El walkerazo de la Lotería

Jorge Eduardo Arellano

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El walkerazo de la Lotería


Jorge Eduardo Arellano




Ningún ente estatal había difundido la concepción de William Walker como “Presidente” de Nicaragua hasta que lo hizo la Lotería Nacional de Nicaragua en un “álbum educativo” plagado de errores históricos. Pero ya habrá oportunidad de señalarlos. Por ahora, me limito —con la claridad y firmeza del pronunciamiento de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua—, a sostener que ningún nicaragüense digno de serlo puede aceptar a Walker como gobernante de nuestra patria. Esto sería negar “la tradición combativa de nuestro pueblo que, inspirado en el ejemplo del general José Dolores Estrada, Andrés Castro y Emmanuel Mongalo, derrotó al dominio filibustero y a la intervención norteamericana en la Guerra Nacional, según lo proclama en su Preámbulo la Constitución Política de la República. Si fuéramos españoles, equivaldría a justificar la invasión napoleónica que impuso a José Bonaparte (“Pepe Botella”) como Emperador, a desconocer el levantamiento popular madrileño del 2 de mayo de 1808, el triunfo de los patriotas en Bailén, la legitimidad de las Cortes en Cádiz y su Constitución liberal de 1812.

No se trata, pues, de “echar” al basurero de la historia al mercenario y psicópata que intentara, manu militari, la “regeneración” de la América Central, sino de hacer conciencia entre la ciudadanía del desacierto de incluir a Walker entre nuestros presidentes. Oportunamente, la Academia emitirá un dictamen sobre el tema; mientras tanto, invalido la opinión de quienes ponderan la microficha del álbum “lotero”. Ellos afirman que, “sin pretensiones de tesis doctoral” (?) “se ubica en la exposición de los hechos” (como si fuera posible en un párrafo sintetizar todo el proceso walkerista) para que los estudiantes (niños y niñas) “piensen su Historia”. Opinión, a todas luces, antipedagógica, pues tiende a dificultar el proceso enseñanza-aprendizaje y a confundir a la población escolarizada.

En el pasado —repito— ningún gobierno, a través de sus Secretarías de Instrucción Pública o Ministerios de Educación, tuvo esa lamentable ocurrencia. Todo lo contrario: siempre se editaron afiches de nuestros jefes de Estado, entre los cuales no figuraba “el último y más grande de los filibusteros”. Tampoco, como era lógico, se consideró tomar en cuenta su bandera: tres franjas, una blanca y dos azules; y la de en medio, del doble de ancho de las dos, con una estrella de cinco puntas en el centro. Tal bandera debería pender en el edificio de la Lotería, ya no “Nacional”.

En contraposición a los adjetivos gratuitos que me endilgan (“impugnador”, “emotivo”, “moralista”, “ambiguo”, etc.), quisiera puntualizar sobre los antecedentes inmediatos de Walker antes de su arribo a Nicaragua. En realidad, la intrusión filibustera fue producto de nuestras guerras intestinas, o pugnas entre las ciudades-estado de León y Granada, que culminaron en 1854. Pero, al mismo tiempo, expresión del mesianismo fundacional de Estados Unidos.

Sin embargo, la resistencia en el Norte de Nicaragua —que disponía de una fuerte base pecuaria— organizó el Ejército de Septentrión, llegando a derrotar en la batalla de San Jacinto al filibusterismo. En ella, “la superioridad del número y de las armas —citamos a Eduardo Pérez Valle— fue desvirtuada por el ardor patriótico y la habilidad táctica de los nicaragüenses”. Un militar mulato y de arraigados principios morales, José Dolores Estrada (1792-1869) fue el responsable de ese pequeño triunfo significativo que sirvió para levantar la moral de los connacionales e iniciar, con el apoyo de los países vecinos, la expulsión de Walker.

No debemos olvidar que su invasión a Baja California había tenido el objetivo de “independizar” ese Estado mexicano, declarándolo “libre” el 3 de noviembre de 1853; lo mismo hizo el 18 de enero de 1855, cuando se proclamó Presidente de la “República de Sonora”. Esta expedición desempeñaría un papel importante en la llamada compra de Gadsten, con la cual Estados Unidos tendrían una muy necesaria salida por el Sureste. Dicha “compra”, afirma Alejandro Bolaños Geyer, “fue la postrera porción de tierra que le despojó a México el Destino Manifiesto”. Entregándose en la frontera al gobierno estadounidense, Walker fue conminado a presentarse en San Francisco para responder al cargo de haber infringido la Ley de Neutralidad de su país. Enjuiciado cinco meses después, argumentó que él y sus hombres habían deseado “liberar de un gobierno corrompido al sufrido pueblo de Sonora y protegerlo contra las incursiones de los feroces apaches. Al igual que los Padres Peregrinos, dijo, había llegado a una tierra de salvajes a rescatarla de ellos y convertirla en un hogar de garantía y de paz para gente civilizada” (Frederick Rosengarten, Jr. : El ocaso del filibusterismo, p. 92).

Tampoco cabe relegar al olvido que Walker no era sino un abanderado esclavista del Sur estadounidense. Al respecto, Sergio Ramírez lo ubicó en su verdadera dimensión, definiéndolo como “un calvinista fundamentalista, filósofo del Destino Manifiesto, adalid de la expansión imperial, esclavista de corazón, seguidor implacable de la teoría del conde de Gobineau sobre la supremacía de la raza blanca (…) Su libro, The war in Nicaragua, es una maravilla exegética sobre la esclavitud: los blancos, dueños del mundo porque han sido bendecidos por Dios con la inteligencia; los negros, sus esclavos, porque tenían fortaleza física para trabajar; los mestizos, haraganes inservibles, debían ser exterminados”.

Por otra parte, en su obra The southern dream of Caribbean Empire/1854-1861 (Athens and London, The University Press, 1973), el historiador estadounidense Robert E. May demostró hasta la saciedad la conexión directa y sostenida de Walker y sus designios con el proyecto sureño de construir un imperio esclavista en el Caribe. A.A Henmingsen, la esposa del ex comandante de artillería de Walker, días antes de ser fusilado éste por los hondureños en septiembre de 1860, exclamó: “¿Será posible que los Estados del Sur se queden de brazos cruzados viendo que lo matan como a un perro?” (Véase el capítulo de May, titulado William Walker y los Estados del Sur que tradujo Luciano Cuadra Waters en el volumen 55 de la Revista de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, marzo 2003, pp. 116-142).

El gerente de la Lotería (a quien respetuosamente recomiendo pedir excusas en público por su pifia) tiene a su orden el capítulo de May, al igual que la obra de Rosengarten. Tal vez su lectura pueda conducirlo a modificar la actitud pro-walkeriana que se empecina en mantener. Tal vez comparta este chiste de Mario Cajina Vega: que el único Walker “tragable” por los “nicas” es el whisky “Johny Walker”.

* El autor es Académico de la Lengua

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