Una experiencia desconcertante

Pablo Sanabria

Cuando en diciembre de 1988 salimos, mi familia y yo, de Estados Unidos, para ir a trabajar a Honduras, los amigos y familiares se quedaron desconcertados por nuestra decisión. Honduras no sólo acababa de ser arrasado por el huracán Mitch sino que también se había vuelto un país peligroso en el que las pandillas controlaban las principales ciudades y en donde el secuestro de niños era rampante. Además, Honduras era el segundo país más pobre de América Latina.

Sin embargo, vivimos allí cinco años. Los hondureños nos trataron bien y lo único que lamentamos durante todo ese tiempo fue un hurto en nuestra casa mientras estábamos de vacaciones. Por lo demás, Honduras fue un país acogedor que nos impresionó por su pujante comercio y su creciente infraestructura. Aunque el nivel de delincuencia es alto, lo mismo puede decirse de Nicaragua y el resto de países centroamericanos. Aunque es un país pobre, los trabajadores tienen salarios más dignos que aquí. Y aunque hay mendigos, yo nunca vi en ese país desfiles de hombres, mujeres y niños (algunos de estos últimos con su uniforme de estudiantes) hurgando las bolsas de basura en las comunidades de clase media por las mañanas como aquí en Nicaragua. Esto, a pesar de que en Honduras jamás hubo una revolución social.

La creciente delincuencia en Nicaragua se puede observar en la arquitectura de las casas: porches totalmente cerrados y asegurados con cadenas; patios traseros con techo enverjado, sistemas de alarmas, cables de alto voltaje. A esto hay que agregar el riguroso pago de una vigilancia residencial que también está corrupta.

El sistema de prevención del robo es nulo. La Policía no cuenta con suficientes unidades para patrullar las vecindades. Se comete un robo y ya sabemos que es muy poco probable que los malhechores sean capturados. El ofendido pone la denuncia pero pronto se da por vencido porque sabe que no se dará seguimiento a su caso por falta de recursos materiales y humanos. La verdad es que la ciudadanía está a merced de los facinerosos.

Cuando en el mes de diciembre pasado regresamos a vivir en Nicaragua, los amigos y familiares se volvieron a quedar desconcertados por nuestra decisión. Lamentablemente, esta vez su desconcierto estaba bien fundamentado. Nicaragua se ha convertido en un país en donde la delincuencia, el desempleo, la miseria y la inseguridad ciudadana crecen alarmantemente y en donde el Gobierno parece no tener control de nada. Nicaragua se ha convertido en un país en donde los políticos de ayer y de hoy están ocupados haciendo pactos y re-pactos para distribuirse cuotas de poder mientras el pueblo se muere de hambre y de vergüenza.

Volver a vivir en Nicaragua ha sido una experiencia desconcertante.

El autor es abogado

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