Perogrulladas políticas

Edmundo Dávila Castellón*

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Perogrulladas políticas


Edmundo Dávila Castellón*




Hay algunas verdades demasiado evidentes que se llaman “verdades de Perogrullo”, siendo éste un personaje legendario que se caracterizaba por expresar aquéllo que “por sabido se calla”. Las siguientes reflexiones, a juicio del autor pudieran ser perogrulladas en un país avanzado, pero no en Nicaragua, donde aún tenemos mucho que aprender.

El llamado bien común. El gran filósofo y moralista chino Confucio (551-479 a.d. J.C.) preconizó hace 25 siglos la idea de que la misión primordial de los gobernantes era la búsqueda del bien común. Sin embargo y a pesar del tiempo transcurrido desde Confucio, resulta ahora difícil apreciar claramente los efectos favorables de ese “bien común” que pregonan demagógicamente algunos políticos actuales.

Los serios e ingentes problemas socioeconómicos (consecuencia directa de la insania política) que se viven en nuestro país: la pobreza, el desempleo, el atraso generalizado, el odioso privilegio de las élites dominantes en grave detrimento de los de abajo, ponen en tela de juicio la cacareada buena intención política de sacrificarse en aras del beneficio colectivo de los gobernados. Sin embargo, es muy notorio y significativo que los que gobiernan se encuentran siempre bien, ¡magníficamente bien!

El continuismo de la negatividad. Cuando continúan imperantes los mismos antivalores y elementos perjudiciales de un país a través de sucesivos gobiernos, los efectos negativos y contraproducentes no se hacen esperar; tienden a acumularse, a agravarse cada día más, creando situaciones difíciles e incontrolables. Es obvio que en algún momento se requieren nuevos prospectos políticos y un cambio radical de inveteradas figuras hegemónicas, que se oponen a darle paso a la juventud “preparada”, la cual en forma espontánea y natural, debería surgir y destacarse en el momento oportuno, cuando la patria lo exija.

Patología de la política. Las pasiones y antagonismos políticos, la envidia, la codicia, el egoísta y enfermizo deseo de gobernar en provecho propio o partidario, perturbando la bienandanza y los intereses del pueblo, origina el conflicto, el desorden, la discordia y los descalabros socioeconómicos, generándose las condiciones propicias para un estallido social.

Revoluciones oportunas e inoportunas. Cuando una revolución grupal o facciosa no consigue los fines esperados por los ciudadanos, o la transición hacia el cambio es demasiado lenta e intrincada, empeorándose notablemente las condiciones iniciales que trataban de superarse, se corre el riesgo de que pueda incubarse una nueva revolución a nivel nacional, que sería más violenta y decisiva que la primera, a fin de conseguir los objetivos políticos, sociales y económicos que se idealizaron originalmente en la mente del pueblo frustrado, pero éste necesita estar preparado para rebelarse.

Como una simple analogía, si a un paciente se le interviene quirúrgicamente, pero queda mal operado, no hay más remedio que volverle a intervenir, para que la nueva operación consiga los resultados esperados desde la primera intervención.

Cuando interviene la naturaleza. La naturaleza tiende sabiamente a conservar el equilibrio general, el cual comprende valores abstractos, como la justicia, la moral y la libertad. Cuando los transgresores a sus leyes perturban ese equilibrio cósmico, llega un momento crítico en que la madre naturaleza reacciona con violencia, a través de guerras, revoluciones, cataclismos, inundaciones o cualquier otro fenómeno natural o artificial, “castigando” severamente la osadía, el egoísmo y la ignorancia de los hombres.

Estancarse es retroceder. Las leyes de la evolución convierten el estancamiento de un país, en deplorable y penoso retroceso. Estancarse equivale a involucionar. Nicaragua, por ejemplo, se ha quedado a la zaga, sumergido en el marasmo y el atraso culpables, por la falta de capacidad moral e intelectual, creatividad e iniciativa de algunos gobernantes, amén de la aberrante política y la corrupción galopantes, acumuladas en un cuarto de siglo.

La convivencia humana. Si todos los pobladores de un país aportan y colaboran honestamente, con fines comunitarios, entusiasmo y amor patrio, cada quien de acuerdo con sus responsabilidades, aptitudes y talentos, el avance social y económico será el lógico resultado.

Responsabilidad elemental de los gobiernos. Los gobiernos de cualquier símbolo son directamente responsables de que los ciudadanos desarrollen al máximo sus potencialidades, creando las condiciones propicias para el trabajo, la superación y el progreso, a fin de que todos y cada uno de ellos puedan cumplir cabalmente con su misión material en la vida.

Finalmente. En Nicaragua se necesita insistir siempre en lo que es demasiado obvio y consabido, por el mismo círculo vicioso que diariamente se vive en el país. Las perogrulladas en tal caso, aunque sean repetitivas y evidentes en sí mismas, nunca estarán desprovistas de sentido, utilidad y sabiduría.

* El autor es Ingeniero Civil

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