El rector Mariano Fiallos Gil otorgando diploma a Jaime Incer como el mejor alumno de la Facultad de Farmacia. (Paraninfo de la UNAN-León, 1959.

Impresiones del trópico en Nicaragua

Jaime Incer A diferencia de muchas historias, la historia de la naturaleza en Nicaragua es corta y recurrente. Como una expresión más del balance de la naturaleza, los fenómenos del trópico se suscitan en Nicaragua, año tras año, enmarcados dentro de una cronología previsible. Aquí, en esta tierra, el panorama tropical se muestra tan complejo […]

Jaime Incer

A diferencia de muchas historias, la historia de la naturaleza en Nicaragua es corta y recurrente. Como una expresión más del balance de la naturaleza, los fenómenos del trópico se suscitan en Nicaragua, año tras año, enmarcados dentro de una cronología previsible. Aquí, en esta tierra, el panorama tropical se muestra tan complejo como fascinante. La posición astronómica del sol, la configuración geológica, la alternabilidad del clima y la profusión de formas biológicas, en complejas interacciones, constituyen los principales ingredientes de nuestro paisaje natural, desgraciadamente poco escudriñado y menos entendido por los nicaragüenses

Sobre el hecho netamente universal, como es el movimiento aparente del sol, de un trópico a otro, como pelota de ping-pong saltando sobre la malla del Ecuador, se han establecido períodos semestrales de climatologías alternadas, que repercuten en el ritmo vital, encarnado por cantidades generosas de floras y faunas.

Indiferentes al cambio en las sucesiones biológicas, pero íntimamente responsables de sus tendencias ecológicas, las violencias de la geología, hoy refrenadas y cicatrizadas sus heridas plutónicas, han permitido al llano, al bosque y a la selva cubrir sus desnudeces pétreas. Y como una muestra de sumisión, sobre la escoria calcinada de nuestros volcanes, líquenes tímidos se aferran a las rocas; musgos y gramíneas se insinúan entre las grietas, en este último génesis nicaragüense que hoy presenciamos.

EL PARTO GEOLÓGICO DE NICARAGUA

El parto de Nicaragua ha sido uno de los más dolorosos en la historia geológica del continente americano. Después de 1,500 millones de años de indecisión, entre el agua y la tierra, el núcleo primordial de Centroamérica, desde Tehuantepec hasta Chontales, emerge de la espuma del mar, como la Venus mitológica, para secarse al aire de los alisios del Atlántico.

Pero no se había asentado la nueva tierra sobre su entabladura submarina, cuando se iniciaron los espasmos orogénicos que formaron la Cordillera de los Andes, que en Nicaragua desenterraron montañas de granito en Las Segovias y derramaron basalto, como baba ardiente, a través de las fisuras volcánicas de la meseta central, al sur del río Coco.

Desde entonces, hace ya 60 millones de años, los volcanes se han turnado para ampollar el suelo nicaragüense, y si bien los del centro de Nicaragua se han aplacado e incluso metamorfoseado por la erosión, los vórtices y calderas del Pacífico advierten con sus pródromos que las furias plutónicas no han sido sofocadas todavía.

La zona del Pacífico también salió del mar. Su incorporación al continente fue seguida por un reguero de archipiélagos, desde Costa Rica hasta Colombia, que levantándose poco a poco, en medio de eructos volcánicos, logró establecer un puente, una soldadura ístmica, entre las dos masas continentales de Norte y Suramérica, largamente separadas por un estrecho de aguas cálidas.

También el Pacífico sufrió convulsiones posteriores a su asentamiento, que culminaron con el imponente desplome responsable de la brecha lacustre, mitad cubierta por el lodo volcánico de los Marrabios, mitad por el agua dulce del viejo Cocibolca.

La soldadura continental a través del istmo centroamericano permitió el intercambio de la flora cálida, húmeda y lujuriante, de origen amazónico, que se acogió al ambiente pluvial de nuestra Costa Atlántica, con la flora caduca, herbácea y sarmentosa de las praderas y desiertos norteamericanos, que encontró su mejor hábitat en las llanuras secas y pedregosas de la vertiente del Pacífico.

