Eco

Luis Sánchez Sancho

En la columna de la semana pasada mencioné a Eco, la enamorada no correspondida de Narciso, pero sólo de pasada. Ahora debo referirme a ella con un poco de detenimiento.

La leyenda de Eco es, a mi juicio, una de los más encantadores de la mitología griega. Eco era una bellísima ninfa, hija del Aire y de la Tierra. Vivía en el monte Helicón y tenía entre muchos dones el de la fantasía y la elocuencia. Precisamente por eso Zeus la llevó al Olimpo, para que entretuviera con sus charlas fantasiosas a su mujer, Hera, mientras él se dedicaba a sus incontables e infatigables conquistas amorosas.

Sin embargo Hera, quien se pasaba el tiempo distraída por los cuentos de Eco, finalmente se dio cuenta del engaño y volcó su furia contra la ninfa, a la que castigó quitó quitándole la facultad de hablar, pero al mismo tiempo la condenó a repetir siempre la última sílaba de cuanta palabra escuchara.

De vuelta a los bosques, la infortunada Eco se enamoró locamente del apuesto Narciso, lo persiguió por todas partes tratando infructuosamente de hablarle de su amor. De todas maneras Narciso no atendía los requerimientos amorosos de ninguna mujer y despreció también a Eco.

Destrozada su alma por el desamor, pero también avergonzada por el menosprecio de Narciso, Eco se retiró a lo profundo de los bosques, se escondió en las cavernas y los abismos y fue muriendo poco a poco a causa del sufrimiento amoroso, hasta que quedó en los huesos, los que se convirtieron en piedras, no quedando de ella nada, absolutamente nada, sólo el sonido (la palabra eco significa sonido, en griego) de su voz que cumple eternamente la maldición de Hera.

Según otra versión del mito de Eco, el dios Pan se enamoró de ella, pero la bella ninfa lo rechazó y más bien se burló de la fealdad del dios de los rebaños y los pastores, cuya figura era mitad hombre y mitad macho cabrío.

Entonces Pan se vengó de Eco haciendo que los pastores sufrieran una súbita locura colectiva que los indujo a atacar a la ninfa, a la que destrozaron y esparcieron sus restos por todas partes. Pero la madre de Eco, la diosa de la Tierra, recogió todos sus pedazos y los convirtió en piedras sonoras que arrojó por todos lados, particularmente en las grutas, las hondonadas y los abismos.

Una tercera versión del mito de Eco relata que ella fue, en efecto, condenada por Hera a repetir el sonido de la última palabra que escuchaba, pero pudo casarse con Pan a quien le tuvo dos hijas. Una de ellas era Finge, quien se hizo famosa al hacer que Zeus bebiera un extraño brebaje para que el gran dios se enamorara perdidamente de Ío, y por eso fue transformada en el ave que lleva su nombre cuya carne se considera que es un estimulante erótico.

La otra hija de Eco era Yambé, la que se encontró con Deméter cuando ésta, enloquecida por el dolor maternal buscaba por todo el mundo a su adorada hija Perséfone, raptada y llevada a los Infiernos por Plutón, y le contó chistes picantes para hacerla reír y olvidar por un momento su tragedia.

Por eso, en los ritos de Eleusis, la misteriosa ciudad de la antigüedad griega donde se encontraba el centro del culto a Deméter, durante las celebraciones en honor a la diosa se solía contar chistes de toda clase.

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