Jorge A. Huete-Pérez
La manipulación de las ciencias para satisfacer objetivos políticos e ideológicos ha sido una forma perversa y cínica utilizada frecuentemente por tiranos de la talla de Stalin y Hitler. Este último sometió la genética al servicio del genocidio.
Científicos de todas partes han tenido que luchar contra este mal manejo de la ciencia desde fechas remotas. Un ejemplo de sobra documentado es el del dominio oscurantista en la época medieval que condenó al atraso a la ciencia occidental. Pero quizás el ejemplo que nos viene a la mente de modo espontáneo es el de Trofim Lisenko (1898-1976) en la antigua Unión Soviética.
Este agrónomo ucraniano menospreciaba la genética por ser una ciencia “burguesa” y por justificar las diferencias de clases. La biología “proletaria”, en cambio, destacaría la importancia fundamental del medio para los cambios de las especies. Cualquier organismo podría ser “enseñado” a readecuar su estructura y superarse.
Lisenko defendía que en la variación de las especies lo fundamental era la adquisición de nuevos caracteres por la influencia del ambiente. Según esta teoría, las plantas y sus características genéticas podrían ser rápidamente “entrenadas” para satisfacer los intereses de la agricultura. En un experimento de consecuencias desastrosas se sembraron enormes plantaciones de cereales en estepas siberianas confiando en que éstas adquiriesen inmediata resistencia al frío.
Bajo la tutela de Stalin, el ascenso de Lisenko en la Academia de Ciencias y el Comité Central conllevó no sólo al atraso de la agricultura soviética, cuyos fracasos tendrían que ser expiados posteriormente por dos o tres generaciones, sino también a la persecución de mentes brillantes. Nikolai Vavilov, padre de la genética rusa, fue desterrado a Siberia hasta su muerte, mientras Zhores Medvedev, gran bioquímico ucraniano, pasó muchos años recluido en un hospital por sufrir de una supuesta y dudosa esquizofrenia.
Con estos ejemplos de oscurantismo del pasado, los gobernantes deberían de tener claro que la manipulación ideológica de la ciencia sólo conduce a situaciones lamentables y desastrosas. Sin embargo, hay que reconocer que aún en nuestros tiempos, mucho tiempo después del fracaso de Lisenko, se siguen experimentando situaciones similares en las que se manipulan los hallazgos científicos.
En días recientes, más de cinco mil científicos norteamericanos, incluyendo a 48 recipientes del premio Nobel, han denunciado a la administración actual por “distorsionar sistemáticamente” los hechos científicos al servicio de sus objetivos políticos y de censurar estudios sobre el cambio climático. También se ha acusado al gobierno de separar a prominentes científicos de los comités nacionales de asesoramiento sustituyéndolos por otros de reconocida línea conservadora.
Este conflicto de los hombres de ciencia con el gobierno se ha centrado en diversos temas que van desde las políticas sobre la investigación biomédica hasta el asunto de las armas nucleares y el medio ambiente. El tema ambiental ha colocado a Estados Unidos en contradicción con la comunidad internacional. Mientras el consenso científico anuncia los devastadores efectos del calentamiento global, el Gobierno estadounidense minimiza el asunto y se niega a ratificar el Protocolo de Kioto.
Inevitablemente, el tema de la ciencia y su uso inapropiado han vuelto al tapete al aproximarse las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Un número especial de la prestigiosa revista científica Nature destaca las posiciones de los candidatos respecto a políticas científicas. El candidato demócrata se comprometió a reducir las emisiones de gases que producen efecto invernadero.
Cualesquiera que sean los resultados de las elecciones, la comunidad científica tendrá que continuar luchando para que no se reduzca la ciencia a satisfacer fines ideológicos y para que las valoraciones científicas sean tomadas en cuenta en las políticas gubernamentales. A diferencia de las ambiciones políticas, la verdad científica nunca se alcanza mediante votaciones. Sólo se llega a esta verdad profundizando en el conocimiento crítico de la realidad.
En el trasfondo político actual de cada vez mayores crisis militares y conflictos étnicos y culturales, aunados al deterioro ambiental, no se puede salir adelante si se ignora o minimiza la ciencia. Deberíamos tener aquí muy presente la tragicomedia del caso Lisenko en el que los intereses ideológicos desplazaron de tajo al método científico.
Dejando de un lado lo anecdótico, el caso Lisenko pone de manifiesto que no se debe permitir que la ciencia se ponga al servicio de la política y que la ciencia únicamente tiene que ver con la verdad y no con las ideologías. No vaya a ser que uno de estos días encontremos nuevamente a un Lisenko sosteniendo las riendas del poder.
El autor es doctor en Biología Molecular