El hombre ante la Naturaleza

Justo Pastor Ramos

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El hombre ante la Naturaleza


Justo Pastor Ramos




El Gran Hacedor del Universo al formar la Tierra demostró su bondad divina hacia la humanidad creándola con gran perfección natural y dotándola con abundancia de recursos materiales de permanencia ilimitada que luego habrían de servir para beneficio y sustentación del hombre que haría de ella su secular morada.

Sin embargo, desafortunadamente se olvida el significado de esta dádiva generosa cuando unos por un afán desmedido de riquezas, otros por soberbia y abusos de poder y, los últimos, por ignorancia y necesidad, le han venido causando un inmenso daño con el producto de nuestras actitudes que ha originado una profunda crisis ecológica fundamentalmente cultural, es decir, una crisis de principios y valores.

Desde hace mucho tiempo se vienen agotando los bosques y, con ellos, recursos farmacológicos; se destruye insensiblemente la belleza privilegiada de ámbitos que han sido parte de la historia y con un excelente antecedente para la sana recreación; se ha venido atentando contra muchos tesoros arqueológicos yacentes en el subsuelo, se han destruido montículos que quizá en algún tiempo en la vida de lejanas civilizaciones fueran un próspero centro político o religioso.

Ante tanta desventura ambiental poco se ha hecho, pues no obstante la publicidad por contener este devastador proceso de agotamiento y malversación de los recursos de la tierra se persiste en esta ingrata tarea que conlleva a la contaminación de las aguas convirtiéndolas en inutilizables para las necesidades humanas.

Situación que se vuelve irreversible y, ante la que sería bueno, como un deber ineludible para con la Nación, que los personeros del Gobierno Central encargados de velar por la protección del medio ambiente y los recursos naturales, y más aún, los gobiernos municipales reflexionen ante los daños ambientales que propician cuando avalan concesiones o conceden permiso de extracción de materiales en áreas protegidas, o lugares donde anteriormente han existido pobladores y que por su historia y comportamiento natural son parte inevitable del patrimonio cultural de nuestro país.

Caso muy particular es el de los históricos cerros de La Barranca y El Coyotepe, llamados por los poetas masayenses “Senos de Masaya”. Paisajes heterogéneos de tanta belleza natural que han dado vida a Masaya y por ende a Nicaragua, están siendo cruelmente cercenados por una incoherente extracción de material producto de una actitud incomprendida que de una u otra forma incide negativamente en el progreso y desarrollo del país.

Igual sucede con otra área protegida que hace unos años fue declarada Parque Ecológico por la municipalidad de Nindirí, y con la Laguna de Masaya, donde al concederse permiso para la extracción de agua destinada al proyecto del desdoblamiento de la carretera Ticuantepe-Granada, poco se ha considerado el daño que producirá un impacto ambiental negativo.

Consecuente con esta realidad ambiental imperante en muchos ámbitos de Nicaragua creo que el Gobierno Central y los gobiernos municipales deben enmendar tantos desvíos ecológicos que ya han generado aconteceres de gran impacto negativo, perturbando no sólo el patrimonio cultural sino también a toda la biodiversidad en su conjunto.

Quizá sería necesario hacer memoria de los planteamientos hechos sobre la preservación del sistema terrestre en las Cumbres de la Tierra de 1972 y 1992, esta última celebrada en Río de Janeiro donde quedó patente y ampliamente demostrada la preocupación por la deforestación y la extinción de las especies.

Debe hacerse un alto a estos actos indiscriminados que más que todo afectan la inmutabilidad de los recursos hídricos superficiales y subterráneos. Tales de Mileto, tratando de entender la esencia del Universo y sintetizando éste en un solo elemento: escogió el agua; éste líquido que Jesucristo consagró como símbolo de limpieza espiritual y el que nuestros aborígenes le rindieron culto de veneración en la personificación mítica de Quiateot.

Debería pues lo anterior conducirnos a la reflexión de que si amamos la Patria y celebramos su libertad, debemos reducir y racionalizar con justicia la explotación de nuestros recursos para vivir en paz y armonía, no sea que mañana tengamos que decir:

“Ya no hay ningún lugar donde escuchar el canto de las flores en primavera, ni el susurro de la cigarra, ya no podemos oír el clamoroso gemido del pájaro nocturno ni el argumento de los batracios anuros en la quebrada del río en las cálidas noches de invierno; ya no tenemos las suaves caricias del viento mismo, lavado por la lluvia del mediodía y aromado con la mística fragancia del sauce y los azahares”.

* El autor es historiador

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