Fedra

Luis Sánchez Sancho

El doctor Ramiro Argüello me sugirió escribir sobre Fedra, el mito griego que según algunos siquiatras y sicólogos representa el amor patológico, la pasión amorosa como enfermedad total y mortal, de la mente y del alma.

Fedra era hija de Minos —el legendario rey de Creta— y de Pasifae, y hermana de Ariadna. Cuando Teseo —el que raptó a Helena, la de Troya, siendo ésta una niña, con la idea de conservarla hasta que fuera mujer para hacerla su esposa— llegó a la isla de Creta para ser entregado como tributo al Minotauro, que se alimentaba con carne y sangre humana, Ariadna se enamoró perdidamente de él. Entonces ella le ofreció a Teseo ayudarle a escapar del Minotauro a cambio de que se la llevara a Atenas y se casara con ella. Y así fue que Teseo pudo escapar del laberinto donde mató al bestial y sanguinario Minotauro, gracias al ovillo de hilo que le dio Ariadna.

Pero Teseo no amaba a Ariadna y se la llevó sólo para abandonarla en Naxos. De allí regresó a Creta para llevarse a Fedra, la hermana de Ariadna, que era de quien el héroe ateniense se había enamorado.

Fedra le dio dos hijos a Teseo: Acamante y Demofonte, y durante un tiempo la pareja vivió y reinó feliz en Atenas. Pero de repente, por una jugarreta de Afrodita, diosa del Amor, Fedra se enamoró locamente de su hijastro, Hipólito, el hijo que Teseo había engendrado en Hipólita, la reina de las Amazonas, aunque según otra versión lo habría tenido con Antíope, hermana de Hipólita.

Fedra le confesó su apasionado amor a Hipólito pero como éste se había consagrado a Artemisa, diosa de la virginidad, no le interesaban las mujeres, sólo la cacería. De manera que Hipólito rechazó a su madrastra y más bien, indignado, le reprochó su conducta indebida.

Fedra, enloquecida por la pasión insatisfecha y no correspondida, pero también frustrada por el despecho y avergonzada por el rechazo sufrido —pues su dama de compañía había divulgado la pasión que la reina sentía por el hijastro—, se quitó la vida no sin antes dejar un escrito para Teseo, en el que acusó a Hipólito de intentar violarla y que por eso había decidido suicidarse.

Furioso, Teseo desterró a Hipólito ordenándole que se fuese a Trecén, donde su abuelo. Además, Teseo pidió a Poseidón, dios de los Océanos, que castigase a su hijo. Y así fue que al pasar Hipólito a orilla del mar, conduciendo su carro, surgió del agua una monstruosa serpiente que espantó a los caballos, volcándose el carro y estrangulándose el inocente pero infortunado joven con las riendas de los equinos.

Ante tragedia tan grande la diosa Artemisa reveló la verdad a Teseo, quien al darse cuenta de que había causado injustamente la desgracia de su hijo, corrió al lugar donde agonizaba Hipólito para pedir y obtener su perdón.

Sobre la simbólica tragedia de Fedra escribieron los grandes clásicos de todos los tiempos: Eurípides, Séneca, Racine, D’Anunzio, y nuestro infaltable Rubén Darío, quien dice de Fedra que es “esa reina que se enamora con la pasión más loca que puede caber en humano corazón, que se revuelve, se agita con las convulsiones del frenesí; los celos la muerden como serpientes irritadas; y, loca, arrebatada, vuela en busca de sus viejos amantes…”

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí