Joaquín Absalón Pastora
Se esparce otra vez la discusión, vuelve otro 12 de octubre. Se plantea si fuimos redimidos por la opresión foránea o sólo contar con la espada de los reyes mutiló la originalidad de nuestra cultura.
El 12 de octubre de 1492 el navegante Cristóbal Colón acabó con la incertidumbre de definir la forma de la Tierra. No sólo descubrió América (América no fue descubierta), sino que hizo algo más: saquear al Nuevo Mundo. Los “derechos humanos” de las gentes nativas no contaban para nada.
Carlos Fuentes nos habla con detalles extraídos de fuentes antiguas, sobre la equivocación de Colón. “Creyó haber llegado al Asia. Su deseo era alcanzar las fabulosas tierras de Cipango (Japón) y Catay (China). Sin embargo, por ser redonda la Tierra se podía llegar al oriente navegando hacia el occidente”.
El “descubrimiento” permitió lanzar “a los indios salvajes” juntados por el vigor brutal de las cadenas. No pocos historiadores sostienen que el propio Colón admiraba —y lo reiteraba— la mansedumbre de los conquistados. Pero reconocido ese mérito, la justa disposición de tratarlos como seres humanos sufrió dislocación. Todavía después de los siglos transcurridos se siente el resentimiento en América.
Montesino decía desde el púlpito: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?”
El invasor del sosiego ofrece siempre una larga lista de bondades heredadas: la lengua y la religión. Pero esa numeración no justifica la forma en que fue desarraigada aquella inocente humanidad.
Debemos lamentar el sufrimiento ocasionado por la conquista. Mestizos, al fin, cultivados por un legado incomparable como lo es el de la preciosa lengua cotidianamente usada en los parámetros de la extroversión, reconocemos el conocimiento de una nueva cultura fundida con la primigenia, simbiosis proclive a ser enriquecida cada vez que aparece un nuevo astro en el firmamento de la civilización moderna compartida.
“Ahora somos nosotros los que venimos”, le dije personalmente al joven heredero de la corona española al celebrarse un congreso internacional del periodismo. Nosotros venimos haciendo uso de todos los instrumentos de la paz.
¿Y ustedes cómo llegaron? En el cómo, en la forma puede sostenerse el cuestionamiento extensivo a la conducta de otros dominios. Los anglosajones tampoco ocultaron el acento mortífero, monstruoso de la violencia. Entre los dos vituperables procedimientos, mejor el cálido timbre hispanohablante, preferible la siesta de Andalucía, con todo y la paradoja de haberse revertido “la monarquía universal en un imperio reaccionario”.
Anotadas las complejidades de un tema en constante polémica, vive y vibra la tradición cultural indígena. Ella está presente. Promueve el ánimo de sentirnos solidarios alentados principalmente por la tonalidad india persistente en la circulación de la sangre combinada.
La solidez creativa del indio no permitió la aniquilación de huellas preciosas, más resistentes en cuanto más tenaz es la condena del tiempo. En el debate entre la calidad y la temporalidad, la primera no podría sentirse derrotada.
Las huellas muestran el temple de nuestro Quetzalcóatl (la serpiente emplumada) quien es para nosotros según un analista de la raíz “lo que Ulises y Prometeo son para Occidente”.
Somos producto del individualismo ibérico, del capricho sostenido, y afirmarlo quizá con premisa ambivalente está lejos de darle significado al lamento tardío. Empero, esa realidad no ha sido negada por nadie. El conquistador se salió con la suya, aunque Hernán Cortés se haya metido a Honduras. Aunque Caupolicán haya dicho al morir: “Quisiera haber sido yo quien invadió y conquistó España”, esa España inventora de la “guerra de guerrillas” que también tuvo su poema épico, su Cid (mi señor en árabe). Léase “el poema del Mio Cid”.
“Los conquistadores del Nuevo Mundo hicieron lo mismo en su propio tiempo. Cortés en México o Bolívar en Venezuela. El Cid “oportunista, religioso y errante”.
¿Cómo está América? Desde México con su revolución, hasta nuestros días, resulta ideal su arquitectura política. Si antes España era la potencia que la dominaba, ahora ese escenario desapareció para dar lugar a otro: una fuerza única en el mundo, sin competencia de ninguna naturaleza. Arturo Uslar Pietri sugiere “repensar las otra América”. Y eso porque emergen “viejas rivalidades culturales”. Debemos seguirla imaginando. Descubiertas, encontrada o inventada.
El autor es periodista