Los historiadores paradigmáticos de nuestra Academia

Aldo Díaz Lacayo

Recientemente celebramos el 70 aniversario la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua,que fue fundada el 20 de septiembre de 1934. Es una buena oportunidad para reconocer el mérito de quienes hace diez años, en 1994, iniciaron los esfuerzos por reactivarla después de quince años de inactividad. Tres lustros de silencio debido a la situación política del momento, que dispersó a buena parte de sus miembros, desmotivó a quienes permanecieron en el país y no dejó espacio para una política definida acerca del quehacer histórico de la Academia, de parte del gobierno revolucionario.

Para los miembros de la Academia la motivación fundamental de su quehacer es el rescate de la historia de Nicaragua, entendida en el sentido más amplio. Enfocándola en su perspectiva correcta, esta motivación incluye: la búsqueda de documentación, su ordenamiento y análisis, su interpretación, y finalmente —pero la más importante— su divulgación: como obra documental o como fundamento de la obra histórica propiamente dicha. Cada una de estas etapas del quehacer histórico representa un trabajo monumental. Las primeras a nivel de laboratorio, con sentido científico, con paciencia atemporal, buscando objetivos al margen de los plazos. Pero todo esto con la idea casi obsesiva de su divulgación, que es la última etapa. No solamente porque la divulgación de la obra final resulta gráficamente para el autor en términos individuales, sino también, y quizás principalmente, porque al divulgar su obra cada autor siente que ha cumplido con su deber social.

El quehacer histórico le permite a cada autor desarrollarse a plenitud, como individuo y como ser social. Porque en cada historiador la motivación por el rescate de la historia está impulsada por otra mucho más profunda: la identidad nacional, su conformación, su consolidación, su defensa.

Per se cada historiador es un nacionalista, con independencia de su orientación político-ideológica, que a la postre resultan complementarias aunque sean contradictorias. En este sentido, los paradigmas de la Academia son Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra. Dedicados ambos a la tesonera labor de laboratorio y a la igualmente difícil de la divulgación, a la edición como se dice hoy día. Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra divulgaron la mayoría de su obra individual, incluyendo la obra polémica entre ambos. Y con independencia de que cada uno dedicó buena parte de sus investigaciones al rescate de la obra histórica de sus respectivos partidos políticos, sus ediciones sobre estos temas, así como los relativos a los problemas fronterizos de Nicaragua, la realidad de Centroamérica, y las investigaciones en el Archivo de Indias —en el caso de Salvatierra—, resultan indispensables para la Historia de Nicaragua.

Además de los socios fundadores —Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra— es obligado reconocer la labor de Andrés Vega Bolaños de Felipe Rodríguez Serrano. Andrés Vega Bolaños dedicado a la labor documental como un recurso válido para despartidizar el contenido de la revista, tan recargado como estaba por la impronta de los dos titanes fundadores. Ambos convencidos de las bondades de sus respectivos partidos políticos, en una época en la cual —sobre todo después de 1947—, la confrontación de sus ancestrales posiciones ideológicas se había recrudecido: los conservadores reclamando para sí el paradigma de la alternabilidad en el poder y de la vigencia del republicanismo, entendido como independencia armónica de los poderes del Estado; y los liberales ufanándose del espíritu doctrinario de sus líderes fundamentales, a despecho de las dictaduras que habían propiciado.

Y Felipe Rodríguez Serrano, aprovechando sus múltiples cargos públicos durante el largo período del somocismo, apoyó la permanencia de la Revista tratando al mismo tiempo de mantener la cohesión de los miembros de la Academia, sin duda precaria por sus distintas posiciones políticas. Mérito que a ratos se vio disminuido por la inclinación —o quizás deba decir sujeción— de la revista al somocismo en momentos difíciles para este régimen.

En el largo plazo, sin embargo, la Academia y su órgano de difusión han logrado mantener el pluralismo político. Ayer como en todos los tiempos, incluyendo el actual, la Academia de Geografía e Historia es modelo de convivencia política. Éste es también un legado de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra, quienes, a pesar de sus polémicas, siempre intransigentes, lograron entenderse, trabajando juntos en beneficio de la historia nacional.

Hace diez años, dos de los miembros que no formaron parte de la diáspora política que produjo la revolución reiniciaron esfuerzos para reactivar la Academia. Fue una actividad intensa y deliberada a favor del pluralismo político. Aquí estamos todos. Y estamos en armonía. Como verdaderos camaradas, dicha esta expresión sin la carga ideológica del socialismo real.

En primer lugar debo mencionar a Emilio Álvarez Montalván, apóstol de esta segunda etapa de la Academia que arranca en 1995. Heredero del ímpetu de uno de los baluartes de su primera etapa, su padre, el doctor Emilio Álvarez Lejarza, que tanto aporte dio a la Academia con sus obras históricas. Con la ventaja para el hijo que dan los años, cronológicos y de activismo político, en sentido estricto, que le dan además el carácter de patriarca de la vida nacional actual.

Por derecho propio Emilio Álvarez Montalván es el Presidente Honorario de nuestra institución. Un mérito que lo reconocen propios y extraños. Por lo mismo él es el pivote de su estabilidad en armoniosa unidad.

También debo reconocer la participación directa de Jorge Eduardo Arellano en estos esfuerzos por reactivar la Academia y por mantenerla viva con altos niveles de excelencia. Además de polígrafo Jorge Eduardo Arellano tiene una capacidad inagotable de trabajo, tanto en el área de investigación como en las de divulgación y producción de obra histórica.

Desde luego, no puedo dejar de mencionar a Jaime Incer Barquero. No sólo por su setenta aniversario, que coincide con el de la Academia, sino por el prestigio que la da su participación como Presidente en esta segunda etapa. Jorge Eduardo le llama el Naturalista de Nicaragua y acierta. Yo le llamo el policientista nicaragüense. Además de Naturalista, Jaime Incer Barquero es también Geógrafo, Astrónomo, Arqueólogo, Indigenista, Ecólogo, Pedagogo, y desde luego Historiador.

Por eso la obra histórica de Jaime Incer Barquero está enriquecida por este amplio bagaje científico.

El autor es historiador. Texto adaptado de su discurso durante la investidura de nuevos Miembros Honorarios de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, el miércoles 29 de septiembre del 2004.

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