centro e izquierda, pensando siempre en donde invertir, el otro hace largos planes de diálogo nacional con los sectores representativos de nuestro país. Uno hace apariciones sorpresivas y da declaraciones que calientan aún más el ya complejo ambiente político nacional, el otro aparece de manera reiterada en el “reggaeton político” del programa de televisión, La Cámara Matizona.

En lo que se diferencian es en sus estrategias de marketing político, pero el producto que nos ofrecen es el mismo. Es la hipocresía o la aceptación de este cambio de combatiente a empresario lo que hoy separa a nuestros líderes revolucionarios.

Está el que disimula poco y se comporta como un empresario más del país: el carismático Humberto y está el que ataca al sistema capitalista en público y que disfruta de sus mieles, en privado: el carismático Daniel.

Es hora, “compañeros revolucionarios”, de que se sinceren con ustedes mismos, ya que no existe peor mensaje político que el mensaje poco claro, ambivalente y de doble moral.

El autor es economista y catedrático en la Universidad Tomas Moro

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