Compartir la tierra nicaragüense en la forma pasiva y cautelosa como la flora lo hizo, no fue posible entre las faunas de ambos frentes. Los carnívoros norteamericanos ensayaron sus perfeccionados colmillos y garras sobre los pacíficos rumiantes y desdentados arcaicos que Suramérica había protegido por tantos millones de años. El feroz esmilodonte, de los colmillos de sable, rompió el caparazón, hasta entonces invulnerable, del gliptodonte pampásico. Y lo que no acabó la fiera lo desterró el aborigen, que también bajó del norte.

Escondido en la penumbra de la selva húmeda, mimetizando sus colores con las pinceladas del bosque, inteligentes monos cébidos e indiferentes perezosos, lograron sobrevivir y prosperar, atizando desde las ramas la batalla campal a campo abierto.

Después, la guerra natural tomó otro curso. Durante la última glaciación los hielos polares avanzaron hasta el corazón de Estados Unidos, y la pradera norteamericana fue empujada hasta Centroamérica.

Las huellas de ciervos y bisontes, impresas en Acahualinca, corresponden a los últimos períodos de la glaciación. El hombre americano pisó tierra nicaragüense hace 13 mil años en pos de los bisontes, y no se fincó sino hasta que la selva, en proceso de recuperación, limitó sus correrías. Hoy con el fuego, el machete y el tractor, el nicaragüense civilizado ha vuelto a encoger la selva.

NUESTRO CALENDARIO NATURAL

En enero soplan los alisios del noreste y disipan por el cielo nicaragüense todo asomo de humedad o remanente del invierno pasado. Las cordilleras centrales del país abiertas en abanico hacen converger las refrescantes ráfagas hacia el occidente, y en ciertos puntos, como en el valle del río San Juan, el aire atlántico avanza con tanto ímpetu sobre las aguas agitadas del Gran Lago que, como fenómeno único en América, encrespan también las olas del Pacífico.

Por la diafanidad de los cielos de enero se destacan las mejores estrellas del cielo constelado y la vista, favorecida por la vecindad de nuestra posición al Ecuador, cubre casi toda la esfera celeste, desde la Casiopea boreal hasta el Navío Argos austral. Y en medio, brincando sobre el camino de Santiago, luce Orión con la brillante Rígel y la Betelgeuze gigante; Aldebarán del Tauro; Capella del Cochero y Sirio, la Gema del Gran Can.

En febrero termina la floración del Madero Negro y del Poroporo y estallan las inflorescencias en los ceibos, los pochotes, los genízaros y el roble. Las semillas de algunas de ellas, acurrucadas entre pelusas, aprovechan las ráfagas del tiempo, que las esparcen hacia nuevas áreas de propagación. Otros árboles como el cortés, el carol y el malinche, tientan a los insectos con el color de sus pétalos y el sabor de sus néctares, postergando para las postrimerías del verano sus floraciones, en espera de los insectos poliníferos.

Para marzo, los árboles en los llanos, el talalate, el jiñocuabo, el escobillo, están desnudos. Así protestan por la falta de agua, sellando con su caducifolismo, la poca agua que logran retener en sus entrañas; y mientras la clorofila duerme, las malezas punzantes y urticantes proliferan en los estratos bajos del bosque seco. El suelo sediento, cuarteado por las grietas de sonsocuite gris desmoronable, esconde las ponzoñas de las arañas migales y la del temible crótalo cascabel.

Al anochecer, el calor de los llanos se evapora y despiertan hambrientos de su sueño estival caliginoso los ostoches y coyotes y abandonan sus guaridas subterráneas los cusucos y guardatinajas; vuela el pocoyo o chotacabras crepuscular y cantan los alcaravanes su invitación al sexo.

El sol cenital de abril mira a Nicaragua cara a cara. El intenso calor de sus rayos verticales es reforzado por el toldo atmosférico, hecho del polvo de los campos secos y de la ceniza de los potreros quemados. El sol penitente de cuaresma se enrojece hasta opacarse, sin esperar que la línea del horizonte lo apantalle.

En abril se casan casi todos los pájaros, desde Cosigüina hasta Quilalí, desde Limay hasta Acoyapa. Pareciera que el calor estival estimula sus gónadas y las hormonas del sexo inducen cortejos, retos y aparejamientos; mientras en las entrañas de reptiles y mamíferos miles de embriones se gestan.

