Fabio Gadea Mantilla
Ahora que se ha puesto al Seguro Social en la picota pública, vale la pena hacer algunos comentarios generales sobre el mismo. En primera instancia habría que decir que doña Edda Callejas no tiene ninguna culpa de las irregularidades e inhumanidades que el Seguro Social viene arrastrando desde el año 1979, cuando en mala hora cayó en manos del sandinismo.
Los sandinistas, contagiando con su euforia revolucionaria a todo un pueblo obnubilado por el triunfo arrollador contra Somoza, hicieron del Seguro Social un gran monumento a la demagogia. Cambiaron todo el régimen social imperante en el Seguro que, en honor a la verdad, funcionaba bastante bien, y decidieron que todo el pueblo debería recibir los beneficios de la Seguridad Social, fuera cotizante o no.
Así, incorporaron al Seguro Social a miles y miles de combatientes y no combatientes, gente que jamás había cotizado ni una cuota en el Seguro y la equipararon con los que teníamos más de treinta años de estar pagando nuestras cuotas. Crearon el Sistema Nacional Único de Salud (SNUS) que convirtió a los hospitales en centros inoperantes.
Éste fue el golpe mortal que el frentismo le dio al Seguro Social, todo para propagandizarse como los defensores de los obreros.
Allí comenzó el Seguro Social a convertirse en un desastre. Funcionó los primeros meses, pero al poco tiempo no daba para todos y se fue resquebrajando hasta volver a ser rescatado en los años noventa durante el régimen de doña Violeta. Rescatado en condiciones agónicas.
El problema del Seguro Social es que no tendrá fondos para atender los requerimientos de sus asegurados porque ha sido víctima de saqueos indiscriminados y porque los mismos ministerios de Estado le deben millones de córdobas. En tiempos de Somoza, a pesar de que podía haber servido como caja chica del partido de gobierno, había cierta vergüenza y los Somoza pedían algunas contribuciones, pero sin abusar demasiado.
Durante la época frentista, que eran tiempos en que la guerra lo justificaba todo, vaya uno a saber lo que ocurrió pues tampoco se le rendía cuentas al pueblo, ni importaba llevar libros contables. La anarquía de la guerra, el pretexto de la defensa de la Patria frente a la invasión imperialista lo justificaba todo.
De aquellos vientos vienen las tempestades que hoy vive el Seguro Social. Los seguros sociales en el mundo son instituciones que manejan cantidades de millones que pertenecen a los asegurados, son las pensiones que en algún momento hay que pagar. Ese capital enorme es utilizado en países desarrollados para hacer inversiones rentables que favorecen a la propia institución del Seguro.
No es ése el caso nuestro en el que durante años y años de desorden han dado como resultado un Seguro Social en serios problemas económicos, lleno de situaciones injustas para los asegurados, con jubilados descontentos y mal pagados, con un servicio deficiente en el que el asegurado no recibe medicinas y hacerse una resonancia magnética es un sueño imposible.
Francamente no creo que cambiando el método para manejar el Seguro Social se logre algo. El problema no es el nombramiento de un buen director en el Seguro. Doña Edda lo ha hecho bien dentro de las circunstancias actuales. La Asamblea Nacional no puede, como por arte de magia, componer los desastres endémicos del Seguro Social tan sólo con lograr que los diputados sean quienes nombren a los funcionarios del mismo.
Debe haber otro tipo de soluciones. Por ejemplo, los ministerios le deben al Seguro millones de córdobas. Los ministerios nunca pagan. Sólo las empresas privadas pagamos, el Gobierno no paga. Entonces, comencemos por hacer que los ministerios paguen las cuotas de sus empleados. Así podremos recomponer en algo nuestro Sistema de Seguridad Social.
El autor es empresario radial y diputado al Parlacen