El secuestro express

Rolando Brenes Castro*

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El secuestro express


Rolando Brenes Castro*




Los denominados “secuestros express” son una modalidad delictiva que está adquiriendo una mayor relevancia en esta época. En algunos países hay legislaciones flexibles y blandas que dejan entrever cierta tolerancia para castigar este delito. No obstante, a raíz del vertiginoso crecimiento del secuestro con fines económicos con que viene siendo azotada la población en algunas partes del mundo, un gran número de naciones se han visto obligadas a endurecer y volver más verticales y rígidas las penas impuestas en contra de este delito.

El “secuestro express” constituye una violación a los derechos humanos que atenta contra la libertad, integridad y seguridad tanto del secuestrado como de las familias víctimas de este delito. Cualquier persona sin distinción puede ser víctima de un secuestro.

¿Cuáles son las características de este modo delictivo? Privan a una persona de su libertad para pedir a sus familiares rescate por ella. Los secuestradores tratan de resolver el suceso en unas pocas horas, intimidan a la víctima, la trasladan a otro vehículo y le roban sus pertenencias, entre ellas su tarjeta de crédito, etc. dejándola posteriormente abandonada. La persona se ve sometida al maltrato psicológico, lo cual se expresa a través de la privación arbitraria de la libertad, con el sometimiento de hacerlo un objeto de negociación, las circunstancias degradantes físicas y ambientales del lugar se hacen vulnerables a problemas de salud, que aún permanecen después de la liberación.

Generalmente estos casos generan conmoción pública, son noticia en la primera plana de los periódicos, corren rumores y a veces hasta se exagera. El shock psicológico que deja el “secuestro express” es fuerte, además que afecta a la familia. Las horas que dura un “secuestro express” son de tensión, nervios, angustia, alto estrés, el miedo a morir se convierte en un fantasma permanente. Este temor le acompañará independientemente del trato recibido por los secuestradores, y seguirá presente aún después de haber sido liberado.

El estrés es una condición de respuesta inherente al ser vivo. No puede evitarse, pues es un proceso a través del cual el organismo tiende a ajustarse frente a cualquier tipo de cambio que enfrente. Esos cambios pueden estar relacionados con hechos positivos —relaciones amorosas, promociones, premios— o negativos —enfermedades, situaciones laborales, asaltos, etc.— Frente a esas situaciones, el cuerpo humano se “prepara” con respuestas innatas —huida, ataque o parálisis— que van acompañadas de síntomas como palidez, frialdad, aumento de la respiración, pulso y latidos cardíacos.

Las respuestas frente a un mismo estímulo estresante, varían de persona a persona, dependiendo de los mapas —actitudes aprendidas con que el individuo vivencia en determinadas situaciones— que guían la conducta de cada uno. Por ejemplo, ante un asalto o robo con fuerza, una persona con mapas de minusvalía se dirá a sí misma: “no valgo nada” y/o de víctima: “todo lo malo me pasa a mí”, “mi vida es un desastre”; reaccionará con efectos mucho más traumáticos y duraderos que otra persona con mapas de alta autoestima y seguridad: “soy valioso”, “sé defenderme y saldré de ésta”. La primera tendrá más dificultad para ello, la cual tenderá a emerger continuamente en forma de recuerdos, pesadillas, temores. La segunda metabolizará efectiva y rápidamente el hecho violento, cerrando esa situación casi por completo, sólo permanecerá como un recuerdo.

Si las vivencias ante la situación del secuestro no son metabolizadas de inmediato, seguramente se producirá una cronificación de ellas, traduciéndose esto en síntomas tales como angustia, irritabilidad, malhumor, insomnio. Este camino podría conducir a un síndrome depresivo, añadiéndose a lo anterior decaimiento, tristeza, falta de apetito, ideas obsesivas de tipo catastrófico y hasta paranoicas.

Una cosa es la conducta de la persona en el instante en que se sucede el secuestro y otra las posibles respuestas psicológicas luego del suceso. Son dos procesos con niveles distintos, aunque conectados, entre otras cosas por la dificultad para aportar instrumentos prácticos que suavicen el trauma vivido.

Los secuestros, asaltos, etc. que hoy suceden a diario son una realidad con la que tenemos que vivir. Algunos queremos ocultarlo, otros apartarlo, para otros no existe. Algunos dirán: “mientras no me suceda a mí, estoy bien”, el resto que continúe. Aunque nos rehusemos a aceptar esta nueva realidad es bastante degradante, pesado y agotador vivir en una sociedad donde la atmósfera que se percibe es ese temor que está absorbiendo y de paso truncando las sanas costumbres de todas y cada una de las personas que conforman la sociedad en nuestro país.

* El autor es experto en seguridad pública

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