Al caer las lluvias en mayo, unas cuarenta especies de ranas nicaragüenses organizan sus coros en las charcas recién abiertas por el agua. Y con sus ventosas digitales las infladas Hylas escalan las hojas de chagüite para desovar en pocitos aéreos. En las selvas del Caribe viven los diminutos y policromos Dendrobates, el sapito venenoso del Amazonas. Los nativos pinchan sus flechas para envenenarlas con el exudado que destila de la delicada piel lacerada del batracio. En una noche de mayo, única en 365, el sapo-buche, emerge de su escondite subterráneo para responder al llamado anual del sexo, y una vez complacida su biología, regresa a las entrañas húmedas del subsuelo para reanudar su dieta de lombrices y alimañas.

Junio es la época de los chaparrones y tormentas. Las aguas salvajes bajan por las vertientes arrastrando todo a su paso. Los ríos son de chocolate y los peces rehuyen su dieta, porque los hombres rehuyen sus carnes; pero no importa, si la urgencia del sexo es más imperiosa, observan el Ramadán bajo las aguas.

Por la noche, entre ráfagas de truenos y relámpagos, tras desgarrados nubarrones, brilla delicada la Cruz del Sur, bajo el cielo nicaragüense, recordándonos que más allá de las estrellas hay algo más allá.

La ausencia de viento y la tremenda humedad atmosférica bruman las mañanitas de julio. La corona de los cerros en Chontales no se despeja más que por pocos momentos para saludar al sol meridiano, y vuelve a cobijarse con las lloviznas frías y resfriantes de la tarde. El Mombacho se vela tras la sábana de vapor que le tiende el gran lago y en las cumbres de Kilambé, Musún y Peñas Blancas, una nebliselva de penumbra condensa el rocío sobre las hojas frescas de las begonias, los helechos palmeados y las cavernosas orquídeas. Los musgos alfombran el piso del bosque frío y los troncos de árboles centenarios son subyugados por lianas y trepadoras mendigantes de sol.

La nebliselva es el hábitat de una ornitofauna singular: la chachalaca negra, de costumbres arbóreas; el pájaro-campana o rancho, que tañe su canto y badaja sus carúnculas que cuelgan del pico; el jilguero de montaña que canta hasta ya muy entrada la noche, además de docenas de colibríes tropicales, como el jacobín cuello blanco, el capelo nevado, la gema montañera de garganta púrpura, el cola estrellada de los robledales y la ninfa del bosque corona azul. Todos ellos haciendo abluciones en las pocitas atrapadas por las espadillas de las bromelias. En las montañas de Cuspire, al norte de San Rafael, se esconde el quetzal.

Al iniciarse el veranillo, a finales de julio, la gran mayoría de los peces de agua dulce ya han desovado, excepto las gambusias, chulucas u olominas, que son vivíparas y devoran a sus propias crías, si otro alimento no les complace.

Los peces de los lagos de Nicaragua tienen sus réplicas en peces de los lagos, también formados por desplomes tectónicos, del África oriental. Es un enigma de la zoogeografía la presencia de especies tan semejantes en dos continentes tan separados. Aún más, el eritrismo que mancha de rojo la piel de algunas mojarras nicaragüenses es imitado por ciertos cíclidos del lago Nyassa.

El tiburón del Gran Lago es un invasor, procedente del Caribe, y como los piratas de antaño remontó el río San Juan para sus depredaciones lacustres. Los tiburones son peces muy primitivos, con esqueleto cartilaginoso, y sus fisuras branquiales son más arcaicas que las agallas operculadas de los peces modernos. Pero en otros rasgos, son muy modernos, y como ejemplo, gestan sus embriones en una especie de bolsa uterina y dan a luz como los mamíferos.

La fisiología del tiburón le permite pasar rápidamente de un medio salino a otro de agua dulce, gracias a la permeabilidad de los riñones que expulsan la urea para bajar el contenido acuoso interno, al nivel poco salino de los ríos. Este simple mecanismo les permite incursiones por los estuarios salobres y avanzar cautelosos, aguas arriba de los ríos tropicales, hasta encontrar, como el caso de Nicaragua, un segundo mar, con agua dulce y abundantes presas.

