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El “presidente” Walker
El Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD) ha invitado a los nicaragüenses a cantar el Himno Nacional, todos al unísono, hoy viernes 10 de septiembre, a las 6 de la tarde, “como un gesto de amor y respeto a la Patria”.
Es loable y merece ser oída y cumplida esta iniciativa del MECD, que sin duda tiene el propósito de alentar el espíritu patriótico de los nicaragüenses. Pero del mismo modo que se debe elogiar las buenas iniciativas, también hay que criticar los hechos desacertados, ya sean del mismo MECD o de cualquier otra dependencia del Estado, alrededor de esto o de cualquier otro asunto de interés público.
Tal es el caso del Álbum Educativo Gobernantes de Nicaragua, de la Lotería Nacional, en el que se incluye a William Walker como uno más de los presidentes del país a lo largo de la historia nacional. Ese álbum “es una iniciativa de Lotería Nacional en coordinación con el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, quien reconoce el valor de la información biográfica que aporta este esfuerzo para el trabajo que a diario realizan los maestros en la formación integral de la niñez y la juventud nicaragüense”, se dice en la página electrónica del MECD.
Pero presentar a Wiliam Walker como Presidente de Nicaragua, aunque se diga que “fue electo en medio de una farsa electoral”, no es realmente un aporte valioso a “la formación integral de la niñez y la juventud”.
No es que se quiera borrar de la historia a William Walker. Eso es imposible y pretenderlo sería un disparate. De lo que se trata es de que hay que poner a Walker en el lugar y la dimensión histórica que realmente le corresponde, como filibustero criminal, independientemente de que haya llegado a Nicaragua porque fuera contratado como mercenario por una facción política (la liberal) de nicaragüenses.
Es inaceptable que las instituciones gubernamentales reconozcan oficialmente y quieran imponer como “Presidente de la República”, a Wiliam Walker, porque no lo fue en realidad, ni de derecho ni de hecho. Walker se autoproclamó “presidente” de Nicaragua en julio de 1856, mediante unas falsas elecciones que únicamente se hicieron en las zonas controladas por él, en Granada y Rivas, y aún en estos lugares sólo de manera aparente, pues según testimonio de uno de los filibusteros, recogido por el eminente historiador nicaragüense Alejandro Bolaños Geyer en su obra: Wiliam Walker, el predestinado, los “votos” fueron pre-elaborados por los mercenarios extranjeros walkeristas.
Como es bien sabido, la legitimidad de un gobierno o gobernante puede ser de origen o de ejercicio. O sea que alguien impuesto a la fuerza como gobernante, de manera ilegítima, adquiere lo que se llama “legitimidad de ejercicio” si la población acepta por la razón que sea que se quede en el ejercicio del poder.
Pero ésa no fue la situación de Walker. Éste no sólo se autoproclamó “presidente” de manera ilegítima, sino que nunca pudo gobernar en la mayor parte del territorio nacional. Además, al mismo tiempo que él se hacía llamar “presidente” de Nicaragua habían otros dos que reclamaban el mismo título y cargo: Patricio Rivas y José María Estrada, quienes ejercían su autoridad en otras partes importantes del país. De manera que desde cualquier ángulo que se quiera ver el asunto, no es correcto reconocerle al filibustero estadounidense el título de Presidente de la República de Nicaragua. Y, repetimos, esto no significa querer borrarlo de la historia sino darle el lugar que de veras le corresponde, así como también respetar la dignidad de la Presidencia de la República de Nicaragua.
La historia, dicen los historiadores, es todo aquello que le ha pasado a las personas y a las naciones, en lo que se ha participado ya sea de manera vulgar o genial, como protagonistas o comparsas, como héroes o criminales. Así es, sin duda, pero es un grave error confundir a los criminales con los héroes y a los simples aventureros con los gobernantes que fueron legítimos de hecho o por derecho.