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El “Presidente” que fue y no fue
El debate sobre William Walker (¿fue o no fue Presidente de Nicaragua?) tiene sin duda una gran importancia no sólo intelectual sino también pedagógica, para educar a las actuales y futuras generaciones nicaragüenses en el conocimiento veraz de la historia nacional.
Se trata de un debate que por su propia naturaleza tiene que ser serio, riguroso y respetuoso de y entre las partes dialogantes. Sin embargo, a pesar de que en Nicaragua impera ahora una irrestricta libertad de expresión y a nadie se le persigue por lo que dice, todavía hay quienes al discutirse asuntos de interés público se esconden en el anonimato o ponen en boca del otro lo que no ha dicho, con el propósito de ridiculizarlo y poder “derrotarlo” con más facilidad.
Por ejemplo, a quienes critican —con razón, o al menos con derecho— la inclusión de William Walker, como Presidente de Nicaragua, en un álbum de gobernantes de la Lotería Nacional, se les achaca la sin razón de querer “sacar” de la historia al tristemente célebre filibustero estadounidense. Y por otro lado, se tilda de “walkeristas” a quienes defienden, por la razón que sea, la posición de que al margen de cualquier consideración nacionalista Walker fue Presidente de Nicaragua .
Pero la verdad es que nadie ha dicho que a Walker se le debe borrar de la historia nacional. Lo que se ha planteado es que a Walker no se le debe reconocer, mucho menos por instituciones estatales, como Presidente de Nicaragua, porque no lo fue efectivamente. En este caso el argumento de fondo se basa no sólo en que Walker se autoproclamó Presidente por una votación fraudulenta y bajo estado de guerra, sino también en que su poder y autoridad —si es que tuvo alguna— se limitó a una parte de Nicaragua: Granada y Rivas. Y además, al mismo tiempo que Walker otras dos personas —los nicaragüenses Patricio Rivas y José María Estrada— ejercían u ostentaban también el título y cargo de Presidente de Nicaragua.
En realidad, de lo que se trata es de colocar a Walker en el sitio histórico que le corresponde. Es decir, no como Presidente de Nicaragua —de todo el país—, porque no lo fue verdaderamente, sino como gobernante de una parte del territorio nacional, independientemente de que fuese un filibustero que causó graves daños a la nación, incluyendo el monstruoso intento de imponer la esclavitud a los nicaragüenses, la cual, precisamente porque Walker no fue un verdadero Presidente y gobernante de Nicaragua, en ningún momento la pudo poner en práctica.
La historia de Nicaragua debe ser estudiada, escrita y divulgada de manera correcta, ajustada a la verdad de los hechos como en realidad ocurrieron, sin distorsionarla para satisfacer intereses políticos ni por pasiones ideológicas de nadie, como tantas veces ocurrió en el pasado.
Al historiar, dice el eminente filósofo español de la historia, Julián Marías, debe evitarse todo análisis parcial, tendencioso e incompleto. “La parcialización de la realidad es siempre destructora —asegura— e impide elaborar una visión valedera y estable”.
La tendenciosidad del materialismo histórico, del partidismo y de la mezquindad personalista no debe seguir deformando ni envenenando el estudio, la interpretación, el debate y la divulgación de la historia nacional. William Walker es parte imborrable de la historia nacional, como el capitán de mercenarios que fueron traídos por uno de los bandos políticos de nicaragüenses para que les ayudaran a ganar una guerra civil contra otro bando político de nicaragüenses; como un pirata o filibustero que después de haber llegado al país se impuso a los mismos desdichados políticos nicaragüenses que lo contrataron; como “Presidente” (así, entre comillas) de una pequeña parte de Nicaragua y sólo de unos pocos nicaragüenses extremadamente envilecidos.
De manera que Walker fue y no fue lo que quiso ser en Nicaragua, como comentó de manera humorística pero certera un asistente a la investidura de tres nuevos miembros honorarios de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, la institución que fue hecha desaparecer durante los años ochenta del siglo pasado, pero que ha renacido gracias al esfuerzo de un grupo de prestigiosos historiadores y a las instituciones públicas y privadas que los apoyan.