Un jovencito contempla las armas donadas por Guatemala, con las que 100 hombres, además de los 60 indios flecheros, se defendieron de 300 filibusteros estadounidenses.

San Jacinto atrae más por la loma

Maestros y guías se quejan de que estudiantes ignoran museo Dicen que los visitantes y los escolares prefieren subir al cerro Wilder Pérez R. Ricardo Blanco es un estudiante de ocho años de edad, a quien ayer se le pudo ver pensativo en la cumbre de un pequeño cerro, desde donde contemplaba el Museo-Hacienda San […]

  • Maestros y guías se quejan de que estudiantes ignoran museo
  • Dicen que los visitantes y los escolares prefieren subir al cerro

Wilder Pérez R.

Ricardo Blanco es un estudiante de ocho años de edad, a quien ayer se le pudo ver pensativo en la cumbre de un pequeño cerro, desde donde contemplaba el Museo-Hacienda San Jacinto, escenario de la primera derrota sufrida por una invasión filibustera norteamericana en América Latina.

Su mente parecía retroceder a aquel 14 de septiembre de 1856, con los gritos del general José Dolores Estrada, la mortal pedrada del sargento Andrés Castro a un filibustero, la desbandada de bestias, el contraataque de los indios flecheros y la muerte del coronel Byron Cole. Pero por sorpresa, eso nunca pasó por la imaginación de Ricardo Blanco.

“Estoy descansando porque está dura la subida, se cansa mucho uno y después hay que bajar”, respondió Blanco, estudiante de segundo grado en Tecolostote, Boaco.

Él no estaba rememorando la carrera mañanera que emprendió el espía nicaragüense Faustino Salmerón, para avisar a las tropas nacionales que se acercaba la invasión estadounidense, sino que satisfacía su curiosidad de subir y bajar el cerro San Jacinto.

Por grandes que sean los grupos que ingresan a la casa-hacienda, éstos no pueden compararse con la cantidad de personas que se quedan afuera con el propósito único de divertirse. Así lo confirmó la maestra Elena Rojas Urbina.

“El objetivo es que los estudiantes conozcan sobre la batalla… (pero) ellos se divierten más aquí”, menciona la profesora, que a las 10:00 de la mañana ya tenía el rostro marchito por andar correteando a decenas de alumnos de la Escuela Rubén Darío, de San Francisco Libre, cuyo objetivo, apenas bajaron del bus, fue subir al cerro sin que les importara cuánta historia dejaban de un lado.

Para el guía Guillermo Antonio Alemán, esto ocurre cada año con mucha frecuencia. “La mayor parte de los estudiantes, sobre todo de la secundaria, no tienen mucho interés en la historia, dicen que eso de nada sirve, suelen burlarse de la gesta histórica”, comentó.

Saúl Cruz, un estudiante de segundo año de educación secundaria del Colegio Latinoamericano, aseguró que él no se burla del heroísmo de sus compatriotas, aunque reconoció que por conocer de antemano lo que ocurrió en San Jacinto, no se interesa tanto en el museo como en subir el cerro.

Para Cruz, las consecuencias son desconocer por dónde atacaron los filibusteros, dónde se ubicó Castro, desde dónde corrieron las bestias y por dónde contraatacaron los indios flecheros, a pesar de tener una excelente vista desde la loma, ubicada a poca distancia al este de la casa-hacienda.

“Pero ellos dicen que de nada las sirve saber eso”, aseguró Alemán, el guía.

Así, los que más saben de la batalla, son los niños de primaria, porque son a los que mejor controlan los maestros, pero igual prefieren subir el cerro que hace 148 años era una frondosa montaña y hoy, gracias al “ataque” de los escolares, no es más que una colina desolada donde no es raro encontrar el vaho de heces multicolores o huellas de gente que se resbaló en la cuesta empedrada.

“Eso tiene que ver con el sentido de aventura de los niños, porque allá lo que te encontrás es: o que te roben o el paisaje”, comentó Freddy Solís, administrador del Museo-Hacienda. “Lo bueno es que están viniendo más turistas nacionales que en otros años y se interesan más por la historia”, añadió, aunque sin ofrecer datos estimados.

Los que están inquietos son los vendedores y dueños de caballos, quienes no han visto esta temporada las ganancias de épocas anteriores, al punto de que en la cúspide del cerro, a donde todo el mundo llega sediento, justo al pie de la Bandera de Nicaragua, lo que más venden son cigarros, por sobre el agua y las gaseosas.

“Es una cuestión cultural, como la basura, que teniendo suficientes recipientes botan la basura en cualquier lugar, se necesita una mejor coordinación con el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, incluso para reforestar la hacienda a través de las horas ecológicas”, destacó Solís.

Mientras tanto, alumnos como Cruz seguirán sin conocer los dos fusiles, tres bayonetas, cinco pistolas, una base de tintero y una carátula de reloj que perduran en el tiempo tras aquella batalla, así como los restantes datos de la afamada gesta heroica, que dan paso a errores como el que aparece en el discurso presidencial del 5 de septiembre de 2002, reproducido en la página electrónica www.presidencia.gob.ni, cuando el presidente Enrique Bolaños, supuesto bisnieto del dueño de San Jacinto, habría dicho, literalmente, que “Andrés Castro mató a Byron Cole”, cuando realmente éste fue desollado por Salmerón, después de la batalla.

LO QUE BUSCAN

Un buen porcentaje de los 300 mil visitantes promedio anuales, la mayoría escolares, llegan a la Hacienda San Jacinto más preocupados por la satisfacción personal de alcanzar la cumbre del cerro, que por conocer o refrescar lo que saben sobre una de las batallas más famosas de Nicaragua.

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