Lo asesinaron muy tarde

Humberto Belli Pereira

El miércoles 6 de octubre, un bebé de aproximadamente nueve meses apareció sin vida cerca de la carretera vieja a León. Tenía dos fracturas en el cráneo y golpes en todo el cuerpo. El viernes siguiente se leyó en LA PRENSA cómo su padre, Daniel Navarrete, había confesado “en completa calma” que él había matado a la criatura ahorcándola. Lo hizo para “evitarle sufrimientos.”

Hechos como este producen horror y dolor. La agresión y el dolor causados a cualquier ser humano causan normalmente repulsa. Pero nada se compara a los sentimientos que producen estos actos cuando la víctima es un niño. La agresión contra un niño recién nacido nos choca más que la efectuada contra un adulto de treinta.

Esto es así porque en nuestra naturaleza humana tenemos arraigado un afecto preferencial hacia lo más débil e inocente. La razón y el corazón nos muestran que la agresión más cobarde y odiosa es la infligida a quienes no tienen ninguna posibilidad de defenderse, y a quienes son totalmente inocentes. Por eso se ha dicho muchas veces que el termómetro que mide el grado de sensibilidad humana de una sociedad es la forma en que trata a sus niños.

Dentro de los ciclos de la vida humana hay, sin embargo, una etapa aún más vulnerable, indefensa e inocente que la infancia. Es el período en que el niño(a) madura y crece en el seno de su madre. El bebé que vemos llorando a la hora del parto tenía meses de estarse gestando en silencio. No emergió de pronto de la nada.

Ya existía, con sus mismos órganos y características, pero envuelto en un medio más protector, debido precisamente a su mayor vulnerabilidad. Y no sólo se movía y se chupaba el dedo sino que ya sentía y reaccionaba ante ruidos, estímulos externos y ante los estados emocionales de su madre.

La extraordinaria conversión del doctor Bernard Nathanson, quien tras ser uno de los principales aban-derados del aborto en los Estados Unidos, se volvió en uno de los más ardientes defensores del derecho a la vida, se debió precisamente al haber presenciado en las imágenes de ultra-sonido en bebés-fetos que están siendo abortados, cómo las piernitas de éstos patean y se encogen dramáticamente ante las tenazas quirúrgicas que comienzan a mutilarlas, y cómo se puede apreciar que la boca del niño esta emitiendo un grito silencioso. El doctor Nathanson produjo precisamente un documental con dicho nombre que ha contribuido a cambiar la percepción sobre el aborto en millones de personas.

Coincidente con el testimonio de Nathanson es el relato que tuve la oportunidad de escuchar en Honduras, en boca de una joven norteamericana de nombre Sarah, sobreviviente de un aborto sólo porque el cirujano que extrajo en pedazos a su hermano gemelo, pensó que ya no quedaba nada más. Sarah, que nació con graves lesiones en una pierna y en la pelvis, productos del procedimiento, supo la historia cuando su madre se la contó quince años más tarde. Entonces ella entendió porqué, desde su infancia, sufría de pesadillas recurrentes en que veía a un asesino inmenso que entraba en su alcoba matando a alguien que estaba a su lado y salpicándola de sangre.

Espero que en fecha no lejana Sarah, quien viaja con su madre, venga a Nicaragua a compartirnos su impresionante historia. Al verla de pie, contando su historia, uno se da cuenta más fácilmente que los fetos no son “tejidos” o pedazos de carne, sino seres vivos, palpitantes y sensibles, destinados para la vida.

Está bien que nos produzca horror e indignación el crimen perpetrado por Daniel Navarrete. Pero no olvidemos que cada vez que se comete un aborto algo muy parecido ocurre. A un ser vivo, con unos meses y libras menos que el bebé que él mató, pero igualmente inocente y totalmente indefenso, se le priva de la vida en forma brutal y en forma sangrienta. Tratar de despenalizar a quienes comenten estos crímenes, es

equivalente a decir que se debe indultar a Daniel Navarrete. O decirle que esperó demasiado tiempo: que no le debía haber fracturado el cráneo a su niño a los nueve meses, sino algunas semanas antes que naciera. Suena brutal. Pero es así.

El autor es rector de Ave María College of the Americas.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí