Oscar de la Hoya se queja del dolor provocado por el potente gancho al hígado que Bernard Hopkins le conectó en el noveno asalto de la pelea de anoche.

Lo partió un rayo

De la Hoya fulminado por Bernard Hopkins Edgard Tijerino M./Enviado especial/ Las Vegas Lo siento Oscar. Seguir peleando ya no tenía sentido. En la vida, como lo dice la Biblia, hay tiempo para todo: para nacer, crecer, desarrollarse, triunfar, decrecer y morir. Nadie puede evitarlo. Bernard Hopkins fue demasiado fuerte, firme, violento y finalmente preciso, […]

  • De la Hoya fulminado por Bernard Hopkins

Edgard Tijerino M./Enviado especial/ Las Vegas

Lo siento Oscar. Seguir peleando ya no tenía sentido. En la vida, como lo dice la Biblia, hay tiempo para todo: para nacer, crecer, desarrollarse, triunfar, decrecer y morir.

Nadie puede evitarlo.

Bernard Hopkins fue demasiado fuerte, firme, violento y finalmente preciso, para matar ruidosamente, provocando un estrepitoso estruendo en la Arena del MGM.

Hay quienes piensan, incluido yo, que era mejor ser noqueado antes de entrar a la etapa de destrucción, algo que fue escalofriante y terriblemente dañino para “Tito” Trinidad hace tres años.

Al boxeador, por lo general, lo impulsa hacia todo tipo de riesgos, un amor propio tan inmenso como las pirámides de Egipto. Es algo congénito y permanece con él desde que decide ponerse los guantes.

Pero hay retos que son exagerados, hasta mortales.

Como retar a Bernard Hopkins, creyendo que a los 39 años había entrado en declive, que no era el mismo del 2001, que podía ser vulnerable, afectado por un boxeo inteligente.

Los tres primeros asaltos, enviaron señales engañosas. Oscar se movía hacia adelante amagando y disparando para conseguir distancia, atento a ese jab punzante y esa derecha zumbante y matadora, y por supuesto a las combinaciones de golpes que lo obligaron a horas de estudio, sobre la defensa que debía aplicar.

Después del tercer asalto, Hopkins se bañó en la fuente de la juventud que tanto buscó Ponce de León, y comenzó a volcarse.

Su jab mostró prontitud y precisión, y su derecha, siempre amenazante, bien amartillada. Podía aguantar los atrevimientos ahora menos constantes de Oscar y proponer mayor agitación.

Las tarjetas se desequilibraron mientras Hopkins se adueñaba del escenario mostrando autoridad para decidir cuándo pegar, qué tanto presionar y cómo intensificar el ritmo.

Naturalmente, la gente de la esquina de Oscar estaba clara de esto, como el propio púgil.

Prácticamente unidimensional al momento de entrar al noveno asalto, la pelea había perdido misterio. Agatha Christie hubiera buscado las puertas de salida un par de rounds antes del final.

Todas las variantes posibles de Oscar se esfumaron, y Hopkins fue a la caza con determinación. Lo empujó como lo estuvo haciendo en varios pasajes, y forzando y choque de cuerpos, disponiendo de poca distancia, descargó ese mortal gancho de izquierda que hizo crujir los huesos de las costillas del muchacho dorado que comenzó a proyectarse en Barcelona.

NO PUDO

En el noveno round, Oscar De la Hoya cayó como partido por un rayo. Se retorció y luego estuvo de rodillas intentando golpear el piso con su cabeza.

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