Todos unidos por Nicaragua

Ana María de Holmann

Las circunstancias por las que atraviesa Nicaragua en estos momentos son muy similares a las que vivimos en los tiempos de las dos dictaduras, tanto de la derecha como de la izquierda. Es decir, en ambas se repiten los mismos patrones y por eso se deben practicar las mismas medidas y soluciones para contrarrestar a estas dictaduras.

Muchas personas en los últimos días han expresado a través de estas páginas de LA PRENSA la urgente necesidad de lograr la unidad entre los partidos y movimientos políticos democráticos, para poder ganar las elecciones de la Alcaldía de Managua y de la mayoría de los municipios. Ciertamente, el triunfo de una u otra tendencia ideológica será un termómetro para las próximas elecciones nacionales.

Es por eso que siempre, en estas circunstancias similares, es útil repasar los mensajes y pensamientos de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, pues cuando un hombre recto y honesto muere, sus pensamientos, ideas y mensajes no sólo quedan vagando en el recuerdo, sino que quedan vivos en la conciencia, martillando como una voz permanente, voz que nos guía, nos orienta y nos señala un camino a seguir. Esta voz, la de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, aunque sentimos su ausencia corporal sigue presente y actual, con un espíritu señalador y profético.

En 1993, en la celebración de la misa en conmemoración del XV aniversario del sacrificio de Pedro, el cardenal Miguel Obando y Bravo leyó de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal su propia profecía: “Cuando vi el cadáver de Silvio Parodi, vi en él la imagen de Cristo. Sus brazos extendidos, su cabeza caída sobre el pecho; parecía que lo habían crucificado…”

Y yo lloré al recordar: una caja con una bandera… un hermoso discurso…. y no lloré sólo por él, lloré por Nicaragua, porque esas profecías se siguen cumpliendo. Se allanan los recintos de la ley por la fuerza y los que debían ser desalojados no se desalojan para dar paso al bienestar del pueblo; se despide al que descubre la corrupción y al que la desnuda, pero no se descubre al que asesina, aunque todo el pueblo lo señale; los poderes del Estado se politizan y la democracia se debilita.

Verdaderamente, cada día más y más, nuestra democracia se debilita debido a que sus bases son socavadas. Y como el Cardenal recordó en aquella ocasión estas palabras de Pedro: “Construir un Estado de derecho; la práctica de la honradez como primera norma; respeto a las personas electas para ejercer sus cargos; establecimiento de un sistema judicial limpio donde la verdad sea verdad y la mentira, mentira; restablecer la democracia: un cambio”.

Ese cambio tan necesario para poder construir las bases fuertes de la democracia tan deseada, no llegará así no más, sin sacrificios, sin darse cada uno a sí mismo, cediendo, renunciando a sus aspiraciones, todo lo que es necesario para lograr la unidad que es la fuerza para vencer y llegar al éxito.

Esta victoria por medio de la unidad ya la hemos experimentado en dos hechos históricos: en la Guerra Nacional venciendo a los filibusteros en 1857, y en la guerra ideológica venciendo al filibusterismo interno en 1990.

Hasta ahora lo que se vislumbra es un oscuro horizonte, como lo anunció Pedro en aquella época, un año antes de su muerte: “Da tristeza y anoche me sentía yo como viendo por la cerradura de una puerta la historia tortuosa de los nicaragüenses, peleando por miserables parroquias mientras dejan que todo el país se les escape de las manos”.

Esa voz de Pedro, profética y de anuncio, clara y actual, siempre predicando la verdad, es una previa advertencia a lo que pueda suceder. Dios quiera que esta profecía no se cumpla como las anteriores, para que nuestro llanto no se repita; no lloremos por Nicaragua, no.

Todos juntos, los que deseamos lo mejor para Nicaragua, construyamos un nuevo destino para nuestra Patria.

La autora es ciudadana nicaragüense

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