Nicaragüense deportada de EE.UU. vio a la muerte en el desierto

Una mujer de León, Nicaragua, entró indocumentada a Estados Unidos y después de caminar más de una semana en el desierto de Sonora empezó su agonía. Casi se asfixia en el vagón de un tren, donde la metieron los “coyotes” con otros migrantes. Agentes estadounidenses la encontraron a tiempo y pasó cuatro meses en prisión. […]

  • Una mujer de León, Nicaragua, entró indocumentada a Estados Unidos y después de caminar más de una semana en el desierto de Sonora empezó su agonía. Casi se asfixia en el vagón de un tren, donde la metieron los “coyotes” con otros migrantes. Agentes estadounidenses la encontraron a tiempo y pasó cuatro meses en prisión. En la cárcel vio otro drama: mujeres embarazadas como consecuencia de violaciones que sufrieron en el desierto

Douglas Carcache

Diez días después de caminar por el desierto de Sonora, en Arizona, Silvia Mercedes Reyes sólo pudo decir “ya no aguanto más, déjenme”. Sentía que ya no tenía fuerza y se resignó a morir. “Lo peor ya pasó”, escuchó que le dijo un hombre. “Mire, ya se divisa la carretera”.

El grupo de 20 centroamericanos se arrimó con prudencia a la vía y se acomodó para descansar entre los matorrales, por orientación de los dos “coyotes” que les guiaban; y al atardecer llegó una camioneta negra que los fue a dejar cerca de una estación de trenes.

Otra vez estuvieron escondidos en el monte esperando la noche y a la una de la madrugada caminaron hacia un vagón de carga, estacionado a 300 metros de la terminal. Habían recuperado algo de energía, habían bebido agua y comido. Los “coyotes” abrieron el vagón y vieron que estaba repleto de cajas de madera, con un espacio libre en la parte superior que apenas tenía de altura un metro o menos.

“Entren”, ordenó uno de los “coyotes”. Silvia Mercedes dudó. Recordó las historias que había escuchado y lo que había visto durante la travesía de un mes, desde su salida de Nicaragua, de que a las mujeres las violaban, les quitaban el dinero o las mataban. “No, no me voy a montar allí”, balbuceó la mujer de 40 años. “No tenga miedo”, dijo el “coyote” con impaciencia. “Móntese, todo va a salir bien”.

Entró con dificultad porque era como meterse en un túnel estrecho. Su abdomen sobre los cajones y a pocos centímetros de su espalda el techo del vagón. El golpe seco de las puertas cerrándose le provocó nervios. Al instante desapareció el reflejo de las luminarias públicas y la oscuridad copó todo adentro. Sólo escuchaba el jadeo de los otros indocumentados. El aire comenzó a escasear y ella también jadeó.

LOS SALVA LA “MIGRA”

Por segunda vez Silvia Mercedes tuvo la certeza de que iba a morir. Quiso hacer el intento de bajar del vagón, de golpear con sus pies las puertas, pero en ese momento las cajas se movieron y se percató de que el tren había empezado a correr.

No sabe cuánto tiempo transcurrió, si se durmió o perdió el conocimiento, sólo que cada vez respiraba menos. Casi agonizaba cuando el tren se detuvo, oyó voces alrededor, bulla de perros y, después de unos minutos que le parecieron la eternidad, las puertas del vagón cimbraron por tres golpes fuertes y se abrieron.

A cuatro jóvenes de Honduras los sacaron inconscientes, casi muertos. “Ya me iba asfixiando, sentía desesperación y estaba sin fuerza”, recuerda Silvia Mercedes en su casa de León, Nicaragua. “Íbamos acuñados, no podíamos darnos vuelta para ningún lado”. Llora. “Sólo pensaba en que ya no volvería a ver a mis hijos”.

Era de noche cuando la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos rescató a los centroamericanos. Ella no está segura si era la misma noche en que la montaron al vagón, o la siguiente. El tren había corrido y los cuerpos de los indocumentados se fueron desvaneciendo por el agotamiento y el enrarecimiento del aire.

