¿Quién quiere ser mi fiador?

Fernando Centeno Chiong*

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¿Quién quiere ser mi fiador?


Fernando Centeno Chiong*




No estaría motivado a escribir sobre este tema, sino fuera porque dos estimados colegas periodistas se encuentran involucrados en una indeseable y desafortunada situación que no sólo ha afectado su estabilidad económica y laboral, sino que también familiar.

El primer caso es el de una conocida colega, quien sirvió de fiadora de tarjeta de crédito y nunca se imaginó que varios años después este favor le iba a provocar situaciones difíciles, hasta el punto que le fue embargado su sueldo, por una de ellas, y por otra la vivienda de ella y de sus hijos, comprada con muchos años de sacrificio y de trabajo, mientras el monto de lo adeudado sigue creciendo, hasta que el usuario de la tarjeta no responda por el crédito del cual se benefició.

El otro caso es de un colega que hace varios años sirvió de fiador para la compra de un vehículo a una compañera de trabajo, la cual no pudo cancelarlo y quien no sólo se vio obligada a devolverlo, sino que quedó con una deuda que con el paso de los años y debido a los leoninos intereses moratorios bancarios ha resultado ser casi igual al valor original del vehículo. En este caso la situación fue peor, porque no sólo el colega tiene embargado el sueldo y sus propiedades, sino que también ha sido acusado en un juzgado por el delito de injurias por la persona a la cual le sirvió de fiador.

Casos como éstos pueden estar ocurriendo por centenares en nuestro país donde desafortunadamente se está perdiendo uno de los principios más firmes y sólidos que tenían nuestros antepasados, como es la honestidad, la lealtad y saber honrar la palabra. Los jueces de los municipios cercanos a Managua, como Mateare, Ticuantepe, Tipitapa, Diriamba y otros, se encuentran atiborrados de juicios contra deudores y fiadores de bancos, instituciones crediticias o emisoras de tarjetas de crédito, cuya misión es recuperar lo prestado, los intereses y los gastos legales sin importarles los daños económicos o morales que pueden sufrir los deudores, los fiadores y sus familias. Al fin y al cabo los bancos nunca pierden mientras algunos jueces están haciendo un buen negocio.

La letra chiquita de los contratos, convenios o pagarés por deudas, establecen que el cliente o la potencial víctima renuncia a su domicilio, lo que significa que como puede ser demandado en su lugar de residencia, también puede ocurrir en cualquier municipio, por lo que nunca se daría cuenta que le pueden estar afectando su sueldo, sus bienes muebles y hasta su propia casa por el favor que en algún momento hizo, de servir de fiador. La cultura del no pago que tanto daño hizo en la década de los ochenta parece haberse convertido en una lápida que afecta las relaciones económicas entre las personas, las amistades, las laborales y hasta familiares.

En tiempo de nuestros padres y abuelos cuando no había bancos, ni tarjetas de crédito, ni financieras, bastaba la palabra y tras la palabra estaban el principio de honradez, que es la mejor herencia que se puede transmitir de una generación a otra. Desafortunadamente mucho de esto se ha perdido. Por esta razón, cada vez que un compañero de trabajo, amigo, familiar, no importa el parentesco que tenga, pregunta: ¿Querés ser mi fiador?, piénselo bien antes de responder, porque puede perder la amistad y el dinero.

El autor es periodista y abogado*

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