Ricardo Medina Macías© www.aipenet.com
Ciudad de México (AIPE)- Mientras para las mayorías manipuladas el populismo puede ser el “clavo ardiendo” al cual aferrarse, para unas cuantas élites —clérigos, negociantes beneficiados por el mercantilismo, intelectuales ávidos de prebendas y subsidios—, el populismo resulta buen negocio.
Imaginar que Hugo Chávez en Venezuela o Néstor Kirchner en Argentina han unificado en su contra a los empresarios y a los intelectuales es un gran error. Por el contrario, algunas de esas élites han sido y son todavía importantes apoyos para el nuevo populismo.
Desde un punto de vista estrictamente racional habría que juzgar que este apoyo —directo o indirecto— al populismo es simplemente suicida y producto de la ignorancia y de la irresponsabilidad.
Sin embargo, la aparente contradicción se disipa al considerar los beneficios que a esos grupos les reporta —o les reportaría— una restauración del populismo en sus respectivos países.
Dicho sea de paso, también es un error considerar que el populismo (por muy satanizado que sea en los discursos) “es historia pasada” en Hispanoamérica. Se trata de una corriente política viva y fuerte que nunca ha dejado de estar presente —así sea con expresiones aisladas— en las políticas públicas, aún en algunas de las políticas públicas de los gobiernos tildados de neoliberales o tecnócratas.
Por una parte, debe recordarse que algunas de las grandes fortunas de empresarios “nacionalistas” en esos países se forjaron gracias a políticas mercantilistas: proteccionismo comercial, rescates de empresas privadas en quiebra en nombre de la preservación del empleo, regulaciones que imponen costos prohibitivos de entrada al mercado para aquéllos que no son parte del arreglo mercantilista (pacto, alianza, corporación bendecida con el reconocimiento oficial), subsidios fiscales a través de regímenes tributarios excepcionales o de créditos blandos otorgados por bancos del Gobierno y una cauda de presuntas “correcciones” al mercado libre que permiten generar rentas extraordinarias para los grupos afines al Gobierno.
Por otra parte, aún cuando beneficien a unos cuantos adinerados negociantes, estas políticas gozan de buena prensa en los medios que suelen llamarse progresistas o de izquierda, alrededor de los cuales suelen agruparse los “intelectuales públicos titulados” así como buena parte de los sacerdotes y obispos inficionados de marxismo recalentado a través de las formulaciones de la teología de la liberación.
Dicho sea en forma coloquial, al escritor o al clérigo de “atinada izquierda” poco le molesta que el empresario Fulano se enriquezca con los excedentes de los que se despoja a los consumidores porque se trata de políticas “nacionalistas” o soberanas y porque el esquema también permite tratos deferentes para algunas jerarquías eclesiásticas y generosos subsidios para artistas e intelectuales alineados con el sistema.
El hecho de que esta película ya la hayamos visto muchas veces en Hispanoamérica —con sus trágicos desenlaces— no evita que siga gustando. Además de los “intereses especiales” de unos y otros grupos, la restauración populista recibe una gran ayuda de la desmemoria.
“La novedad —le decía su modista a María Antonieta— es que la gente ha tenido tiempo para olvidar”.
El autor es analista político mexicano.