Más tarde se percató que la “Migra” la atrapó el 4 de marzo del 2004, en territorio de Texas, al mes de haber salido de Nicaragua hacia Guatemala, hasta donde llegó legal con su cédula nicaragüense.

Los migrantes, ya detenidos, buscaron a los “coyotes” y ninguno apareció, a pesar de que les habían dicho que viajarían en el mismo ferrocarril, sólo que en el área de pasajeros. Ella pasó su primer mes en un penal del Condado de Webb y luego la llevaron al centro de detención en Laredo.

CRUZANDO EL RÍO BRAVO

La decisión de que Silvia Mercedes viajara indocumentada a Estados Unidos la tomaron en familia en la Navidad del 2003. Su marido había quedado sin empleo y de sus cuatro hijos, el mayor cursaba el segundo año en la universidad y tenía dificultades para sostener los estudios.

Lidiaban con esos problemas familiares, cuando llegó a su hogar una “solución”. Los primos de Silvia Mercedes llamaron de California y Texas para ofrecerle apoyo. Contratarían los servicios de un “coyote”, un traficante de personas, para que la llevara a Los Ángeles o a Houston. Este servicio les costó 4,500 dólares, pagados por adelantado.

Contactaron al “coyote” en Los Ángeles y a los pocos días otro de la misma red delictiva buscó a Silvia Mercedes en León para decirle que todo estaba arreglado y partirían el cuatro de febrero. Éste la llevó a Guatemala y la entregó a otro traficante. Con ella iban su sobrino Carlos Reyes y cinco nicaragüenses más, incluidas tres mujeres.

Después de pernoctar cinco días en Guatemala, cruzaron a México por la frontera de Cuauhtémoc, haciéndose pasar como vecinos que iban de compras a territorio mexicano y sólo fueron registrados por los soldados. Ella llevaba la ilusión de que la travesía hasta Los Ángeles o Houston sería tranquila, porque el “coyote” le había dicho que cruzarían a Estados Unidos por un puente, con permiso y viajando todo el tiempo en automóvil. Según la suerte que les tocara, llegarían a una de esas dos ciudades estadounidenses.

Atravesar México fue el primer tormento. Transitaron en buses de servicio público, de noche y de madrugada, de ciudad en ciudad. Dormían en montes cercanos a las urbes porque en los hospedajes corrían el riesgo de ser detenidos por la Policía.

En distintas ocasiones, los policías de Migración detuvieron los buses y bajaron a los sospechosos de ser indocumentados. Ella tuvo la suerte de que nunca la registraron, pero sí a su sobrino Carlos, al que los agentes le quitaron dinero más de una vez para dejarlo continuar.

Cuando llegaron a Nuevo Laredo, en la frontera norte mexicana, Silvia Mercedes esperó en vano el automóvil que le habían prometido para cruzar a Estados Unidos por el puente internacional que comunica con Texas. Pero sucedió lo contrario, siguieron viajando hacia el norte de México, rumbo a Ciudad Juárez, y en una zona menos poblada saltaron el Río Bravo, la frontera.

Era de noche, poco antes de las nueve, cuando uno de los “coyotes” les avisó que se prepararan para enfrentar la corriente. Fueron a la ribera y los montaron en neumáticos atados con mecates que jalaban un grupo de hombres. Las aguas corrían violentas. “Agárrense duro, si se sueltan se mueren”, les repetían.

VIO MORIR A UN HONDUREÑO

Lo peor comenzó en el desierto de Sonora, que se extiende al Estado de Arizona en Estados Unidos. Los “coyotes” llevaron a los indocumentados hasta la zona desértica para evitar que las patrullas fronterizas los detectaran en las áreas pobladas de Texas.

Caminaron de noche y de día. Descansaban un poco en las madrugadas, pero sin profundizar el sueño por miedo a las serpientes. De día los acosaba la sed y el fuego del sol. De noche el frío les entumía. “Bebíamos agua de los charcos, donde lográbamos hallar”, relata Silvia Mercedes. “Encontrábamos charcos que hacía la lluvia, como pocitas; el agua se asentaba y agarrábamos con la mano y así tomábamos”.

