Carlos R. Monjarrez*
En un mágico momento, el espíritu de las mujeres nicas maltratadas, abusadas, golpeadas, violadas, olvidadas, menospreciadas, que en silencio soportan las vejaciones de los “matadores”, se apoderó en el Madison Square Garden del cuerpo y alma de Tito Trinidad.
Nadie supo cómo fue. Lo cierto es que súbitamente se abrió un huequito en la mollera del boricua y por ahí penetraron lágrimas, sollozos, sangre, siglos de sumisión, golpes, patadas, escupitajos, desprecio, dolor en su superlativa expresión. También entró en el torrente sanguíneo del gladiador isleño, todo el valor, fuerza, dignidad, tenacidad, coraje y vergüenza inherente a nuestras hembras.
Fluyendo por sus venas y explotando en los puños de Tito Trinidad, el dolor acumulado se tradujo en ira redentora. Una y otra vez el “matador” fue flagelado, demolido, triturado. La furia de la María, de la Teresa, la Francisca y la Lencha, las lágrimas silenciosas de tantas mujeres sufridas, mutaron en látigo justiciero que implacablemente infringió sagrada venganza, en proyectiles de fuego que derritieron el alma miserable del abusador.
Y así, poseídos por la Cegua justiciera, los puños de Tito esculpieron en el rostro del abuso, la lapidaria frase que Hamurabi esbozara siglos atrás: “Ojo por ojo y diente por diente”. Se hizo justicia.
* Miami, Florida