Roberto Rosales*
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Camarón que se duerme…
Roberto Rosales*
Desde hace varias semanas venimos siendo testigos, a través de los medios de comunicación, de cómo el país está en crisis, los poderes del Estado “entran y salen” de la crisis, etc. Pienso que esa crisis se engrandece o empequeñece de acuerdo al medio de comunicación y al grado de drama que quiera ponerle. Qué grado de crisis es el que estamos pasando, no lo sabemos con certeza. Lo que sí es cierto es que estamos pasando una crisis de falta de valores que lleva a actuaciones y hechos que todos nos lamentamos día a día. Esto es algo que no es sólo en nuestro país, pero, como queremos una patria mejor es ahora cuando debemos tomar medidas, comenzando a nivel personal.
La crisis a la que me refiero no está localizada en un determinado sector de la sociedad, sencillamente está generalizada. La falta de conductas ejemplares influye en la difusión del mal y los medios de comunicación hacen de superconductores de la crisis. Una película con una alta dosis de inmoralidad es más eficaz que diez lecciones de ética. Lo vemos a través del bombardeo permanente de los “reality shows”, de las telenovelas, de los dramas y las series de acción en las que los protagonistas hacen de todo: robar, violar, matar, defraudar, etc. Incluso se ha puesto de moda no el final feliz, sino en el que triunfa el mal y todo el mundo se queda tranquilo, pensando que tal vez así es la realidad.
Lo cierto es que la ciencia, la técnica y los conocimientos progresan a velocidades fantásticas. Basta comprobarlo en las cosas que usan y disfrutan las personas. En contraste, no existe el mismo progreso en nuestra formación ética ni en los valores que ponemos en práctica, precisamente en una sociedad en la que es necesario actuar con responsabilidad personal. En vez de empequeñecernos o querer pasar ocultos ante este reto, el mundo de cada persona debe hacerse grande a sí mismo, asumir el reto de su propia calidad de vida, que exige sin duda alguna un temple moral y una buena dosis de valores vividos.
Aceptando el reto, nos encontramos ante un ambiente en el que el contagio masivo de antivalores está al alcance de la mano. Hay que reaccionar con un antídoto, también masivo, de valores en todos los campos: en la vida personal y familiar, en la educación, en la empresa, en los grupos sociales y en la comunidad en general. La fuerza de los valores es muy grande; si se desencadenan, los cambios no tardarán en hacerse evidentes.
Aprender los valores por sí mismo o transformar los antivalores en conductas positivas es algo que sólo se puede acometer comprometiendo la libertad personal. Una vez que la persona toma la decisión de enfrentarse a una crisis, individual o colectiva, echa mano de lo mejor de sí misma para impulsar desde ahí las acciones futuras. Esto no se hace de la noche a la mañana. Supone un trabajo largo para que los valores se arraiguen en las personas. El peligro es dejarse arrastrar por la corriente de lo que el común de las personas hace, dice o piensa, y menos en un tema tan delicado como el de los valores. Sería como hacer depender de las encuestas de opinión asuntos que requieren el criterio personal basado en un juicio y en una deliberación racional. Es claro que nos despertamos para forjar los valores en nuestra vida o nos dejamos llevar por la corriente, y esa corriente probablemente no sea la mejor para nuestra vida.
* El autor es ingeniero