Seis días después de estar en el desierto vio morir a un muchacho hondureño, del que sólo recuerda su apellido: García. Se deshidrató, ya no comía ni bebía agua. Iba con su hermano y éste le daba pastillas para que resistiera, pero una noche murió y al amanecer lo dejaron botado. Los traficantes siguieron su camino y los indocumentados apuraron el paso para no perderse.

El hermano se quitó la camisa roja que llevaba, la ató a una rama y la sembró como bandera junto al cadáver. “Yo me quedo con él”, dijo ya sin lágrimas y con los ojos enrojecidos. “Me voy a entregar a Migración para que me ayuden a sacarlo de aquí”.

Nadie supo más qué pasó con el hermano del difunto, pero es posible que también haya muerto, porque el resto del grupo todavía caminó cuatro días más para llegar a una carretera.

“Encontramos varios cadáveres en el desierto”, recuerda Silvia Mercedes. “Había uno que parecía el de una señora, de unos 45 años tal vez, ya en descomposición. La gente muere de sed, porque el poquito de agua que uno encuentra lo tiene que tomar allí mismo, no puede cargar nada… Uno va tan agotado que todo deja botado”.

VIOLADAS Y EMBARAZADAS

En la cárcel, en San Antonio, Texas, conoció a Ana Lucía Balladares, nicaragüense de la ciudad de Managua. La habían detenido indocumentada el mismo cuatro de marzo, en otro tren y a otra hora. El sufrimiento de esa muchacha había sido peor. Salió de Nicaragua a principios de enero y en México le robaron todo el dinero y la quisieron violar en un tren que la llevaba hacia la frontera norte. “Me contó que vio cuando los bandidos agarraron a un muchacho y lo tiraron del tren y el tren le pasó encima”.

Ana Lucía tenía traumas y recibía atención sicológica en el penal. Una a una las mujeres de la prisión le fueron relatando a Silvia Mercedes los abusos que padecieron en el desierto. Decenas habían llegado embarazadas a la cárcel y los médicos accedían a sacarles el feto.

“Cinco días antes que me deportaran, a una muchacha de Honduras le habían sacado el niño”, afirma. “Se llamaba Cony y me contó que la violaron en el desierto; montones de mujeres decían que las habían violado en el camino”.

Silvia Mercedes también había sido testigo de un caso. Una noche en el desierto vio cómo un “coyote” violó a una guatemalteca, a la que sacó del grupo. “Se la llevó, le pegó un aventón y después la mujer salió llorando”. Los demás quisieron ayudarla, pero otro “coyote” les advirtió que no se metieran porque los matarían, o al menos los dejarían perdidos que era como matarlos poco a poco.

“Los ‘coyotes’ le preguntan a uno si lleva dinero y si les dice que sí, se lo quitan. Si uno no se los da, lo amenazan con dejarlo botado en el desierto. Uno no puede enseñar dinero porque se lo roban”, cuenta esta mujer que fue deportada de Houston a Managua el 21 de julio del 2004, cuatro meses después de haber iniciado su aventura como migrante. Un juez estadounidense la condenó a 30 días de prisión por haber entrado indocumentada y luego esperó más de cuatro meses para que la deportaran.

“Si Migración no ha llegado, nosotros nos morimos toditos ahogados”, reflexiona al recordar la noche en que agonizaba dentro del vagón y los agentes la rescataron. “El ‘coyote’ nos dejó botados, dijo que se iba a montar al tren pero no se montó. Nos hubieran encontrado muertos cuando el tren llegara a su destino, porque nosotros ni sabíamos para dónde iba el tren. Sólo pensaba en mis hijos, en mis cuatro hijos, que no los iba a volver a ver”.

Cada vez que habla de su viaje por el desierto, llora. Antes de irse indocumentada a Estados Unidos preparaba comidas y las vendía por las noches en el barrio Guadalupe, en León. Un mes después de haber vuelto deportada, reinició el negocio con poco dinero. Se pregunta qué no haría hoy con los 4,500 dólares que sus familiares pagaron a los “coyotes”. La tristeza marcó su rostro: “Todo ese dinero se perdió…”

ENVÍOS

El 22 de abril del 2004, en el vuelo de American Airlines 985 llegaron deportados a Managua, desde Houston, los nicaragüenses:

– Oscar Rafael Narváez

– Tinoco Córdoba

– Alejandro Urbina Obando

– Wilton Saavedra Borge

– Gean Melisa Rosales

– Marlon Ramón Merlo

– Pablo Ronald Jarquín

– José Guerrero García

– Becker Tulio Carrión

– Noel Flores Burgos

El 21 de julio del 2004, en el vuelo de Continental 19-74, fueron deportados de Houston a Managua los ciudadanos nicaragüenses:

– Francisco José Martínez

– Simón Claudio

– Baldivio González

– Yadira del Carmen Zamora

– Luis Alberto Pérez

– Silvia Mercedes Reyes

– Alejandro Velásquez

TRÁFICO INHUMANO

Las autoridades mexicanas que inspeccionaban un camión en un retén carretero, en abril del 2004, descubrieron a 200 centroamericanos aglomerados dentro del remolque cerrado del vehículo, en el centro del estado de Chiapas.

La Policía tuvo que emplear barras de hierro para abrir el remolque, carente de ventilación. Adentro, los migrantes estaban hacinados, sin comida ni agua. Muchos hubieran sufrido asfixia si las autoridades no los hubieran liberado.

LAS VÍCTIMAS

En mayo del 2003, 19 inmigrantes indocumentados murieron después de quedar encerrados sin ventilación en el remolque de un camión, descubierto en una parada cerca de la población de Victoria, Texas.

Éste es uno de los casos más mortíferos en la historia de los cruces ilegales de la frontera con EE.UU.

CÓMPLICES

Las autoridades de México detuvieron a 42 funcionarios y ex funcionarios de Gobierno de ese país, en marzo del 2004, por ser miembros de una de las redes más grandes de traficantes de personas. También capturaron a dos traficantes.

La red operaba en 12 de los 32 estados de México y traficaba a migrantes brasileños, cubanos, uruguayos, centroamericanos y asiáticos, a quienes les proporcionaban documentos y luego los metían a Estados Unidos. Les cobraban entre dos mil y seis mil dólares por llevarlos a Estados Unidos.

OFERTA DE BUSH

En enero del 2004, el Presidente de Estados Unidos, George W. Bush, propuso un plan de trabajadores invitados que daría estatus legal a indocumentados que ya laboran en Estados Unidos y a aquéllos fuera del país que pueden demostrar que les han ofrecido un empleo. Como a los migrantes les resulta difícil obtener una oferta de trabajo mientras están en México, miles empezaron a cruzar la frontera, esperando establecerse antes de que iniciara el programa.

AUMENTA EL TRÁFICO

La patrulla fronteriza de Estados Unidos arrestó a 535 mil indocumentados a lo largo de la frontera mexicano-estadounidense, entre el primero de octubre del 2003 y el 31 de marzo del 2004, informó en abril Gloria Chávez, de la Oficina de Aduanas y Protección de la Frontera de Estados Unidos. Cerca del 75 por ciento de los arrestados son mexicanos y el resto de Centroamérica y otros países.

RESCATADOS

En Dallas, unos 40 inmigrantes indocumentados, que habían viajado hacinados en la caja metálica de un camión sin ventilación, durante 12 horas, salieron tambaleándose, más muertos que vivos, cuando agentes de Migración abrieron las puertas para inspeccionar el vehículo en un retén, en mayo del 2004. Algunos, incapaces de moverse, se desplomaron sobre el asfalto. Otros llegaron a un grifo y bebieron agua con desesperación.

CASI 40 CADÁVERES

Dos cadáveres en descomposición de inmigrantes ilegales fueron hallados cerca de Tucson, Arizona, en mayo del 2004. La Policía Fronteriza informó que con ésos aumentó a 38 el total de cadáveres hallados por la Policía Fronteriza desde octubre del 2003.

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