¿Quién toma en serio a Nicaragua?

Álvaro Cruz [email protected]

Imagine usted un país donde el principal líder de la oposición es un ex Presidente que dirigió una caótica gestión que llevó a su nación a la guerra y causó una debacle económica sin precedentes, que culminó su gobierno con el reparto descarado de los bienes públicos y para colmo, su hijastra le acusó de haber abusado sexualmente de ella cuando era una niña.

Este líder opositor se alió con su archienemigo para repartirse el Poder Judicial y el Poder Electoral, en el afán extremo de taparse cada uno sus cochinadas.

El archienemigo, un líder político que llega a ser Presidente gracias a su buen paso por la Alcaldía capitalina y a un estilo campechano que le hizo ganar popularidad, termina en el poder repartiéndose también los bienes públicos y al final de su mandato termina preso por corrupto.

El Presidente que sigue emprende una cruzada contra la corrupción, mientras el país se queda congelado viendo las luchas políticas de siempre. Muy poco se hace en términos prácticos, pero su antecesor termina encarcelado.

Es el mismo país donde la Corte Suprema de Justicia devuelve bancos quebrados y obliga a sus ciudadanos a pagar por sus malas administraciones. Porque no es el Estado el que tiene que pagar, sino los ciudadanos con sus impuestos.

Es el mismo país donde los aliados de hoy son los enemigos de ayer o de mañana, o viceversa, o qué importa. Da igual. Nada es estable, nada es duradero.

Y viene decepción tras decepción y bendiciones y maldiciones. Y eso mismo provoca que luego se hable de “lucha sin cuartel” para sacar al Presidente del Gobierno, sin pensar en nada más que en su cochina cuota de poder. Y en eso, los primeros y los segundos se unen. Dios los cría y el diablo los junta.

En el país de los lagos y volcanes, la fragilidad de la tierra y la pobreza de nuestra gente no tienen prioridad. No hay planes de futuro y sólo se ha institucionalizado la intriga y la conspiración como medio para alcanzar el poder.

Los políticos nicaragüenses hacen palidecer a Maquiavelo, porque aprendieron el peor de los oficios: el serrucho es su bandera, sin importar sus consecuencias sobre nuestro sufrido pueblo.

Y no sirven compromisos, ni protocolos ni pactos si no hay voluntad real. Al final, a uno como ciudadano sólo le queda el oscuro deseo de poner a todos los actores políticos en un barco y hundirlo en el fondo del mar como preludio de la solución de nuestros problemas.

¿Quién puede tomarse en serio a un país así? En los círculos de poder de Washington, Tokio, Madrid o Bruselas, los grandes especialistas de gobiernos y organismos internacionales no terminan de entender este laberinto de conspiraciones que proceden de hombres con los más oscuros antecedentes.

Y en Centroamérica, los gobiernos se preguntan, ¿hasta cuándo habrá estabilidad en Nicaragua? ¿Cuándo pensarán sus políticos en su pueblo?

¿Quién toma en serio a Nicaragua? Sólo los estómagos vacíos y los rostros tristes de los que no ven el sol claro.

El autor es periodista nicaragüense, Jefe de Redacción de El Diario de Hoy de El Salvador.

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