Un análisis de la aventura informativa

José Saramago

Los que tienen una información que no necesita ser especializada, de la Geometría, saben que durante siglos se intentó alcanzar, llegar a lo que se llama la cuadratura del círculo, reducir el círculo a un cuadrado. Sólo en 1882 es que se ha llegado a la demostración final de que cuadrar el círculo es imposible.

Si yo digo que la información es la cuadratura del círculo estoy diciendo, aparentemente, que aunque no existieran periódicos ni radios ni televisión, siempre estaríamos recibiendo información del medio en el que nos encontramos, del paisaje, del río, de la luz, del cielo, todo eso va informando, pero cuando ahora nosotros decimos información, los que escriben y los que no escriben, pero presentan imágenes o leen lo que otros han escrito, los fotógrafos, todo ese mundo, viven para informarnos.

Claro que no es imposible todos los días recibir información, lo que es realmente imposible es la información total, lo que por otra parte es una obviedad que no merece mucho la pena que se pierda el tiempo para confirmar o para demostrar que la información total es imposible.

LA OBJETIVIDAD

Sobre la objetividad en la información o en cualquier actividad humana, sobre eso se ha discutido infinitamente; si es posible, si es imposible, hasta qué punto, por qué sí es objetivo, por qué no es objetivo.

Por lo menos desde mi punto de vista, la única conclusión sensata a la que se puede llegar es que vivimos enfrascados, rodeados de subjetividad. Yo diría incluso que no hay nada más que subjetividad, que podemos decir de todo tipo: las subjetividades ideológicas (y aquí se incluyen las subjetividades religiosas, que quizás sean lo más subjetivo que hay), las subjetividades de clase, las subjetividades de intereses personales, las subjetividades de grupo, subjetividades de sentimientos, subjetividades de cultura, subjetividades de costumbres, y se puede decir un infinito, enorme y largo etcétera.

Pero alguna vez creemos en una declaración, en una afirmación impositiva, como esa que dice “un hecho es un hecho”, y parece que con esto se cierra la puerta. Si un hecho es un hecho, entonces no tienes más que describirlo, y si describes un hecho, entonces, en principio, toda la subjetividad está excluida de la descripción.

En el momento mismo en que yo estoy describiendo el hecho estoy utilizando un lenguaje que, como todo el mundo sabe, es subjetivo.

La elección digamos que yo haga de las palabras con que describiré el hecho, ya es una subjetividad, y esto se encuentra todos los días.

Si hay un accidente en la calle y se encuentran diez testigos, pues hay diez versiones de lo que ha ocurrido, del hecho, y si sobre el hecho pasan una semana, dos o un mes, y vamos a preguntar otra vez a los diez testigos qué es lo que ha pasado estarán dando una versión que no coincide con la primera, porque la memoria no sólo se pierde, sobre todo en lo que tiene que ver con los detalles, y sobre todo porque la memoria, a veces tenemos la memoria que queremos tener, y excluimos lo que nos molesta, y por lo tanto, las versiones de lo que ocurre…

Basta pensar que cada vez que tengamos que hablar de la infancia nuestra, pues, en primer lugar, lo que hacemos es borrar lo que nos ha hecho mal, y entonces siempre tenemos una tendencia para hablar de lo que ocurrió, no quiero decir una imagen idealizada, pero la que nos conviene en cada momento.

EL HECHO

Pero hay algo, que hablar del hecho ha ganado un prestigio verdaderamente extraordinario, en mi opinión no merecido, no justificado, que es la imagen.

De la imagen siempre se está diciendo que vale por mil palabras y no es cierto. Y no es cierto, porque, con independencia de que efectivamente sean necesarias palabras, muchísimas de ellas, para explicar qué es lo que la imagen está mostrando, el mismo acto de fotografiar puede hacer de lo que se muestra, según el ángulo, la luz, el objetivo.

Todo eso puede aparentemente estar captando una realidad, algo que está ahí, pero la técnica, la inspiración del fotógrafo o lo que sea hará de eso una u otra cosa. De alguna forma se superpone una realidad a otra realidad, sin olvidar algo en lo que no se piensa mucho, creo yo, y es que la foto siempre aparece en un rectángulo o en un cuadrado y es como si el mundo se terminara allí, como si más allá de esto, para arriba, para abajo, para un lado y para el otro no existiera nada. No, la foto ha captado esto, y ha ignorado, porque no podía captarlo todo evidentemente.

Cuando decimos: “Esto es un hecho”, parece que el mundo empieza y termina allí, como si el hecho no fuera una consecuencia de una infinitud de hechos anteriores que convergen por un instante, por un momento, en un hecho que en el fondo es fruto, consecuencia, resultado de la acción múltiple, y de algunas de sus contradicciones, que llevan a un hecho determinado, y a partir de ese hecho se abre o ves para un número igual de infinito de posibilidades que llamamos consecuencias.

