¿Borrón y cuenta nueva?

Humberto Belli Pereira [email protected]

¿Borrón y cuenta nueva? ¿Amnistía y reconciliación? Los términos nos atraen. Quizás imaginamos la conmovedora escena del hijo pródigo en los brazos de su padre, después de haber dilapidado su herencia. Pero debemos ser cautelosos: un valor, de por sí bueno, no puede promoverse si sacrifica otros valores más importantes.

El trabajar duro es una virtud. Pero dejaría de serlo si por él descuidáramos el tiempo debido a la familia. En la práctica de los valores ha de existir un orden, una jerarquía.

Los fariseos eran celosos cumplidores de preceptos muy exigentes. Pero en una ocasión Jesús les dijo: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, pero habéis abandonado lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad. Estas cosas había que hacer, sin omitir aquéllas”.

No desprecia Jesucristo el pago de los diezmos. Lo que rechaza es la hipocresía oculta bajo ese falso celo, pues simultáneamente incumplían otros deberes más esenciales: la justicia, primero, y luego la misericordia y la fidelidad. El perdón y la reconciliación, de por sí valiosos y nobles, no pueden ejercerse a expensas de la justicia.

La justicia, como valor, precede a otros valores muy estimados pues tiene como fundamento la dignidad de la persona humana. La defensa de los derechos del hombre y la mujer comienza por la sana aplicación de la justicia. Juan XXIII decía que la verdad y la justicia son pilares fundamentales de la paz. El bien y la paz social requieren dar a uno lo que le corresponde; esto implica beneficios para quienes obran bien y castigo para quienes delinquen.

La impunidad no abona el bien común sino que lo socava, dando aliento a quienes actúan mal y sembrando el desprecio por la ley y los principios. Una de las funciones más importantes del castigo es educar y promover ciertos valores. Las sociedades premian las conductas que aprecian y castigan las que aborrecen. Una sociedad donde los asesinos son liberados con facilidad, siembra menosprecio por el valor de la vida humana. Una sociedad donde los ladrones son perdonados con facilidad, siembra menosprecio por el valor de la honradez.

Una de las tragedias más grandes de Nicaragua es precisamente la increíble tolerancia que existe hacia el robo. Quienes saquearon el erario con la piñata de 1990 andan libres y hoy son magnates e importantes políticos. Las escandalosas quiebras bancarias casi no han tenido consecuencias penales, y los pocos arrestados a raíz de las últimas malversaciones gozan de privilegios carcelarios excepcionales. El país, y en particular los pobres, pagan un alto precio por esta alcahuetería. La correlación entre intolerancia a la corrupción y progreso es contundente. Singapur, que es la sociedad que ha dado el salto más espectacular al desarrollo (de menos de cuatrocientos dólares por habitantes hace 30 años a 27 mil actualmente) es un país con cero tolerancia a la corrupción.

La compasión no implica hacerse la vista gorda con las acciones de los criminales. Al contrario. La compasión implica que no se tolere ni se trate con benignidad a quienes desfalcan a los pobres. Cuando a los criminales se les da una palmadita cariñosa en el hombro y se les abre la puerta de la libertad, se ofende a sus víctimas y se cultiva la inmoralidad.

Los millones robados al pueblo por quienes han detentado el poder son un grito que clama al cielo. Con ellos se pudiesen haber construido centenares de centros de salud, duplicar el salario de los maestros, y absorber en primaria a toda la población escolar. El costo social de estos robos son las miles de vidas humanas a quienes se les negó la oportunidad de salir de la miseria. Quien minimiza la gravedad social y moral de estos hechos minimiza la dignidad de las personas que los sufren y prolonga la pobreza del pueblo.

La misericordia cabe cuando se han hecho esfuerzos genuinos por reparar la injusticia. Zaqueo, el rico jefe de los recaudadores de impuestos, con quien Jesús comió, le dijo: “Voy a dar a los pobres la mitad de todo lo que tengo y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más”.

Las amnistías pueden a veces ser oportunas para restañar heridas de una guerra civil y reconciliar bandos que han decidido deponer las armas. Pero no deben ser instrumentos para proteger a los ladrones.

El autor es rector del Ave María College of the Americas

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