Cambio de todos para cambiar todo

Ana María Ch. de Holmann

La preocupación y señalamientos que se han venido haciendo recientemente acerca del vertiginoso deterioro de los valores y principios morales y cristianos en nuestra sociedad han sido confirmados en pleno con el reciente caso del round del boxeador Ricardo Mayorga, en el que se exhibió en su totalidad la corrupción en varios aspectos.

El pueblo de Nicaragua pudo sentir en carne propia su frustración, por lo menos los que tenemos un comportamiento dentro de la moral, el civismo y la honestidad. Todos hemos sentido estas frustraciones, las que para mí son cuatro:

La primera desilusión es la ofensa hacia la mujer. Ya está clara la culpabilidad de la violencia de Mayorga y no quiero entrar en detalles, no es necesario repetir lo que ya todos sabemos, pero con este hecho sí se dañó y se violó el respeto a la dignidad de la mujer. Luego, peor aún, se siguió ultrajando esta dignidad ya que un grupo de mujeres fanáticas e irresponsable, contradictoriamente a su género en vez de apoyar a la víctima hizo barra para que el “ídolo” saliera libre. Lo triste es que quizás ellas han sufrido en carne propia o a su alrededor esos mismos vejámenes y ya ese ambiente va siendo, o es, algo natural para ellas.

La segunda desilusión ha sido la del pueblo deportista nicaragüense al ver que su país es representado por una persona en la que habían puesto su confianza, su orgullo y ahora han visto a este afamado deportista caer muy bajo al punto que no vale la pena ganar ese cetro por el nombre de Nicaragua.

El tercer desengaño es que ahora se ha podido medir la dimensión de los parámetros de la moralidad existente de nuestra sociedad actual en la que se ha perdido desde los más íntimos principios y valores culturales, tradicionales y patrones que las familias, padres y escuelas transmitían a sus hijos de generación en generación, lo cual es urgente recuperar para salvar las nuevas generaciones que son el futuro del país.

La cuarta frustración que sufrió todo el pueblo nicaragüense es la de confirmar la corrupción existente en la administración de justicia, la impunidad, la debilidad ante “los poderosos”, ante los que gozan de “fama” ante los “hombres fuertes” a quienes hay que “complacer” en sus caprichos, enfermedades y pasiones por influencias políticas o poderosas.

Las autoridades judiciales deben seguir los consejos de una madre a su hijo, el rey Lemuel de Massa que relata el Libro de los Proverbios: “Abre la boca a favor del mundo y defiende la causa de todos los abandonados. Abre tu boca, pronuncia sentencias justas, haz justicia a los desdichados e indigentes”. (Pr. 31-8,9).

Quizás todo este golpe asestado por “El Matador” a la sociedad nicaragüense es una “campanada” a fin de despertar el interés de todos los ciudadanos para hacer el esfuerzo entre los padres de familia, los maestros en las escuelas e institutos, entre los medios de comunicación, escritos, radiales y televisivos de empeñarse a la tarea de hacer cambiar a cada uno a su alrededor a la actitud auténtica de los principios y valores cívicos y cristianos, por medio de este cambio tendremos nuevos y mejores hijos de la patria.

Con este cambio de actitud se eleva a la mujer, a su dignidad que merece como esposa y madre de familia, la que ella deberá cuidar para ser digno ejemplo para sus hijos.

Con ese cambio adquirimos una responsabilidad cívica para poder elegir debidamente a las personas que representen nuestras autoridades dentro y fuera del país.

Este cambio de actitud deberá ser integral, depurando ese sello de corrupción que se ha venido grabando en todas las instituciones desde hace mucho tiempo, primero por el mal ejemplo de sus directores y luego porque a éstos los anima la inercia en la aplicación de las leyes la impunidad y la inmunidad que los cubre y ampara el sistema judicial.

Cambiando todos, cambiaremos todo.

La autora es cabeza de familia.

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