Lo que pasa es que como somos muy vanidosos siempre tenemos muy claro que somos objetivos. Los otros, no. Los demás son subjetivos. Entonces, siempre tenemos una pelea eterna, que durará para siempre, entre lo que creemos es nuestra objetividad. Porque tenemos de la realidad un punto de vista, entonces, como ese punto de vista es nuestro, todo lo que no coincida con mi punto de vista es subjetivo.

Este es el origen muchas veces de polémicas y de debates que cuando miramos con atención nos damos cuenta de que en el fondo todos es una cuestión de puntos de vista.

EL CREADOR DE OPINIÓN

Hay una expresión un poco bizarra, que es la creadora de opinión. Tengo que decir que me irrita profundamente: el creador de la opinión. Porque es inevitable que yo me descubra a mí mismo preguntándome: ¿pero qué derecho tiene un señor o una señora —por el hecho de que publica una columna en un periódico o participa en la radio o en la televisión o lo que sea, que se presenta como maestro— dando su opinión, que por el hecho de que sea suya parece que por lo menos tiene la ambición de que otros lleguen a la misma opinión, no por un trabajo mental suyo, sino porque se lo ha oído decir al periodista, o al articulista que así piensa?

Pero el problema es que alguien pueda creer que estar capacitado para expresar opiniones destinadas al consumo público.

Hay otra cosa más. Y quizás más importante, y es ¿qué espacio de libertad queda al consumidor de la información para poder elaborar opiniones que son las suyas? Pero, peor aún, a lo mejor cuando suponga que ya está habilitado a expresar opiniones que cree suyas, ¿serán realmente suyas? ¿no será al contrario, en la mayor parte de los casos, al menos, un conjunto más o menos coherente de fragmentos de ideas subjetivas de aquellos creadores de opinión que se acostumbró a leer o a escuchar? Es decir, ¿tenemos nosotros realmente ideas propias?

Ahora estoy hablando desde el punto de vista del receptor, pero incluso ¿el supuesto, el llamado creador de opinión, tiene ideas propias? ¿no tiene todo esto que ver con la pregunta que yo he formulado antes (de) por qué pensamos lo que pensamos? Lo que significa que pensamos lo que hay para pensar y pensamos, y no podemos pensar fuera de lo pensado.

¿Cómo se resuelve esto? Ah, no sé, yo siempre digo que soy un médico incapaz de curar, pero hago diagnósticos estupendos.

Imaginemos dos periódicos, o tres o cuatro. Uno con un análisis de lo que denominamos izquierda y otro con opiniones y análisis de lo que denominamos derecha. Es una evidencia de que los lectores de cualquiera de estos periódicos tienden a adoptar opiniones distintas —y no raro, contrarias— a aquellas que los lectores del periódico competidor defienden. Es decir, tenemos el lector del periódico A, que piensa que lo que el periódico A piensa, y tenemos el lector del periódico B, que se comporta igual.

Es que los lectores que se encuentran en esa situación no se dan cuenta de que esas opiniones que están defendiendo, por lo menos en lo fundamental, no son la consecuencia lógica y natural de sus propias reflexiones sino de la acción de penetración que los innumerables creadores de opinión vienen operando en su espíritu.

Es terrible esto, pero es mejor que lo entendamos así. Y esto no significa: “Bueno, si usted lo plantea así, ¿qué es lo que me queda, me paralizo, no pienso, no opino?” No, no. Piensen, opinen y además no tienen más remedio que pensar dentro de lo que la época piense, dentro de lo que ha pensado, peor al menos de que tenga conciencia de que esto es lo que pasa.

O al menos esto es lo que yo pienso que pasa. Porque es obvio: no podemos tener opiniones a partir de la nada. Se necesita conocer algo o tener una idea de lo que pasa alrededor nuestro para tener una opinión.

Por lo tanto, eso significa que la cuestión no está en el hecho ineludible de que nuestras opiniones son resultado de una red de información en que nos movemos y orientamos, tal como la araña se va moviendo y orientando en la tela. Curiosamente la misma araña que es productora de la tela no puede, salvo excepciones, fuera de ella. Nuestra tela se llama opinión.

La cuestión está en el sector de afinidad subjetiva en el que preferentemente circulamos y en el que nos reconocemos con nosotros mismos. Es decir, aceptemos que la objetividad es imposible. Reconozcamos que en el fondo todos somos subjetividad, pero hay afinidades subjetivas y esas son las que nos acercan unos a otros, acabando por formar grupos afines de subjetividad. Y es interesantísimo observar cómo es mucho más fácil cambiarse de partido político que de club de fútbol, porque al cambiarse de partido político, la persona buscará razones que por lo menos aspiran a ser objetivas para decir “yo estaba en este partido y por esto, por aquello y por aquello, cambié de partido”. Por lo tanto, aparentemente, son razones objetivas.

Mientras que aquel del club deportivo, que está inmerso en total subjetividad no tendrá, en el caso de cambiar, sino razones de orden subjetivo para expresarlo. Esto en el caso no del todo probable de que sea capaz de formularlo de un modo inteligible, porque cuando uno se mueve y tiene conciencia de esto por la subjetividad yo diría total, bueno, difícilmente puede formular razones, en sentido propio.

PRENSA Y PARTIDO

Cambiemos un poco. Se habla mucho de las relaciones peligrosas, relaciones de complicidad, que con cada vez más frecuencia se observa en la prensa (y cuando digo prensa, aquí hay que entender los medios) y los partidos políticos. Esa especie de concubinato que acabó por hacer de ciertos periódicos órganos difusores de los mensajes y de los intereses del partido que por una razón u otra le sea “simpático”. “Simpático” aquí tiene todas las comillas del mundo, porque lo que pasa es que hay otros intereses que no tienen nada que ver con eso muy humano de la simpatía.

En todo caso hay que reconocer que se habla mucho menos o nada de la corriente sanguínea, del cordón umbilical que en general une, liga la prensa a los grandes grupos económicos, a la banca, a la industria, al gran comercio. En algún caso —y eso lo sabemos todos— la simple amenaza de retirar la publicidad es suficiente para que ningún periódico ose denunciar abusos muy notorios, particularmente los que sean cometidos en el área laboral. No debemos hacer a propósito la vieja frase que dice que los periódicos sirven para vender clientes a los anunciantes y esto es tan cierto para las carísimas publicidades de página entera, como para los pequeños anuncios de contactos personales. Los periódicos sirven parta vender clientes a los anunciantes.

Claro que no sirven sólo para eso, y aquí se plantea otro problema y es la independencia, la siempre invocada independencia del periodista. En mi opinión se trata de una ficción, de buenas intenciones, con la cual se trata de amortizar las consecuencias negativas de la conciencia infeliz en el espíritu de los profesionales de la información.

INFELICIDAD

Creo que todos o casi todos los profesionales de la información viven con lo que yo llamo la conciencia infeliz. De una forma o de otra no puede impedir darse cuenta de todo lo que sucede alrededor suyo, no tienen más remedio que vivir con ello, pero quizás sin que se perciba, eso penetra en su espíritu y yo no lo quiero llamar mala conciencia, remordimiento, conciencia de que está siendo utilizado, yo lo llamo simplemente conciencia infeliz.

Y bueno, está claro que ningún trabajo es independiente, y no se puede hablar, no se puede de la independencia del periodista.

Yo dependo de mis lectores. El día en que se me acaben yo puedo seguir escribiendo, pero no viviré de lo que escribo. Por lo tanto, la independencia es un mito que no vale la pena imaginar.

Entre el jefe que está al lado y el patrón, que a veces no se sabe dónde está, el periodista lleva lo mejor de su vida a palpar el terreno inestable que más o menos lo sostiene y a preguntarse —y aquí es el gran problema otra vez— si está fuera o está dentro de la verdad del día, porque cada día tiene su verdad y en cada día no existe sólo esa verdad y es por lo que él se pregunta: “¿Estaré yo dentro de la lo que es la verdad del día para mi periódico, o estaré fuera?”

Entonces yo creo que mucho más útil que ese sempiterno y frustrado debate sobre la independencia del periodista, lo mejor sería examinar lo que yo llamo aquí las franjas (¿se puede decir franjas?… ¿y por qué no hablamos todos el mismo idioma?) de independencia relativa, porque en todo caso se pueden encontrar algunas franjas de independencia relativa, que le son permitidas a los periodistas.

Sin olvidar, en todo caso, que eventuales aplausos internos dependen mucho más de factores extraperiodísticos que de la exactitud de una información o de un análisis. Es decir, el periodista puede ser felicitado por sus jefes no tanto por la exactitud de una información o del análisis sino más bien ,por factores extraperiodísticos que puede conducir, en el mejor de los casos, al camaleonismo periodístico. El camaleón, como topos sabemos, toma el color el entorno,. Si el entorno es ver, el camaleón es verde. Si el entorno es marrón, el camaleón es marrón.

Esto es, en lo que tiene que ver con el tema del debate de este encuentro, yo creo que es la peste más nociva de nuestro tiempo (…).

El autor es escritor, Premio Nobel de Literatura 1998.

Texto abreviado de su intervención en la clausura del curso “La prensa cuestionada. Un análisis de la aventura informativa”, organizado por la Agencia EFE, que se celebró la Universidad Menéndez Pelayo de Santander (España).

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