Deformación de la danza nicaragüense

Irene López

Con mucho pesar he visto en los últimos “espectáculos” de danza folclórica presentados en el Teatro Nacional Rubén Darío por grupos aficionados cómo nuestro rico arte danzario se deforma con la autorización e indiferencia de la Junta Directiva del Teatro Nacional Rubén Darío que preside el señor Napoleón Chow.

Con el pretexto de enriquecer, estilizar, “baletizar”, etc., nuestras danzas, se ve más bien una mezcolanza de ritmos, pasos y movimientos ajenos a los nuestros, un programa pegosteado, aburrido y sin coherencia histórica, brincos, carreras y patadas acrobáticas y de pantomima. Se ha caído en la vulgaridad, la chabacanería, el plagio y la caricatura. El señor Chow permite que se presente al viejo y la vieja haciendo gestos obscenos, bailando cumbia y un montón de locuras e inventos que mencionarlos todos es de no terminar.

Las vaquitas de Santo Domingo levantan faldas y piernas al mejor estilo del can-can (baile de cabaret), faldas con movimientos y lenguaje mexicano, panameño, colombiano. Los diseños extranjeros en los trajes van desplazando a los nuestros, se cambian hechuras, colores, adornos, ancho, largo, se inventan trajes a gusto y antojo, los zapatos de tacón han desplazado al caite, se ignora que en todo esto hay un tiempo histórico que el pueblo reconoce.

Nuestras danzas constituyen un importante patrimonio cultural y éstas deben ser presentadas con mucha calidad artística a un público que paga para ver un espectáculo bello y con proyección predominantemente. Por eso para presentarse en el Teatro, máximo templo de la Cultura Nacional al artista de la danza, la Junta Directiva debería exigirse como mínimo que domine espacio, ritmos, coordinación y pasos, que presente una investigación científica del material a presentarse, ya que ellos además de enriquecer, estilizar y “baletizar” nuestras expresiones danzarias tienen la obligación de preservar su esencia y atender a los contenidos, pasos, estilos, lenguaje, diseño de vestidos, colores, etc., para proyectarlas lo más fielmente posible.

Esto provoca una cadena de confusiones, aquí dos ejemplos: los medios de comunicación, quienes también adolecen de información científica, contribuyen a la pérdida de nuestras tradiciones porque con comentarios fomentan sin darse cuenta el extranjerismo y la pérdida de la identidad, no se dan cuenta de la importancia de comentar adecuadamente nuestras manifestaciones culturales, pues la difusión errada de las expresiones del folclor puede ocasionar la explotación inadecuada del patrimonio cultural de la nación. Los profesores en los colegios van enseñando las danzas y vestuario deformados, heredando a los niños un folclor extranjerizado, irrespeto a nuestras tradiciones y pérdida de identidad.

Todo artista nacional tiene el derecho de poner su espectáculo en el escenario del teatro, pero ese derecho se tiene que ganar con trabajo intenso y demostrar antes de pararse en ese escenario que se tiene la calidad, técnica y estética requerida y no dar gato por liebre presentando ante el público danzas, pasos y vestuario que no son nuestros. Es por eso que sugiero que estos espectáculos deben ser evaluados por una comisión no sólo de danza sino por historiadores e investigadores de nuestras raíces.

No puedo dejar de referirme a los ballets folclóricos que tienen un trabajo reconocido y que han hecho que Nicaragua sea reconocida como el más rico y variado folclor en la región, pero la competencia entre ellos es tan fuerte en calidad, vestuario, creatividad, coreografía, estilización, proyección, etc., que a veces pierden sin darse cuenta expresividad, originalidad e identidad. Sin embargo ellos más que nadie tienen la obligación de preservar la esencia de nuestras tradiciones, pues con su ejemplo están contribuyendo a la pérdida de identidad.

La autora es experta en danza folclórica.

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