Como escualos de la misma clase, los pejesierras han acompañado al tiburón del Caribe en su colonización del Cocibolca; y mientras los tiburones deambulan cerca de la superficie, los pejesierras exploran el fondo lodoso del lago, revolviendo los sedimentos con su hocico dentado, y al entorpecer la vista de los peces los ponen al alcance de sus fauces.

En agosto, el sol, regresando del trópico de Cáncer, pasa por segunda vez por el cenit de Nicaragua. Las lluvias se cortan y el calor aprieta. En sus noches cálidas, y cuando no hay luna, centenares de tortugas marinas avanzan con gran sigilo sobre las playas de arenas tibias, donde desovan y sepultan sus huevos, en espera que los ardientes rayos de los días subsiguientes los empollen.

Solamente las hembras emergen del mar, a veces hasta tres noches, mientras los machos expectantes, riñen entre los tumbos litorales, para cargarlas con las dosis de esperma que asegurarán nuevos huevos para la próxima estación, dos años después.

Las tortugas marinas del Pacífico pertenecen a las mismas especies que las del Caribe. Separadas por el istmo centroamericano, desde hace más de medio millón de generaciones han conservado su identidad, biológica, sin que las mutaciones genéticas que inducen a cambios evolutivos, hayan logrado borrar su parentesco. Tal es el conservatismo biológico, tan acendrado en estos reptiles, refugiados en el ambiente homogéneo del vasto mar.

En septiembre se inicia la segunda temporada de lluvias, pero esta vez el Pacífico, con su área de perturbaciones atmosféricas, encumbrada sobre el Golfo de Fonseca, auspicia los vendavales, aportados por los vientos del suroeste. Son días de prolongada languidez, de poco sol, tiempo de mohos. Los caminos y las trochas se vuelven intransitables, aún para las mulas, pero no para los zompopos que abren atajos entre el enmarañado monte, transportando en fila india su cargamento de hojas. Estas hormigas forrajeras olfatean la pista y el rastro de sus compañeros para no perder el rumbo que conduce a la zompopera. Dentro del ambiente húmedo de estas cavernas, las hojas se pudren y desarrollan hongos, que sirven de alimento a las emergentes pupas.

También en septiembre nacen las segundas camadas de mamíferos. De las 153 especies estudiadas en Nicaragua, 93 son murciélagos. Y de éstas, únicamente dos son hematófagos. Con sus diminutos y afilados dientes escorian la piel de los animales de sangre cálida, la cual succionan por medio de sus lenguas acanaladas. En las grutas, entre los farallones monolíticos de las montañas centrales de Nicaragua, anidan colonias inmensas de murciélagos, cubriendo el suelo con sus desechos alquitranosos nauseabundos, aunque gratos para el olfato de los quirópteros y necesarios como señuelo que fomenta las aglomeraciones.

El murciélago pescador revolotea sobre las aguas de nuestros ríos, con sus patas provistas de afiladas garras. El murciélago blanco es de costumbres diurnas y reposa en las noches sobre la corteza clara del papayo mimetizante. El “narigudo” catapulta su larguísima lengua para extraer el néctar del fondo de las flores simpétalas. En las haciendas de Chontales los campesinos atan cintas rojas a la cola del ganado como exorcismo contra los murciélagos.

Octubre es el mes de las peregrinaciones entre las aves. Con religiosa puntualidad bandadas de avecillas nórdicas invaden los jardines, los patios, el campo y el bosque nicaragüense tras larga ruta migratoria. Las tijeretas o cazamoscas de cola bifurcada abandonan las praderas de Kansas y Oklahoma, para invernar, concepto éste boreal, en el verano, versión tropical de Centroamérica.

Al final del invierno visitan riberas y costas numerosas aves zancudas, incluyendo también gaviotas árticas. El bosque nicaragüense se ve reforzado por bandadas de canoras procedentes de los pinares, robledales y bosques de arces y sicomoros norteamericanos.

También la avifauna nicaragüense se congrega en octubre, proyectándose las bandadas sobre los nubarrones grises de las postrimerías del invierno y al caer el sol las palmeras dirigen la algarabía coral de los zanates. Las bandadas se dispersan al amanecer, entre clarinadas estridentes, convenidos en regresar por la tarde con los buches llenos de insectos.

Algunas especies nicaragüenses como los chocoyos, loras y lapas, efectúan limitadas migraciones internas, y vuelan en discretas bandadas entre las zonas húmedas y secas, y entre las bajuras cálidas del Pacífico y las montañas frías del Atlántico; pero la lapa verde, rival de la guacamaya escarlata del Amazonas, prefiere quedarse en las selvas del río San Juan.

En noviembre florecen todas las hierbas en Nicaragua, buenas y malas. Y como efímera primavera tropical, los campos explotan en amarillo con sus jalacates monteros, sus “me caso-no me caso” y otras muchas margaritas nicaragüenses que engalanan el campo al principiar la estación seca. Noviembre es el mes de las llanuras (como marzo fue el de los llanos). Multitud de gramíneas espigan sus semillas y las ofrecen a las palomas andarinas y codornices, que se levantan asustadas al paso del caminante. Los roedores y lagartijas se escabullen nerviosamente entre los matorrales para escapar de los gavilanes migratorios que los acechan desde los postes telegráficos, a las orillas del camino.

Los torpes pijules limpian con sus aplastados picos los parásitos que afligen la piel del ganado. Los vacunos agradecidos responden a la simbiosis, permitiendo al pájaro pasear pacientemente sobre sus brillantes torsos. El pico del pijul, ancho y rugoso, está adaptado para romper nueces y semillas, lo que el ave ha olvidado desde que los colonizadores importaron el ganado y la garrapata.

Los pijules son demasiados indolentes para construir sus nidos, y como sus parientes, los cuclillos norteamericanos desovan sobre el primer nido que les sienta cómodo. Tampoco se molestan en empollarlos: el ave madrastra aporta el calor con sus plumas abdominales. Los polluelos recién nacidos entrenan sus picos destrozando los huevos, todavía no eclosados, del ave anfitriona.

Las ráfagas del viento comienzan a llevarse el año. La tierra en su peregrina órbita nos vuelve a colocar frente a las Siete Cabritas, el Arado y los Ojitos de Santa Lucía. En el alba de Navidad, los cirroestratos baten sus palmas muy altas en el cielo, mientras Venus radiante hace levantar a la india nistayolera o recuerda al segoviano la hora de batir su chilate.

Managua, junio 28, 1967.

BIBLIOGRAFÍA DE JIB

I) Tesis de graduación y textos escolares. Caracteres geo-botánicos y flora medicinal en la región de Chontales (1959); Nueva geografía de Nicaragua (1970); Geografía básica de Nicaragua (1971 y 2002), Geografía ilustrada de Nicaragua (1973, 1975, 1977); Geografía dinámica de Nicaragua (1955); Geografía e Historia de Centroamérica (1998); Cielo y tierra (2004).

II) Obras de investigación y difusión. Índice geográfico de Nicaragua (1971); El terremoto de Managua (1973); Geography of lake Nicaragua (197 ); Imágenes de occidente (1977); Toponimias indígenas de Nicaragua (1985); This is Nicaragua (1988); Las hojas del calendario (1999); Nicaragua: viajes, rutas y encuentros (1990); Guía Nicaragua fácil (2001); Nicaragua entre lagos y volcanes (2001).

III) Ediciones y traducciones. El Naturalista de Nicaragua (1976 y 2003) de Thomas Belt; Miskitos y sumus de Honduras y Nicaragua (1984 y 2004); Crónicas de viajeros: Nicaragua (1989), Nicaragua en el siglo XIX vista por E.G. Squier (1999); Colón y la Costa Caribe de Centroamérica (2001); Descubrimiento, conquista y exploración de Nicaragua (2002); Piratas y aventureros en las costas de Nicaragua (2003).

IV) Producción digital. Nicaragua en imágenes de radar (303 imágenes con sus interpretaciones geomorfológicas); Nicaragua en mil imágenes/CDR (1998); Viajando por Nicaragua (Página Web: www.ideay.net.ni: una imagen diaria que ilustra aspectos del país con su respectiva información); veinte imágenes representativas de la cultura nacional en la página web: www.aghn.edu.ni.

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