José Portellano
Cuando visitamos Nicaragua —noviembre del 2003— logramos ver un desove en una playa custodiada por miembros del Ejército, de la que ahora no recuerdo su nombre. Contábamos con la colaboración de profesionales y biólogos de la Reserva Natural del Mombacho, quienes nos explicaron todo lo relacionado a la riqueza natural de ese país.
Durante nuestro recorrido nos enteramos que en la reserva La Flor la comercialización de huevos, o mejor dicho el soborno por los huevos, está a la orden del día, según nos contó gente del lugar.
Logramos tomar fotos a unas tortugas en un lugar a un kilómetro del hospedaje La Princesa de la Isla, propiedad de un italiano llamado Alesandro, en Corn Island. Esas tortugas son una especie denominada Tora, que está en peligro de extinción. La gente del lugar se come cerca de tres tortugas al día y también las venden, incluso el caparazón, que lo utilizan para hacer caldo. El precio está sobre los diez córdobas el kilo y los animales suelen pesar entre 200 y 300 kilogramos. Las tortugas que vimos tenían más de cien años.
Generalmente son los propios marisqueros que faenan por allí quienes atrapan las tortugas pues éstas se enredan por error en sus redes. Ellos las venden por cien dólares y esa práctica por lo visto es legal, puesto que el propio Gobierno les cobra a los carniceros de tortugas un impuesto, sin tomar en cuenta que ésta es una especie protegida.
Otra práctica que parece ser normal es el expolio de sus nidos, de donde roban sus huevos y luego los venden en el mercado negro a tres córdobas cada huevo, los que después se consumen en los restaurantes de Nicaragua.
De las tortuguitas que consiguen llegar al mar, un porcentaje de ellas son comidas por los tiburones y otro tanto muere producto de enfermedades características de esta especie. Al final consigue sobrevivir el cinco por ciento de esta especie.